Artez - El síndrome de Asperger: Nieva en la Ciudad de los Horizontes (y II)

© Teatro Ungelt

En la Ciudad de los Horizontes existe una calle que conduce al fin del mundo y, al mismo tiempo, a su origen. Se encuentra en la ladera oeste del Castillo, en el distrito de Hradcany, y responde al nombre de Novy Svet, la calle del Nuevo Mundo. Allí fue donde por primera vez, resguardado en la entrada del restaurante La Pera Dorada, entre sus ventanas iluminadas, vi nevar en Praga. Se dio la coincidencia que fuera un 4 de noviembre, día de mi cumpleaños, y aquel fenómeno se convirtió en un regalo que superaba cualquier expectativa. Así es la Ciudad de los Horizontes, una ciudad que te rebasa continuamente hasta que te das cuentas, hasta que asumes que cabalgas a lomos de ella y en ese momento, te dejas llevar y arden los teatros.

La silueta de un hombre se acerca entre la nieve. Bajo un cielo tan blanco, el concepto de realidad se pone en entredicho. Su andar, de caballero, y su mano que se abre en arco hacia la derecha y señala, tras una valla de madera, un escenario que se abandona lentamente hacia un estado de hibernación. «El Escenario de Verano», relata Milan Hein, «no volverá a abrirse hasta el próximo verano». Hein, además de un caballero, es su director artístico. «La temporada pasada acogimos, entre otras, las obras Locos de amor de Sam Shepard y Seis lecciones de baile para seis semanas de Richard Alfieri.» Hein, asimismo, regenta el Teatro Ungelt, una sala para cerca de cien espectadores que ha merecido en múltiples ocasiones el reconocimiento de la profesión. «Somos un teatro cuya dramaturgia gira alrededor de la interpretación actoral», prosigue Hein, «montamos obras que ofrezcan oportunidades excepcionales a actores excepcionales. Con frecuencia estrenamos obras anglosajonas y participamos en la mayoría de los festivales de teatro checos.»

Las gradas vacías del Teatro de Verano enmudecen bajo la nieve. Lleva razón mi amigo Kepa Uharte cuando afirma que con la nieve, llega el silencio a la Ciudad de los Horizontes. Aunque no siempre. Me ha llamado esta tarde y llego tarde a la cita. Es tan fácil extraviarse por estas calles, parece un mundo propio. Me encuentro ahora resbalando por las aceras heladas de Krizikova. Uharte y Lenka Vitkova me esperan en la puerta de los Estudios Karlin y tras cruzar unos saludos rápidos descendemos al sótano de esta inmensa nave industrial. «¿Dónde vamos?», pregunto. En el centro de un espacio vacío, un pequeño foco de luz: un teatrillo de marionetas. Frente a su pequeña boca se ha improvisado una platea con sillas plegables y algún sofá, y a un lado se sirven chupitos de aguardiente para soportar los grados bajo cero que congelan incluso los pensamientos. La humedad penetra en la ropa y la única manera de soportarlo es mantenerse en movimiento. Nadie se sienta hasta que se desprende el telón de papel, que cae al suelo, y la vida deja de existir más allá de aquellos bastidores de cartón. En los dominios del genio de la mediocridad, se titulaba la obra que nos hipnotizó. Desde atrás del teatrillo su hacedor, Sigismund de Chals, manipula los títeres a la vista del público con una humildad extrema que le permite abordar sobre el escenario y sin contemplaciones las mayores aberraciones, como cocinar al horno un niño o revertir el genio de Franz Kafka a su forma primigenia, un sifón de cañería. Pero Kafka no es la primera vez que se siente vapuleado por de Chals. En otra de sus obras, La reunión de Vysehrad, reaparece el títere-niño del escritor y, claro, no sale indemne. En esta ocasión el pequeño niño judío lloriquea un «Mich dürstet...» («Tengo sed...») antes de que el soldado Svejk, el equivalente checo de nuestro Quijote, le amorre una jarra de cerveza y le obligue a beber: una estrepitosa burla del lamento con el que Kafka aprovechó para arremeter contra su padre en la rencorosa carta que le dirigió.

© NoD

Vitkova es pintora. Además, trabaja como articulista de Umelec, una revista de arte cuya redacción se halla en la primera planta de los Estudios. Uharte colabora con ellos en la traducción de la revista al español. A Uharte le conocí en el Teatro NoD, después de una representación del grupo checo-finlandés Krepsko, conocido por sus improvisaciones gestuales. NoD, siglas en checo de «espacio sin dimensión», es una plataforma cultural y experimental enfocada, tal como define su director artístico Adam Halas, «a mostrar el trabajo de una generación de autores jóvenes y profesionales que se buscan su propio lenguaje artístico». Las intervenciones en NoD se clasifican en seis categorías distintas: drama experimental, danza, movimiento y teatro de gesto, nuevas tecnologías, integración de grupos sociales y coproducciones con festivales. Este año, avanza Halas, tienen planeado montar Audiencia de Vaclav Havel dirigida por el afamado Vladimir Moravek y con la segunda esposa del expresidente como protagonista principal.

He quedado en el café Meduza con otro español residente en Praga, el jaenense Eufrasio Lucena-Muñoz. En esta ocasión llego con tiempo de sobras y le pido a la camarera un expreso con becherovka. Lucena-Muñoz entra por la puerta y me indica que me he sentado justo frente a la cabeza de la gorgona que pende sobre la barra. Mientras conversamos, intento cambiar mi silla de posición poco a poco. Lucena-Muñoz trabaja como escenógrafo y es miembro del grupo literario Luces de Bohemia de Praga. Él es el primero en hablarme del «riesgo» en el teatro checo, un tangible «nada que perder» que rasga las convenciones y consigue que la libertad mane espontáneamente sobre las tablas, algo único de esta «potencial Babilonia cultural», como define Jorge Zúñiga, escritor chileno, la Ciudad de los Horizontes. Y no sólo eso: se trata de un teatro con una forma y un contenido muy equilibrados, sin descuidos ni quiebres, un funambulismo insólito que no he entrevisto en ningún otro lugar. Las escenografías de Lucena-Muñoz viajan por todo el país, como la que se encargó de abrigar unas Relaciones peligrosas de Christopher Hampton en el Teatro del Sur de Ceske Budejovice, cerca de la frontera con Austria, que lastimosamente aún no he alcanzado a ver, aunque me consoló el toparme en el Pequeño Teatro de esta ciudad meridional con un sorprendente Botín de Joe Orton un domingo por la tarde y con la sala a rebosar de gente. Al salir de la función descubro que ya no estoy en Praha y me embarga una sensación de melancolía, como cuando descubres un parque con demasiados pocos columpios, algo que te arrastra a pensar en la pérdida.

La Ciudad de los Horizontes rezuma por los intersticios de sus adoquines una atracción difícil de describir. A veces cuesta tanto abandonar la ciudad... No recuerdo quién escribió que vivir en Praga era como encontrarse encerrado en una bola de nieve y que todos los horizontes entelan su superficie para que no puedas ver tus sueños y si por casualidad vislumbras un punto de fuga y logras huir, la ciudad tirará de ti como la costura de una herida aún prendida al ojal de la aguja.

Llego a Cesky Krumlov con el tirón de la costura aún en la columna. Cesky Krumlov, ciudad considerada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1992, posee un castillo cuyo origen se remonta al siglo XIII y que ha sobrevivido al transcurrir de los años hasta convertirse en la joya del tiempo que es ahora. Su teatro barroco es simplemente una más de las tantas maravillas que convierten este paraje en visita obligatoria. Asimismo, el Teatro del Sur de Ceske Budejovice produce la programación del Auditorio Giratorio, un teatro al aire libre ubicado en los jardines del castillo con una gradería rotatoria que convierte el escenario en un fabuloso diorama natural de 360 grados. Su programación se centra en el teatro de entretenimiento para todos los públicos y prima la fastuosidad por encima de otros elementos. De todas maneras, recomiendo la experiencia pues resulta una verdaderamente inolvidable ver a las esforzadas bailarinas bailar sobre las puntas en los parterres de los jardines o corriendo con sus tutús de gasa como liebres asustadas entre los setos ante los focos fijos en lo alto de la gradería que gira sin cesar junto el público.

Imposible abarcarlos todos los festivales checos con detalle: citaré unos pocos más, apenas una muestra de una tierra tan prolífica en teatros. El Festival sin Fronteras del Teatro –bilingüe, checo-polaco– de Cesky Tesin, el Festival Internacional de Teatro de Plzen, el Encuentro de Zlin –ciudad natal de Tom Stoppard, por cierto–, el Mala Inventura, el Danza Praga, etcétera. Lo siento. Me gusta tan poco utilizar la palabra etcétera.

Antes de regresar a la Ciudad de los Horizontes sí que me gustaría detenerme en dos ciudades. Una de ellas es Cheb, donde el Teatro del Oeste convoca un festival bienal que tiene lugar en diferentes puntos de la ciudad. El Teatro del Oeste apuesta abiertamente por la transgresión. Su director artístico tiene 33 años y se llama Zdenek Bartos. Ha dirigido un destacable Na flámu (On the razzle) de Tom Stoppard y del repertorio de la sala también destacaría un ocurrente Noche de Reyes de William Shakespeare dirigido por Jaroslava Siktancova.

La segunda ciudad es Brno, la mayor de Chequia detrás de Praga. Cuenta con su propio Teatro Nacional y un sinfín de escenas tanto clásicas como alternativas. Las primeras resaltan por sus enormes producciones y las segundas «por la especial relevancia que adquieren», me cuentan Philip Polivka y Hana Polivkova. Destacan los teatros Siete y medio, Mahenovo y El ganso en la cuerda, éste último miembro del CET, Centro de Teatro Experimental, que organiza y produce festivales como Teatro en Movimiento o una convención internacional de escuelas de teatro. En el Teatro El ganso en la cuerda también se llevó a cabo entre 2003 y 2006 un interesante proyecto dirigido por Vladimir Moravek –de nuevo–: Los cien años de la cobra, una tetralogía basada en las obras de Fiodor Dostoyevski. Los montajes resultantes fueron los siguientes: Raskolnikov: su crimen y su castigo, El príncipe Myshkin es un idiota, Los demonios: Stavrogin es un demonio y Los hermanos Karamazov: Resurrección.

Y con Los hermanos Karamazov regreso a la Ciudad de los Horizontes, justo a tiempo para atender la llamada de Uharte que me invita de nuevo al teatro. «Que sepas que la última vez dejaste el listón muy alto», le comento por teléfono. «Esta ciudad es un regalo que rebasa cualquier expectativa», me responde Uharte y las puertas del Teatro Dejvicke se abren y presenciamos boquiabiertos el latido en las entrañas de la familia Karamazov. Blande el estandarte de la representación el Ivan Trojan. Un trabajo impecable de dirección por parte de Lukas Hlavica, como también lo es la labor de Jiri Havelka en Agujero negro, una obra de ciencia-ficción en clave de comedia que reafirma el éxito sin par de crítica y público obtenido temporada tras temporada por esta sala que encabeza el teatro de la esperanza.

Y en ese momento, te dejas llevar y arden los teatros. Con luz verde.

Carlos Be, Artez n. 143/2009

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