Diario ficticio (2/9)


Praga, 24 de septiembre de 2009

Pronto se cumplirán tres años de mi llegada a Praga. Recuerdo que el primer día me sentía completamente perdido. Me había propuesto recorrer la ciudad recién llegado del aeropuerto y a mediodía tuve que parar a descansar en la placita de Týn, a espaldas de la iglesia de Nuestra Señora de Týn, harto de arrastrar la maleta con ruedas por las cabezas de gato, que es como llaman los checos a los adoquines, kočičí hlavy. Aterido por el frío, entré en un restaurante al cual no he vuelto nunca más y, tras un caffe latte con sabor a nada y una intensa sensación de enajenación absoluta, emprendí el camino hacia el Castillo. En mitad de Most Legií, el Puente de las Legiones, me detuve en seco. Por fin algo familiar: un olor que viajaba sobre la superficie del río Vltava. Se trataba de una esencia salvaje, foránea a los olores que hasta entonces había percibido en la ciudad. El aroma del mar que remontaba el Vltava me proporcionó la fuerza necesaria para retomar con entusiasmo la ascensión al Castillo. Tres años he tardado en descubrir cuán equivocado estaba.

Hoy me he perdido tres veces en la Ciudad de los Horizontes. La primera vez, en el trayecto hacia el centro, donde había quedado con P. para tomar un café. Me apetecía mucho verle después de mucho tiempo. P. es como un atlas que vas recorriendo mientras conversas, un continuo descubrimiento. Nos hemos despedido cerca de la Plaza de la República y al ser una zona que no frecuento demasiado he dado un rodeo innecesario para volver. Ésta ha sido la segunda vez que me he perdido. Ah, no he dicho antes que se cuenta que si te pierdes tres veces en Praga en un mismo día, tendrás suerte. 
 
De regreso a casa hay que cruzar Petřín, un monte de poco más de trescientos metros de altitud que se extiende en mitad de la ciudad y que acoge en su falda el Monasterio de Břevnov y la Pequeña Eiffel, una reproducción de 1891 de la Torre Eiffel francesa. En el siglo X, este monte recibió el nombre de San Lorenzo, por la capilla que se halla en la ladera este. No es posible remontarse más allá en el tiempo sin echar mano de las leyendas. Dicen que en la cúspide del promontorio se efectuaban rituales y sacrificios a un dios llamado Perun. Son las nueve de la noche y me adentro en Petřín, el camino más corto para llegar a casa. Un anciano sentado en un banco a la entrada del monte me ignora totalmente, es demasiado tarde para saludar a desconocidos. Al pasar a su lado, aguzo el oído y descubro que habla consigo mismo en voz baja y no lo hace en checo, como cabía esperar, sino que habla consigo mismo con maullidos. Se maúlla a sí mismo. Apremio el paso y me adentro en el bosque. Atrás quedan las luces de la ciudad y el espectro iluminado, omnipresente, del Castillo.

Por estas sendas es donde más veces me ha asaltado la inspiración. Aquí se gestó por completo My favorite things, el monólogo de la mujer que se corta dedos; tenía que pararme a cada rato a tomar anotaciones. También... y de repente interrumpe mis pensamientos el mismo olor del primer día en Praga y el engaño se revela en toda su magnitud. Ese olor no procede del mar. Las copas de los árboles se agitan con el viento. Es el olor de los bosques. He tardado tres años en darme cuenta y en el mismo instante en que me percato de ello, descubro que me acabo de perder por tercera vez y a mi alrededor se cierra la oscuridad. Y de pronto desconfío de mi inspiración como propia y siento miedo. En el silencio de los bosques retumban los pensamientos más profundos.

Estoy perdido y fango en los zapatos. Avanzo sin rumbo hasta el linde de una muralla que parte el bosque en dos. Es el Muro del Hambre, la ordenó construir Carlos IV en el siglo XIV para paliar el hambre de la población y esta noche, contra ella, se aplastan todas las proyecciones de mis miedos. Si consiguiera superarla pero imposible, demasiado alta. Retrocedo y al cabo de unos minutos interminables logro orientarme en la espesura y tras un meandro del camino emerjo de nuevo a la ciudad iluminada. Y corroboro lo que cuentan los praguenses, perderse tres veces el mismo día trae suerte. De no haberme perdido dos veces antes, temo que jamás habría encontrado la salida.

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