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¡Olé, Federico, olé!

Federico.- Debía reunirme con Margarita en México, pero demoré mi marcha. No quería abandonar a Rafael. Por las noches, Rafael me hacía sentir que lirios y rosales florecían en sueño compartido, entre almohadones blancos y sábanas brillantes, y que si partía se marchitarían de tanto llorar. El 15 de junio cumplí treinta y ocho años. Mi último cumpleaños. [...]

Juan Luis.-
Por apoyo al Frente Popular. Por amistad con Fernando de los Ríos. Por homosexual. Nos dijeron «Dadle café, mucho café».

El 18 de agosto de 1936 el mar dejó de moverse. Moría Federico García Lorca. Salvador Dalí, a la edad de cuarenta y ocho años, le recuerda un 1 de noviembre de 1952. En su Diario de un genio escribe:
¡Muere fusilado en Granada, el poeta de la mala suerte, Federico García Lorca! ¡Olé!

Con esta exclamación típicamente española recibí en París la noticia de la muerte de Lorca, el mejor amigo de mi adolescencia agitada. Este grito, que lanza biológicamente el aficionado a las corridas de toros cada vez que el matador consigue hacer un buen «pase», o que sale de la garganta de los que jalean a los cantadores de flamenco, lo proferí con ocasión de la muerte de Lorca, para realzar el modo en que su destino culminaba de una forma trágica y típicamente española.


Cinco veces al día, cuando menos, Lorca hacía alusión a la muerte. Por la noche, no podía dormirse si, en grupo, no íbamos todos a «acostarle». Una vez en la cama, encontraba el medio de prolongar indefinidamente las conversaciones poéticas más trascendentales que han tenido lugar en lo que va de siglo. Casi siempre terminaba por hablar de la muerte y, sobre todo, de su propia muerte.


Lorca imitaba y poetizaba todo de lo que hablaba, en especial su defunción. La ponía en escena recurriendo a la mímica: «¡Mirad -decía- cómo seré en el momento de la muerte!». Después de lo cual bailaba una especie de ballet horizontal que representaba los movimientos angustiosos y convulsivos de su cuerpo durante el entierro, cuando el ataúd descendiera por una de las bruscas pendientes de su Granada natal. Después nos enseñaba cómo sería su rostro unos días después de su muerte. Y sus rasgos, que de costumbre no eran hermosos, se aureolaban de pronto de una belleza desconocida e incluso de una excesiva alegría. Entonces, seguro del efecto que acababa de producir en nosotros, sonreía, satisfecho del éxito que le procuraba la absoluta posesión lírica de sus espectadores.


[...] yo que fui su mejor amigo, puedo dar fe ante Dios y ante la Historia, de que Lorca, poeta ciento por ciento puro, era consubstancialmente el ser más apolítico que jamás había conocido. Fue simplemente víctima propiciatoria de cuestiones personales, ultrapersonales, locales, y más que nada víctima inocente de la confusión omnipresente, convulsiva y cósmica de la guerra civil española.


En todo caso, una cosa es cierta. Cada vez que, desde el fondo de mi soledad, consigo hacer emerger de mi cerebro una idea genial o dar una pincelada arcangélicalmente milagrosa, oigo la voz ronca y suavemente sofocada de Lorca gritándome: ¡Olé!
Salvador Dalí hizo oídos sordos al ruego que en su oda le hacía el poeta y tardó en seguirle. Salvador Dalí falleció en 1989. Ya no puede recordarle. ¡Olé, Federico, olé, Salvador! ¡Olé por los dos!

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