Crítica de STEAK TARTARE por Enrique Centeno

Llegamos a tocar a los actores. Es su domicilio, una amplia sala –esta función se monta en el vestíbulo del teatro Tis–, en la que nos sentamos –una veintena de amigos-, unos en butacas y otros sobre cojines. Nos recuerda el nacimiento, en Nueva York, del teatro de casa, inventado a comienzo de los años ochenta, donde que se hacían representaciones. Nos recibieron afectuosamente, casi uno a uno, los cuatro intérpretes. También lo relacionamos con el inicio de la ya prestigiosa sala Cuarta Pared: era el año 1987, efectivamente como una casa, donde muy poquitos podíamos ver los montajes sobre autores naturalistas -sobre todo Chéjov-. Y así se denominó el proyecto de aquella compañía. Recordemos que fue André Antoine (XIX-XX) quien determinó la “cuarta pared”, una supuesta interioridad que permitiera a los actores llegar hasta el olvido del público. Fue también el mito religioso de Stanislavski. La sala Cuarta Pared pudo salir de esas iglesias.

Todo lo que comentamos tiene mucha relación con este estreno de STEAK TARTARE, del interesante autor Carlos Be. Se interpretan al principio a los propios actores; crean después personajes fantásticos, con ruptura entre las varias escenas, entre argumentos y descansos. Nadie lo había utilizado antes de Brecht. No deberían pensar que esta llamativa función teatral no la pueden bautizar con el apellido de transformación, como se escribe en sus notas.

En un rincón, en el suelo, apoya sobre sus piernas un portátil un supuesto autor, que nos cuenta los problemas para encontrar argumentos. Y confiesa –o nos engaña- que se ha basado en la cruel realidad, y que lo demás no es teatro. Afirma haber descubierto que el adorado Peter Pan, del cuento, en realidad, lo había tomado su autor –Barrie- de un hombre que no quería crecer, sino de un tipo bajito, feo, infeliz, que terminó suicidándose. Tome nota: avisan de que lo que vienen ahora son escenas duras, violentas, enamoramiento de la crueldad. El Caín asesino –el hecho auténtico de un hermano actual-; la zoofilia de un personaje con una cabra; el crimen de un bebé –fueron dos, en la realidad- en la bañera. Una vieja cuna, con un imitado bebé, ocupa el centro de la sala durante toda la función, llenándola de agua, convirtiéndola en una bañera, para ahogarle en una psicopatía maternal. Lo hace impresionantemente la actriz. Hay varias escenas más, interrumpidas a veces con el acercamiento de los actores rompiendo las escenas como para frenar el momento.

Es un procedimiento de brutalidad, con ausencia de análisis o explicaciones sociales. Es indudable que se intenta conseguir un escándalo, aunque a quienes estábamos allí no nos hizo temblar –un estilo ya conocido por el destacado dinamitero Rodrigo García-. Sí escuchábamos una escritura rica, una poética con acciones de construcción perfecta.

Lo pone en escena Adolfo Simón, un buen director –también escribe-, muy variable, desde hace veinte años, con dramaturgos como Francisco Nieva o Juan Mayorga, y que consigue un magnífico montaje de esta difícil STEAK TARTARE. Es también un trabajo estupendo el del reparto: Arturo Bernal, Juan Gómez, Guadalupe Marcote e Itziar Ortega, en grandes tensiones, burlas y tragedias. No los conocíamos, y los admiramos.

Enrique Centeno

© Santiago Carneri

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