Lo que me he dejado en el tintero

Después de dos entrevistas por la radio (la primera ayer para El ojo crítico de RNE y la siguiente esta misma tarde para el programa de Ana García Lozano en Punto Radio), llego a casa pensativo y me encuentro, esperando en el rellano, a mi fantasma de escalera que se limita a sonreír y con la mano me invita a entrar en casa mientras chasquea la lengua y prepara el cuaderno de notas. Saco las llaves del bolsillo, abro la puerta, cae la chaqueta. Detrás de mí entra el fantasma de escalera recitando todo lo que te me dejado en el tintero, que ha sido:

El maltrato es un insecto que pone sus huevos en los espacios interdigitales del hombre y se alimenta de la relación entre éste y la mujer. Al principio, la mujer tolera e intenta comprender la actitud del hombre porque al fin y al cabo lo ama, sin saber que ese amor es lo que no le permite ver el bosque devorado por la aberración. No es tarea fácil adquirir cierta distancia, desmoronar los sueños volcados en el otro y darse cuenta de que esos sueños no son más que un espejismo de los sueños reales, derruidos hace tiempo por el insecto del maltrato, sostenidos únicamente en la imaginación de ella por una esperanza enferma que la puede conducir a la muerte. Hay que hacer acopio de valor, llamar al coraje, apartar la culpa a un lado, renunciar a ese amor diezmado del cual apenas sobrevive un pellejo agujereado por la carcoma y reinventarse sola. Es arriesgado pero vale la pena: el dolor desaparecerá. Intenta salvarte, por favor. Yo sólo te lo puedo pedir por favor.

Sabes que ha llegado el momento en que la mujer surja del silencio sin que ningún verdugo la postre sobre el tocón y la viole antes de cortarle la lengua y a continuación la cabeza... La mujer, ese ser que los hombres pretendían adocenar por la fuerza para su propio deleite y explotación, ese ser domado tanto tiempo demonizado y calificado de salvaje, se revela, gracias a la mordaza caída, como una persona con mucho que decir. Demasiado tiempo callada. Intenta hablar, por favor. Yo sólo te lo puedo pedir por favor. Tu voz debe escucharse por primera vez en el seno de la pareja y que sepas que su eco trascenderá y recorrerá otras escalas. Tu voz tiene mucho que decir y no sólo en la pareja: también en la familia, en la sociedad, en el ámbito laboral, en el estado. La despótica relación entre el poder y todo aquello que le circunda y, por lo tanto, le agrede, siempre ha generado incontables víctimas, todas ellas condenadas a jurar represión, prejuicios y sometimiento. Ahora hemos descubierto que todo aquello que circunda al poder es el océano, el cielo y el universo. No temas a aquél que se erige el centro de tu vida a expensas de ti misma. Tienes mucho que decir y aportar. Perdona que me repita, pero quiero incidir en ello: con la palabra, se abre el respeto. Que nadie te calle. Nadie tiene derecho a bajar las persianas de tus horizontes.

Los niños reciben parte de su educación a través de los cuentos. Los adultos, a través de la ficción y, dentro de la ficción, se incluye el teatro. En el teatro descubrimos, entre pétalos violetas, marrones y amarillos, la esperanza que contienen las ACHICORIAS. Estas flores muestran y transmiten desde el escenario abierto su alma apaleada y, a pesar del dolor que sufren, mantienen los brazos extendidos hacia los espectadores y suplican con sus cuerpos lastimeros que se identifiquen en ellos, tanto las mujeres como los hombres. Que descubran en las piel de la actriz las propias heridas, que descubran en la piel del actor los huevos del insecto anidados entre los propios dedos. Que prevean y cambien. Actuar a tiempo evitará la peor de las consecuencias, la mayor de las desgracias: tu pérdida. El personaje conocido como Achicoria lo pide al final de su monólogo: «Hablad, por favor, hablad». A su vez, Kitty permanece hasta el final de la obra con los ojos cerrados para que no le quiten lo único que le pertenece: su mirada sobre el mundo. Por favor, no esperes a que tu hijo te diga un día a solas en el comedor que «Va a matarte», «No quiero perderte» o «No quiero que te haga el mismo daño que a mí». No esperes a que te diga «Te quiero» porque teme que te vayan a matar. No esperes a ver en sus ojos todo el dolor que siente por ti. Abre los tuyos, ve el bosque y huye.

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