Crítica de STEAK TARTARE por Juan Ignacio García Garzón (ABC)

Fotografía de Santiago Carnieri
Carne picada
por Juan Ignacio García Garzón

Voces de niños maltratados que se convierten a su vez en abusadores sexuales de sus hijos, una espiral en la que lo abominable se ajusta la máscara de la normalidad y los afectos y jerarquías familiares se utilizan para amasar el pan cotidiano de la infamia. Una historia cuyo protagonista se diversifica en otros, sus palabras cambian de boca sin alzar el tono, pues lo terrible, lijado por la fuerza tenaz de la costumbre, se expresa con suavidad estremecedora. Steak tartare es, en efecto, un plato teatral cuya materia prima es la carne picada de las infancias rotas, un relato en el que se introduce la fría y devastadora elocuencia de los datos estadísticos como contrapunto al horror evocado sobre escena: las dentelladas torvas de un deseo caníbal agazapadas tras la máscara de los besos paternales.

El texto de Carlos Be es una suerte de polifonía inquietante que Adolfo Simón aborda casi como sesión de espiritismo, como un ritual de la cotidianidad en el que los espectadores comparten espacio con los cuatro actores, dos hombres y dos mujeres, cuyas presencias fragmentadas se multiplican en las proyecciones de la cámara que se van pasando de unos a otros. Los intérpretes dicen sus textos mirando a los ojos de quienes les rodean, respirándolos, en el pequeño espacio que da acceso al escenario de la sala Tis; ahí, en esa zona de paso, una tierra de nadie, transcurre esa representación cuyos fantasmas acarician, sobrecogen y cautivan a quienes miran.

Una ceremonia extraña ejecutada por unos oficiantes entregados y seductores que se semidesnudan, mojan sus cuerpos, se travisten, maceran cerezas bajo la ropa interior en un simulacro de sexualidad traumática y eucaristía sangrienta. Una experiencia teatral distinta y arriesgada, para paladares sin complejos. Permanecerá en cartel solo hasta el próximo domingo. Merece la pena.

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