Artez - El síndrome de Asperger: De la ley marcial a la Eurocopa (y II)

Por la noche, quedamos frente al nuevo estadio de fútbol para ir a cenar con Radoslaw Paczocha. Las obras avanzan a gran velocidad. Se dice de Varsovia que es la capital de los encuentros y los desencuentros. La cita la ha concertado mi compañero de viaje, Jozef Wgrzdagiel, que hace todo lo posible para que olvide mi naif propósito de dar con el dramaturgo Slawomir Mrozek y conversar con él, ni que sea apenas media hora. Esta misma tarde he desencadenado una de esas situaciones tan ridículas en las que acostumbro a envolverme y que revela hasta qué punto ciertos objetivos autoimpuestos me ofuscan. Paseando por la calle Nowy Swiat, he cogido a Jozef con fuerza del brazo. «¿Qué sucede ahora?», me ha preguntado. «No doy crédito a mis ojos...», le digo. «No te sorprendas, yo a los tuyos tampoco...», suspira. «¿Es Álvaro Pombo!», pero no espero la réplica de mi compañero, quizás no sepa de quién estoy hablando, aunque contesta automáticamente con un «No», tal como ha hecho antes en el tramo de Krakowskie Przedmiescie, cuando he creído reconocer primero a José Sanchis Sinisterra paseando un bulldog francés que respondía al nombre de Rudolf y a Javier Daulte en bicicleta después, circulando por la acera tan pegado a los edificios que a punto ha estado de atropellar a una pareja de ancianos que salían de una pastelería. Pero a la tercera va la vencida, me he dicho, y armado de valor, me separo de mi incrédulo acompañante para saludar a Álvaro Pombo. Álvaro Pombo levanta las cejas y me responde, en un polaco impecable, que no sabe de qué diablos le estoy hablando. Varsovia, decíamos, es la capital de los encuentros y de los desencuentros. Pasemos ahora a los encuentros. Regresemos frente al estadio.

Mientras nos dejamos guiar hacia un buen restaurante, Radoslaw Paczocha, del Teatro Powszechny, recordemos, responde a mi pregunta sobre los autores internacionales que programan con su siempre admirable amabilidad. «A menudo montamos autores canadienses y americanos, como George Walker, Arthur Miller o David Mamet, y australianos, como Andrew Bovell. Nos ayudan a reflexionar sobre el naciente capitalismo que vive el país.» Nos detenemos ante el Memorial de los Héroes del Gueto. La noche, inusitadamente templada para esta época del año, nos insufla, frente al monumento de piedra, una súbita melancolía bajo la piel. «Uno de nuestros autores nacionales, Marek Modzelewski», prosigue Paczocha, «refleja, con su obra EL TOQUE, la difícil situación que viven en sus familias los homosexuales polacos. Un tema más muy importante que tratar con el público.»

Otro de los teatros que promueve este diálogo constante y actual nos arroja contra la frontera bielorrusa, hasta la población de Suprasl. En este enclave el Teatro Wierszalin yergue el estandarte de la libertad y remueve con fuerza los poderes fácticos del voivodato de Podlakia, una provincia tan perjudicada por las políticas y las guerras como, por extensión, el resto del país que la acoge. El Teatro Wierszalin es una compañía de que ha viajado con su arte por medio mundo, obteniendo varios galardones internacionales. Su maestría le ha proporcionado críticas tan gratas como las que lo comparan con el Teatro Laboratorio de Jerzy Grotowski o la compañía Cricot 2 de Tadeusz Kantor. «Tampoco nos pasemos», profiere Jozef. Su orgullo herido o, de tan herido, muerto, le ha llevado a interrumpirme mientras escribo y es algo que detesto, que me interrumpan mientras escribo. Se excusa, se gira y se enciende un cigarrillo. El Teatro Wierszalin, escribía, no tiene pelos en la lengua, ni en el cuerpo, cuando se propone tratar sobre el escenario temas como la homosexualidad o la fe desde una irreverencia que ofende a las autoridades. Nada más lejos de la intención de la compañía, que sostiene que toda su inspiración procede directamente de su entorno más cercano. Una de sus obras estos días en cartel es un fantasmagórico MARAT-SADE dirigido por su cabeza más visible, Piotr Tomaszuk.

En otra frontera aunque esta vez dentro del territorio teatral, el Teatro Roma de Varsovia ofrece una programación apta para aquellos viajeros que no se atrevan a zambullirse sin salvavidas en el idioma nacional y prefieran prenderse fuerte al inglés y a los éxitos musicales internacionales. EL FANTASMA DE LA ÓPERA nos entretiene una noche y, claro, emociona. En el escenario se traslucen las horas de dedicación de un enorme equipo humano. A la salida del teatro, Jozef me susurra que el elefante del primer acto tuvieron que meterlo en el teatro por el aire. El Teatro Roma también produce musicales nacionales como LA ACADEMIA DEL SEÑOR KLEX de Jan Brzechwa, un mundo mágico para todas las edades adaptado por los libretistas Wojciech Kepczynski y Daniel Wyszogrodzki.

De regreso al apartamento, Jozef me sugiere que deje de obsesionarme por Mrozek y centre mis energías, aprovechando que estoy en el país, por ejemplo, en Ingmar Villqist II. A mí ese nombre me suena a sueco y no le encuentro la relación con Polonia. «Se trata del dramaturgo polaco más activo del momento», me aclara Jozef. «¿Y por qué tiene nombre sueco?» «No es sueco, es noruego.» «¿Y por qué tiene nombre noruego?» «Porque se ha creado esa identidad y no sólo una identidad, sino una biografía entera, incluso una ciudad de residencia de ficción llamada Ellmit que aparece en la mayoría de sus obras. Su nombre real es...» Detengo a Jozef. No soporto que alguien revele los nombres reales –o civiles, mejor dicho– de los artistas. Si han escogido utilizar un nombre de pluma, sus motivos tendrán y el resto de las personas no somos nadie para destapar la magia que encubre el juego. «...Jaroslaw Swierszcz», concluye Jozef. Respiro hondo y me contengo. «¿Carlos Be también es un seudónimo, verdad?», me provoca Jozef. Pasemos al día siguiente de nuestra estancia en Varsovia.

El apartamento que hemos conseguido en la capital no está nada mal. Las vistas no son particularmente encomiables pero no entra mucho ruido a pesar de encontrarnos muy cerca del centro. Me levanto y encuentro a Jozef preparando el desayuno. «Buenos días», me saluda. «Buenos días, Jozef.» Hace muy poco que le conozco, desde que coincidimos en Cracovia, pero me siento como si lleváramos años de convivencia juntos, una relación tan entrañable casi como, salvando las distancias, la de Bouvard y Pécuchet, un hito en las relaciones humanas articulado por el inigualable Gustave Flaubert y, por desgracia o tal vez inevitablemente, inacabado. La cafetera comienza a silbar. Jozef sirve el café en las tazas, se sienta y me dice que «El crítico Roman Pawlowski lo incluyó en los Cinco del Teatro de este siglo. No deja de ser un canon pero al tipo supongo que le haría ilusión.» Miro extrañado a Jozef, ¿de qué me habla? «No te entiendo», le digo mientras sorbo un trago de café, qué flojo está. «Ingmar Villqist II... ¡Jaroslaw Swierszcz!» La taza golpea el platillo. «El crítico», continua Jozef, «declaró que lo había incluido en su lista porque creía en su talento como dramaturgo y aplaudía los temas que desarrolla en sus obras: el amor, el odio y el miedo a la muerte.» La muerte trae de cabeza a los polacos, pienso de repente. Como comprobaréis, recién levantado no tengo demasiados luces. Siempre he dicho que las mañanas juegan a favor de mi descrédito. Ahora recuerdo que también es uno de los temas favoritos del Teatro Wierszalin, no mi descrédito, sino la muerte. «LOS ANAEROBIOS de Villqist», Jozef pasa una bayeta rosa por la orilla del platillo, «es una de sus obras más conocidas. Versa sobre la intimidad de las personas. Sobre su sexualidad. Creo que te gustaría, sabe encontrarle el rizo al rizo. Una de las relaciones que presenta es una pareja de hombres que se desestructura progresivamente, llevándose por delante incluso a la niña que ha adoptado. Son temas candentes que levantan ampollas en algunos estamentos de este país. Otra de las relaciones...» «Podríamos ser tú y yo, como sigas a este paso», farfullo mientras apuro el aguachirle de café.

De nuevo en la calle, le juro y perjuro a Jozef que ese hombre que acabamos de cruzarnos es Rodrigo García. «¿El director de cine, el hijo de Gabriel García Márquez?», me pregunta. «¡No, el director de teatro!», le grito. Otro desencuentro. Tomamos un tentempié en Studio Melon, en la calle Inzynierska. Hojeando el periódico descubro que Rodrigo García, el director de teatro, acaba de recibir el Premio de Nuevas Realidades en el Teatro Polski de Wroclav, Breslavia, ciudad natal de Grotowski. Los otros galardonados con el mismo premio este año son Pippo Delbono, Arpad Schilling y François Tanguy. Krystian Lupa ha obtenido el Premio Europa de Teatro. Cierro el periódico y clavo la mirada en la de mi compañero. «No era Rodrigo García», sostiene Jozef, impasible.

Una llamada reclama con urgencia mi presencia en Madrid. En el aeropuerto Frederic Chopin, el señor Mrozek factura su equipaje en el mostrador contiguo, en la pantalla se anuncia la compañía, Lufthansa, y el destino, Niza. «Es él...», le susurró a Jozef. La azafata nos pide los pasaportes. «Yo no viajo», le responde Jozef, «Carlos, te está pidiendo el pasaporte, por favor.» Cuando vuelvo a mirar al mostrador contiguo, Mrozek ya no está. Ha desaparecido en un parpadear. No sé si su aparición ha sido real o un sueño. «Un hombre de teatro siempre es un sueño», me comenta Jozef como si fuera capaz de leerme la mente. «¿Cómo lo has hecho?», le pregunto sorprendido. «¿El qué? ¿Leerte la mente?» El teléfono vuelve a sonar. Petr Gojda. Descuelgo y nos saludamos con alegría. Me pregunta si sigo en Polonia. Le respondo que sí. «Krzysztof Warlikowski, Pina Bausch, Peter Brook, Theodoros Terzopoulos, Richard Schechner, Tadashi Suzuki, Eugenio Barba, Alvis Hermanis, Roberto Bacci, Krystian Lupa juntos en Wroclav, del 14 al 30 de junio... No te los pierdas, reserva cuanto antes tu vuelta a Polonia. En el Festival de Teatro Internacional Swiat Miejscem Prawdy.» Swiat Miejscem Prawdy: El mundo como un lugar de verdad. Un bonito título para un festival de teatro. Haré caso a Gojda.

Me despido de Jozef con un fuerte abrazo y me pregunto, mientras nos miramos a los ojos en silencio, por qué, aún lo ignoro, me ha acompañado durante tantos días. «Por tu obsesión por la muerte», me dice de repente, «quizás algún día descubras quién soy en realidad.»

Carlos Be, Artez 145/2009
Fotografías © Teatro Stary (RHINOCEROS de Eugen Ionescu -con escenografía y vestuario de Tadeusz Kantor- y KRUM de Hanoch Levin)

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