Artez - El síndrome de Asperger: De la ley marcial a la Eurocopa (I)

El próximo lunes 6 de abril Tadeusz Kantor cumpliría 94 años si la muerte no se hubiera enamorado de él con tanta pasión. Se le detuvo el corazón, dicen. Yo no lo creo. Creo que su corazón sigue latiendo en todos y cada uno de los escenarios que visitó. En el cementerio de Rakowicki, me detengo frente a una estatua inequívoca: un niño sentado en un pupitre de metal. A sus pies, la lápida del artista cubierta de flores. La mano derecha del niño reposa sobre el banco de escuela y es en su hueco donde Jozef Wgrzdagiel, mi compañero de viaje, deposita la carta plegada que cada mes le escribe a su autor favorito. «Confío en que el niño le entregue las cartas», me comenta Jozef mientras salimos del cementerio. No sé si se burla de mí o lo dice en serio. De repente, se levanta un viento de mil demonios.

El dramaturgo checo Arnost Lustig advierte que los escritores debemos ir con cuidado con las frases que cierran nuestras obras porque, en el ínterin entre esa publicación y la siguiente, las últimas frases tienden a cumplirse y alterar el curso de la vida de su creador. Desconozco la frase final de Nunca volveré aquí, la última obra estrenada de Kantor, pero su título contiene toda una declaración de intenciones. No me extrañaría, tal como sugiere Lustig, que la ficción de Kantor hubiera trascendido la realidad y su teatro de emociones se lo llevara al compás del vals francés de Zygmunt Karasinski. «Mi creación fue, y será, mi hogar», declaró Kantor en Hoy es mi aniversario, obra póstuma. Recordemos que La clase muerta le otorgó el reconocimiento internacional. Esta obra nació en el año 1975, en la bodega de la Galería Krzysztofory de Varsovia, y no quiso morir sola, quiso que su creador le acompañara, en 1990. Peter Brook escribiría que La clase muerta «supuso un shock enorme. Reunía el sufrimiento de Europa. [...] la experiencia de los pueblos concentrada en una sola imagen. Después de este espectáculo, el teatro no volvió a ser el mismo.»

Jozef se detiene frente a una farmacia y enciende un cigarrillo. «¿Qué hacemos aquí?», le pregunto. «Fíjate bien», me dice. El licenciado de la farmacia se llama Constantin Wisniewski. El nombre no me dice nada. Me encojo de hombros. Jozef cabecea y señala el edificio de enfrente: «Ahí vivió Slawomir Mrozek.» De golpe, mi mirada se clava en la fachada. ¡Lo que daría por tener rayos X!

Permitidme que os ponga en situación. Llegué a Cracovia la semana pasada, tras la pista de Mrozek: un amigo me avisó que lo habían visto por la calle, con su típico sombrero broad-brimmed y oculto tras unas desproporcionadas gafas oscuras. Hace años que este dramaturgo me cautivó con su Teatro del Absurdo, «una etiqueta» por otra parte, y en palabras del propio autor, «no muy confortable». Mrozek opina que este término, acuñado por el teatrólogo Martin Esslin, ha quedado desfasado y mantiene la esperanza que pronto una nueva generación aporte nuevas ideas al respecto. Mientras tanto, «el Teatro del Absurdo consiste en expresar el sentido del sinsentido de la condición humana, así como lo inútil del pensamiento racional proponiendo un abandono absoluto de la razón», Martin Esslin.

La obra de Mrozek me proporcionó las claves necesarias para abordar el tema de los umbrales liminares, en torno al cual gira mi obra Galimatías. Por ello, si, aprovechando que me hallo en Polonia de viaje, consiguiera tomar un café con Mrozek, disponer siquiera de media hora para consultarle tantas dudas abiertas que en su momento debí cerrar con la imaginación, me convertiría en el hombre más feliz del mundo. Aunque Jozef no cesa de repetirme que no es fácil contactar con él. La editorial que, a principios de este año, ha comprado los derechos de sus diarios no quiere facilitarme su teléfono. Mrozek acaba de entregar treinta y siete años de su vida a la imprenta: desde 1962, cuando abandonó Polonia, hasta 1999. Declara que, en efecto, existieron unos cuantos diarios previos, pero los quemó sin ninguna contemplación. Mrozek se enorgullece de haber sobrevivido en el exilio, sobre todo porque sostiene que «escribir es mi profesión, no tengo otra». Actualmente reside en Niza y Polonia aún le merece una opinión pesimista. «Él mismo confiesa que ha vendido los diarios por dinero», me revela Jozef.

El director teatral Mariusz Treliski declara en el semanario Polityka que el teatro «si no es aquí, es allá». Treliski es reconocido internacionalmente, pero parece ser que su país de origen no le brinda los mismos merecimientos. Prefiere callar cuando le preguntan acerca de la cultura polaca pero no puede evitar una de aquellas frases en vías de extinción que ocultan verdades como puños: «Sólo en el campo existen aún almas que se muevan con la fantasía.»

Escribe el novelista Andrzej Stasiuk en su De camino a Badadag: «Husmearía en busca de lo pasado, buscaría aquel incesante antaño que en mi tierra es presente, ya que el mañana en realidad nunca llega porque se detiene en países remotos cautivado por sus encantos, sobornado o, tal vez, simplemente cansado. Lo que ha de venir nunca llega hasta allí, pues se agota por el camino y se extingue como el resplandor en un farol lejano». Parece que Mrozek no muestra tanto interés como Stasiuk por husmear en su pasado; Grotowski, tampoco: murió en Pontedera, Italia. ¿Será Polonia un país de artistas sin artistas?

Con la muerte, Kantor y Grotowski, alcanzaron la categoría de los denominados teóricos del teatro más importantes del siglo XX. Comparten bambalina –el equivalente a las nubes para los teatreros– con Constantin Stanislawsky, Bertolt Brecht y Antonin Artaud. Por cierto, la Unesco ha declarado 2009 como el Año Grotowski. Creo que este panorama no resulta demasiado esperanzador para Mrozek, quien procura disfrutar de la vida mientras la edad se lo permita. Mrozek encabeza el elenco de autores contemporáneos más representados de su país. El Teatro Stary de Cracovia se incluye entre sus fieles. En este mismo teatro, Kantor exhibió El regreso de Odiseo de Stanislaw Wyspianski en 1945, obra ensayada clandestinamente durante la ocupación nazi. Casualmente, Krystian Lupa, treinta y cinco años más tarde, firmaría su primera producción para este teatro con la misma obra. Lupa reconoce sentirse fascinado por el teatro de Kantor, «todo un espectáculo psicológico», aunque prefiere, como mentor, al suizo Carl Gustav Jung. Lupa sostiene que el objetivo del teatro es comprender el alma humana y lo consigue mediante una de las cuartas paredes más orgánicas jamás vistas, casi una membrana osmótica a través de la cual la liturgia de un ritual tan ancestral como el fuego alcanza de pleno al espectador. Bajo la batuta de Lupa, Las Presidentas de Werner Schwab cantaron «Bésame, bésame mucho» en el Teatro Polski y, como Lukas Hlavica en el Teatro Dejvicke praguense, se atrevió con Los hermanos Karamazov de Fiodor Dostoyevski: espectáculos que ya forman parte de la memoria teatral y de una trayectoria jalonada de éxitos. Fue él, Lupa, quien nos embelesó en Madrid el pasado Festival de Otoño con su Factory 2. Y, además de dirigir, da clases en la Escuela de Teatro de Cracovia. Por todo ello, está considerado como el único artista que ha creado una escuela de teatro polaco, una nueva generación –quizás la ansiada por Mrozek– que se define por rechazar la cultura de masas que controla la conciencia, la imaginación y el pensamiento simbólico de los jóvenes. El Teatro Stary refleja esta ideología en su programación y, aparte de muchas coproducciones con otros teatros, tanto nacionales como internacionales, organiza festivales, los Re_wizje, que replantean movimientos fijados histórica y culturalmente en la mentalidad del país, como el Romanticismo, tratado en 2005, o el Sarmatismo, este mismo año.

Entre los jóvenes discípulos de Lupa destacan Grzegorz Jarzyna, Anna Augustynowicz y Krzysztof Warlikowski. Éste último dirige el Teatro Nowy y ha sido invitado en numerosas ocasiones por la Ópera Bastille de París. Entre sus logros, se encuentra un Krum del israelí Hanoch Levin, coproducción del Teatro Stary con el Teatro TR de Varsovia, dirigido también por otro de los discípulos, Jarzyna. Este teatro, el TR, es de visita obligada. Antes de que Warlikowski contara con su propio teatro, el Teatro TR le brindó su espacio para lo que quisiera. Asimismo, el Teatro TR ofrece un interesante programa cultural repleto de actividades. De hecho, fue aquí donde conocí a Pawel Kubara, en la presentación del número 5 de DIK Fagazine. Pawel es quien me cuenta que el nuevo teatro polaco se está volcando en temas de actualidad de ámbito principalmente social, como el sexo, el género, la homosexualidad, lo queer o la moral, y que mucha gente sigue estas tendencias con gran interés. «El Teatro TR impulsa a los artistas a crear y programan piezas muy experimentales», prosigue Pawel, «como un Macbeth dirigido por Jarzyna o un Ángeles en América de Tony Kushner –de nuevo por Warlikowski– cuyas representaciones no tuvieron lugar en el interior del teatro, sino en un escenario postindustrial en la periferia de Varsovia.» En esta temporada del Teatro TR puede verse un recién estrenado El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde o un T.E.O.R.E.M.A.T., basado en la novela de Pier Paolo Pasolini.

El Teatro Powszechny se halla en las inmediaciones del nuevo estadio nacional de fútbol. «Lo están construyendo para Euro 2012», nos cuenta Radoslaw Paczocha. «Como habéis visto, nosotros también estamos de obras, pero intentamos estar listos para el 2010.» Paczocha nos conduce por el teatro a Jozef y a mí como si nos conociéramos de toda la vida. Una persona maravillosa. Acaban de estrenar Atlas de bolsillo para mujeres, una adaptación de la novela de la joven escritora feminista Sylwia Chutnik, también madre y directora de MaMa, una fundación de ayuda para madres jóvenes. «Su novela y nuestro espectáculo», nos dice Paczocha, «hablan de la ciudad, de su historia, muy trágica a causa de la Segunda Guerra Mundial, que arrasó Varsovia en su totalidad, y desde el punto de vista de una mujer de 29 años». También preparan una adaptación de un bestseller policiaco escrito por Leopold Tyrmand en 1954 que transcurre en la Varsovia comunista. «Sabemos que estos espectáculos que hablan de nuestra ciudad, con sus anécdotas y su historia, se dirigen a una audiencia local, pero que exista esta comunicación con la gente cercana es muy importante para nosotros. El Teatro Powszechny también se ha preocupado mucho, y siempre, por mantener una conversación con el público sobre la libertad en épocas políticas conflictivas. El exdirector del teatro y ahora nuestro patrón, Zygmunt Hübner, fue un gran director y político. Poseía el extraño don de montar obras de teatro político en una época realmente difícil para Polonia... y con éxito. Algunos de sus espectáculos: Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey y adaptado por Dale Wasserman, dirigido por el propio Hübner; El asunto Danton, drama polaco escrito por Stanislawa Przybyszewska y dirigido por Andrzej Wajda; la adaptación teatral de la novela Bajo los ojos del oeste de Józef Teodor Konrad Korzeniowski, que seguro que conoces por el nombre que adoptó al conseguir la nacionalidad británica, Joseph Conrad. Esta adaptación, dirigida por Hübner, se tituló Los conspiradores y quienes la vieron aún se acuerdan de ella.»

»En el presente intentamos hallar respuestas a la siguiente pregunta: ¿Qué tipo de libertad disfrutamos desde 1989 –año de grandes transformaciones políticas–? ¿Es el tipo de libertad que esperábamos después de tantos años? Y más preguntas: ¿Qué fue mal? ¿Se equivocó el comunismo o nos equivocamos nosotros?». Paczocha continúa: «Hace un mes el director Jan Buchwald dirigió de nuevo Alguien voló sobre el nido del cuco. Casi treinta y cinco años después. Y esta vez el espectáculo no trata sobre el deseo de libertad. Trata sobre el miedo a la libertad. Una diferencia muy significativa.» Paczocha nos acompaña hasta el coche y permanece en silencio en la acera mientras el coche se aleja. En un semáforo, Jozef baja la ventanilla y arroja el cigarrillo. «¿Sabes que nuestro Teatro Nacional se quemó?». No os lo he dicho hasta ahora pero Jozef Wgrzdagiel padece el mismo síndrome que yo. El síndrome de Asperger. Por decirlo de manera un tanto eufemística, manifestamos intereses poco habituales.

El próximo otoño, el Teatro Nacional de Polonia organizará el Congreso de Teatros Nacionales. Se darán cita el Teatro Alexandrinski de Rusia, el Piccolo Teatro de Milán, la Comédie Française, el Burgtheater, los Nacional de Bulgaria y Rumania, Craiova... «Lamentablemente, el Teatro Nacional de Londres ha cancelado su asistencia por falta de financiación», se lamenta Tomasz Kubikowski, secretario del departamento de dirección artística. «En el Congreso finalizará con un simposio que versará sobre los desafíos que los escenarios nacionales abordan en estos tiempos.» Tomasz nos muestra la primera de las cuatro salas del Teatro Nacional, la Sala Boguslawskiego. Nos sentamos los tres en las butacas rojas de la segunda fila. «Trabajamos con directores de todas las generaciones. La diversidad en estilos estimula el diálogo. Uno de los directores que se prepara para ensayar es Jerzy Jarocki. Aquí les ofrecemos unas condiciones de trabajo que no se dan en ningún otro teatro polaco. También presentamos obras de directores más jóvenes, abiertos a la experimentación, como Michal Zadara o Agnieszka Olsten.» «Jozef me ha comentado en el coche que el teatro se quemó...», digo. Kubikowski asiente. «En la década de los ochenta, la ley marcial comunista reprimió los movimientos democráticos como el Solidarnosc y no fue hasta 1989, con la caída del comunismo, que se retiró, paulatinamente. Durante el periodo marcial, muchos profesionales del teatro fueron perseguidos y reemplazados por artistas leales al régimen. El teatro se resintió, perdió calidad y público. Se convirtió en una institución muerta, en una fachada. En 1983, se declaró un tremendo fuego aquí mismo, en el escenario principal, una negligencia que inutilizó el teatro durante muchos años. La gente sostiene que el Nacional ardió de vergüenza.»

Carlos Be, Artez n. 144/2009



Fotografías © Teatro Stary (RHINOCEROS de Eugen Ionescu -con escenografía y vestuario de Tadeusz Kantor- y KRUM de Hanoch Levin) y Teatro Powszechny (ATLAS DE BOLSILLO PARA MUJERES de Sylwia Chutnik y ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DEL CUCO de Ken Kesey, adaptado por Dale Wasserman)

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