«Todo pensar que no es libre no debe llamarse pensamiento», Fernando Savater

Mientras leía un artículo muy interesante de El País del viernes pasado, dos mujeres de pelo cano se han sentado en la mesa de al lado de la cafetería. Concluyo, por su conversación, que trabajan como editoras.

Antes de proseguir con el relato, quiero aclarar que no me considero una persona que profese ningún tipo de interés desmedido hacia cuestiones que en realidad no me atañen, pero tampoco soy sordo de remate y el volumen con el que hablan las susodichas es tan elevado que incluso la camarera, desde la barra, ni corta ni perezosa, se seca las manos en el mandil y se acerca para intervenir en la conversación en el punto exacto en que una de las editoras le expone a la otra la preocupación de que debe «recoger a su nieto después de hacerse la cera –y aquí se señala el labio inferior- y no hay día que llegue puntual a la puerta del colegio, con lo que tarda la chica», y la camarera se encaja entre su mesa y la mía y, con las nalgas apoyadas en el canto de mi mesa, derrama mi cortado mientras le comenta a la editora que conoce a la mejor esteticién del mundo y además es muy rápida y muy barata y la editora le pide el teléfono enseguida porque la que tiene ahora «además de tardar muchísimo, me deja la piel -y vuelve a señalarse el labio- a tiras, hija». La camarera coge de encima de la mesa la estilográfica de la editora y ante la mirada horrorizada de la propietaria pintarrajea un número de teléfono en la servilleta de papel que queda hecha jirones.

Permitidme en este punto abrir un interludio: acudo a diario a esta cafetería porque, aparte de quedar muy cerca de casa, su camarera, en efecto, me encanta. Se ganó el cielo la mañana que crucé la puerta, medio adormilado, eché un buenos días a la concurrencia como se echa cualquier otra cosa y le pedí un cortado sin fijarme en la nueva chica que había detrás de la barra mascando chicle. La chica, a la orden de «un cortado», se hincó, con una rápida contracción de la punta, el chicle en el borde de las paletas y me preguntó: «¿Un cortado normal?». Todavía le doy vueltas a qué tenía que haber respondido, porque logró dejarme sin palabras. «¿Un cortado normal?». Cierro el interludio.

Las dos editoras se van de la cafetería después de pedirme El País y responderles yo que no y además muy seco, que aunque esté plegado sobre la mesa y yo atento espiándolas, «lo estoy leyendo» y se lo digo muy mosqueado, que me revienta que las necesidades de las editoras de mi barrio sean tan distintas a las mías, con lo bien que podríamos estar trabajando juntos: yo escribiéndoles, ellas editándome; los tres juntos compartiendo la misma mesa en la cafetería, el mismo periódico, deshojándolo como sólo se deshojan los periódicos entre amigos... Y, en cambio, ellas sólo se preocupan de conseguir una esteticién más rápida y más barata que no le deje el labio superior colgando como una cortina de patio andaluz y yo sin otro lugar donde publicar que este blog. El mundo es injusto. Y mi barrio, más.

Por cierto, el artículo de El País que me parecía tan interesante se titula «Dandis, bohemios y otros arquetipos de lo literario» de Elsa Fernández-Santos. Os recomiendo su lectura desde la primera a la setecientos setenta y siete palabra. Increíble. Setecientos setenta y siete... Increíble pero no imposible.

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