Sobre

Mi primer encuentro con Enrique Vila-Matas

Esta madrugada he dado por terminada mi última obra teatral y, desvelado por el trágico desenlace que ni yo mismo me esperaba, no he podido pegar ojo. He avanzado el momento del desayuno y he decidido salir a estirar las piernas a una hora insólita para mí.

Siempre que bajo por la calle Pau Claris, pienso equivocadamente que la librería Laie se encuentra en Roger de Llúria y nunca recuerdo a qué altura así que no me decido a doblar en ninguna esquina y es entonces, con semejante enredo en la cabeza, cuando la librería sale a mi encuentro.

En la sección de teatro catalán encuentro un ejemplar de Origami. En cuanto nadie mira, lo bajo de la estantería y lo coloco en la mesa de novedades. A veces, si la situación se presta, abro rápidamente el libro y firmo al pie del dibujo de la rana saltarina –en la página 138, por si alguna vez lo hojeáis en alguna librería–. ¿Por qué lo hago?, os preguntaréis. No sé responderos con precisión, creo que es parte del instinto de escritor: tal vez para constatar que el padre ha conocido a sus hijos.

En la librería Laie, los libros no llevan la engorrosa pegatina con el precio. Ahora puede averiguarse cuánto cuestan acercándolos a unos sensores emplazados en las paredes que leen el código de barras de la contraportada y transmiten el importe. Tras probar la máquina en cuestión unas cuantas veces con el Dietario voluble de Enrique Vila-Matas, acudo a uno de los dependientes.

–Disculpe, ¿podría decirme cuanto cuesta este libro?

–Si lo pasa por el sensor…

–Sí, sí, lo sé, pero creo que el que he probado no funciona.

El dependiente coge el libro y lo pasa por el sensor. El visor muestra el precio: "18 euros".

–No lo entiendo –digo al dependiente–. ¿Puedo probarlo yo?

El sensor no funciona.

–¿Ve? –digo.

El dependiente se acerca y me explica que tengo que pasar el libro por el haz infrarrojo, no frotarlo contra el visor.

–Ah.

En efecto, el visor muestra: "18 euros, tonto del culo". El sentido del ridículo me lleva a desaparecer entre las estanterías. Al tropezar contra una mesa, cae en mis manos otro libro de Enrique Vila-Matas, un minúsculo cuaderno publicado por Ediciones Alfabia: Ella era Hemingway. No soy Auster.

En la cafetería de la planta superior, descubro, mientras sorbo un café con leche, que Dietario voluble está firmado por el autor pero, en su caso, a diferencia del mío, la librería está al corriente y es más: lo anuncia con una vistosa pegatina en portada. ¡Con una pegatina! ¿Entonces para qué quieren tanto sensor?, me pregunto. Abro el libro y reencuentro esa silueta con sombrero de ala ancha con la que siempre firma Enrique Vila-Matas.

Dietario voluble se convierte en mi segundo libro firmado por él. El primero fue la edición de bolsillo de Historia abreviada de la literatura portátil. Corría el año 2000 y él se acercó a mí cruzando la tarima desde la que había impartido su conferencia sobre la ficción en el Centre Cultural de la Fundació La Caixa, en el Passeig de Sant Joan. El escritor abrió un ala de su americana y me preguntó a bocajarro si quería su libro. Yo, completamente fuera de mí, le dije que no, que ya lo tenía, gracias. Enrique Vila-Matas se quedó de piedra, pero enseguida se recuperó e insistió:

–Pero éste es el de bolsillo y acaba de salir, seguro que no lo tienes.

Le contesté, haciendo acopio de coherencia, que de acuerdo… pero que me lo tenía que firmar, por favor.

–No me gusta firmar libros.

–Pues no lo quiero.

* * *

Han transcurrido ocho años y hoy sonrío al abrir el libro y leer su dedicatoria. Así fue nuestro primer encuentro. Le siguió un segundo, muchos años después: fue en Praga. Para él, era la primera vez que veía un texto suyo interpretado… y resultó ser en checo –un fragmento de Bartleby y compañía en ocasión de la presentación del libro en checo en el Instituto Cervantes de Praga–. Para mí, ahora que lo veo desde la distancia, fue un encuentro igual o más bochornoso que el primero. Esta vez se volvieron las tornas: fui yo quien le regaló un libro y… Pero ya me he extendido mucho. Prometo contároslo otro día. Buenas noches.

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