Praga y los tres deseos

La nieve cubre Karlův most, el Puente de Carlos.

En el Puente existen varios lugares desde donde lanzar deseos pero sólo uno es el correcto. Se localiza en el pretil, a medio camino entre una orilla y otra, a la derecha si estamos mirando al castillo, ahí donde veas que la gente se retira el guante y apoya la mano abierta sobre una cruz patriarcal de latón. Desde ahí fue arrojado el santo Juan Nepomuceno al río Vltava por orden de Wenceslao IV. Las cinco estrellas en los extremos de la cruz representan las luces que se vieron flotar en el agua en el momento de sumergirse el cuerpo.

A pesar de los diez grados bajo cero, la cruz permanece caliente al tacto. Cada vez son más las manos que se suceden y formulan sus deseos en el punto adecuado. Llegará el día en que la cruz, ante tanta demanda, no dé a basto con los deseos y no me extrañaría que sucediera en breve. De los tres deseos que formulé el año pasado, sólo uno se ha cumplido y además apurado al máximo, se consumó a finales de diciembre. Y sobre los otros dos deseos, nunca más se supo, prefiero olvidarme... Aunque sí sucedió fue algo que me dejó extrañadísimo, que no esperaba en absoluto, también en diciembre. Sospecho que mis dos deseos se traspapelaron con los de otras personas, de otra manera no entiendo cómo he podido heredar un piso en Moscú, cerca de Parque Pobedy, de una abuela que nunca he conocido, así como tampoco entiendo por qué mi mujer texana –nunca antes he tenido esposa y menos aún de Texas, aunque ella insista en que sí, en que lleva muchos años soportándome–, mi mujer texana, decía, se ha operado los pechos y ahora luce una ciento sesenta. No sé si pasará por la puerta de nuestro piso nuevo.

Fotografía: Dos bancos de algodón en Břevnov, cerca del castillo de Praga © Carlos Be

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