Un beletrista en enero

¡Hola a todos!

Quiero contaros otra anécdota, esta es del jueves pasado.

Una anécdota

El jueves por la mañana fui a comprar al supermercado de mi barrio pero estaba cerrado. Qué raro. A las once de la mañana. Y dentro había gente. Cómo puede ser. Y la gente compraba. Parecía todo muy normal. No entendía nada... Les observé desde la acera. Así estuve un buen rato, como un memo, en la acera, frente a la puerta del supermercado, mirando a la gente de dentro que a su vez empezó a mirarme. Con cara de extrañados. «Es que la puerta no se abre», pensé en decirles, pero no iban a creerme. Ellos estaban dentro. Habían entrado. Era una puerta de esas con célula fotoeléctrica. Basculé un poquito a derecha y a izquierda. La célula no me detectaba. Probé con un pasito a un lado. Un pasito cortito. Tímido. Después otro pasito. Nada. ¿Y hacia el otro lado? Qué vergüenza. Y dentro, mirándome. La cajera, señalándome y riendo, el arco de los dientes, tan grande.

Carlos Be, desapareciendo...

Y es que últimamente a la vida le da por dejarme de existir. Y lo hace casi a diario. Caminando por la librería La Central de la calle Bonsuccés, mi cuerpo se escora hacia la izquierda y descubro en la estantería de dramaturgia catalana, en la B, que no hay ningún ejemplar de Origami. Persuadido por un instinto primitivo, casi exclusivo de las madres, retiro un puñado de lomos de dramaturgos alineados y allí detrás aparece mi libro, aparte, agazapado y a oscuras en un rincón al fondo de la estantería, de cara a la pared.

La vida tampoco tiene bastante con pretender desaparecerme. Intenta también suplantarme y de repente, de la nada, surgen otros dos Carlos, escritores ambos, con obras homónimas a Origami.

Para colmo, resulta que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México me reconoce como dramaturgo nacional. Qué está pasando con mi nacionalidad civil, que no con la literaria. Nacionalidad literaria no he tenido nunca.

Achicorias en Barcelona y Valencia

La célula fotoeléctrica del portal del edificio donde vive Clara Canetti sí funciona correctamente. Aquella noche a Clara no le extrañó que se encendiera como siempre, aquella noche en que le acompañaba aquel hombre, aquel hombre que se convertiría en la aventura de una noche. Tampoco le extrañó encontrar su felpudo con la vaca y el welcome ahí esperándole, el de siempre, en la puerta. Es sorprendente como elementos tan cotidianos como una lámpara o un felpudo pueden convertirse, súbitamente, en terror puro. Clara Canetti, pobre achicoria.

(¡Muchas gracias a todos los que habéis venido a arroparnos en el teatro!)

Telón

En resultas. Que he cambiado de supermercado. Y he tenido que cambiar de pizzas congeladas. Parece mentira pero en el barrio todo transcurre igual. Por la calle. En el supermercado. Entra y sale la gente. Con total normalidad. Sí. Como siempre. Pero yo no. A veces lo intento. Sigo intentándolo. Es la nostalgia por las pizzas. Perdón. Pero no hay manera.

Un abrazo y hasta la vista,

Carlos Be, beletrista

P.D. Hoy he ido al banco. La puerta no se ha abierto. Otra célula fotoeléctrica. Empiezo a inquietarme. ¿Qué voy a hacer ahora? ¡En plenas rebajas!

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