Artez - El síndrome de Asperger: Días estambulitas (I)

La habitación del hotel, sin mesita de noche. En Estambul aprendí a dormir con los libros encima de la cama. Siempre vuelvo a Estambul, sé que le pertenezco. Mis raíces en la tierra y las manos en su cielo. Y los libros, al cementerio.

Si acaso una noche duermo acompañado en Estambul, los libros caen descontrolada, violentamente contra el suelo y mueren bajo la cama –he perdido tantos libros en los hoteles de Estambul–. Y al amanecer –no hay nada más bello que amanecer con vistas a Asia– te despierta en los pies el lamido de las páginas de algún libro enredado entre las sábanas.

Lo reconozco, he matado muchos libros en Estambul, tantos que la ciudad se ha convertido en mi cementerio de libros particular. La quietud de la muerte de los libros contrasta con la celeridad de la vida de la ciudad. Para descubrir Estambul, hay que trepidar en el carrusel que es la Plaza de Taksim, atravesar la ciudad en sus dolmuş nocturnos, partir la lluvia.

Principios de septiembre y sobre la calle Ordu, una tormenta quiebra el cielo por la mitad. Hay que correr en busca de refugio. La mezquita de Beyazit aparece iluminada en el centro de un claro de luz casi místico. Corro por la acera sin dirección y un mercader me sale al paso, me sorprende su gesto amable con el cual, a pesar del torrente que está cayendo, pretende darme el alto. Me detengo en contra de todo lo esperado y por un momento la única agua que percibimos es la que recorre el rostro del otro. El mercader, de edad incalculable, me dice en perfecto inglés: «Cuando yo era joven era como tú, la misma cara», y se aparta del paso y sigo corriendo bajo la tormenta sin saber si es la tempestad o el miedo lo que acicatea mis piernas. Lo que es seguro es que el rostro de aquel anciano no se me olvidará jamás. Y que para conocer Estambul hay que correrla.

En los diques al sur de la ciudad, los niños juegan entre las piedras y los adultos tiran las cañas desde sus sillas plegables. Los parques con césped ralo y el mar con promesas de todo el mundo.

Black/North Seas es una aventura artística que plasma, a través de las historias, la música y las imágenes de los artistas que viven en las costas del Mar Negro y del Mar del Norte, una visión integrada de Europa. Este proyecto impulsado por Intercult propone el encuentro a ciegas entre artistas de diferentes mares con el objetivo de elaborar creaciones conjuntas. Intercult es una unidad de producción y educación independiente con sede es Estocolmo y su iniciativa mueve un centenar de artistas e invitados internacionales. «Los desafíos», me escribe Chris Torch, su director artístico, «acontecen con mayor visibilidad en las ciudades portuarias. Una combinación de patrimonio y memoria colectiva, siglos de migraciones y espacios postindustriales subdesarrollados ofrecen unas oportunidades únicas». Actualmente, Seas viaja de tournée por el Mar del Norte. Su próxima parada será Skegness, en el Reino Unido, y durante el año que viene atracarán en Turquía, Ucrania y Georgia. «Por cierto, Vanessa Ware estará unos días en Estambul por trabajo.»

Vanessa Ware, directora de marketing y comunicación de Intercult, ha llegado a Estambul y aprovecho para quedar con ella y conocernos. «Los artistas que participan en Seas manifiestan el gran reto que les ha supuesto alejarse de sus actuaciones habituales, trabajar en nuevos espacios y cómo este proceso les ha inspirado para su propio trabajo. Además, los artistas regresan a sus ciudades con las ideas artísticas generadas y brindan su experiencia a un público que no ha realizado esa ruta, con lo cual se crean nuevas avenidas de intercambio y actuación en el propio lugar de procedencia de los artistas. Estas representaciones acostumbran a buscar escenarios no convencionales como rastros, embarcaderos o church cafés. Nuevas avenidas significa el encuentro con nuevos públicos».

Entre los artistas movilizados, encontramos a los ucranianos Dmytro Bogomazov y Vilna Scena que se han inspirado en RICARDO III para erigir su espectáculo DULCES SUEÑOS. Se trata de una excepción; la mayoría de las producciones son escritas por dramaturgos contemporáneos o creadas en procesos colectivos, como LA LIGA DEL TIEMPO de la compañía croata BADco o ESPERANDO… de Tiyatro Oyunevi, turcos. «Un buen ejemplo del desafío al que deben enfrentarse los artistas», cuenta Vanessa Ware, «ocurrió en Mangalia, Rumanía, durante la actuación de los bailarines turcos Bedirhan Dehemn y Safak Uysal. Presentaban su espectáculo LUNES EN EL SOL en la plaza mayor de la ciudad justo después de la retransmisión de un partido de fútbol muy popular por una pantalla gigante. La audiencia que los bailarines se encontraron fueron los seguidores deportivos. Su confluencia resultó bastante frustrante. En cambio, la segunda noche, acudieron los mismos jóvenes de la noche anterior, en esta ocasión con sus novias, quienes les animaron a participar activamente en la demostración de danza contemporánea de los artistas.»

Le agradezco a Vanessa Ware que me haya encontrado un hueco en su agenda para la entrevista y no regreso directamente al hotel. En las calles de Estambul me siento como en casa. «Es por tus ojos tribales», me dicen en el descansillo de la escalera que comunica las dos plantas de una discoteca, «miras como nosotros.» Sonrío. «¿Vienes?», añaden. Y las luces rojas parpadearon sobre negro.

Al día siguiente llego cinco minutos tarde a la cita con Cengiz Özek, fundador del Festival Internacional de Títeres de Estambul (İstanbul Uluslararasi Kukla Festivali), y su asistente, Stefan Carelius. Saben perdonar el retraso y me embelesan con su carácter afable y entregado. Y su modestia. Cengiz Özek, junto a Stefan Carelius y otra persona encargada de las relaciones públicas, constituyen el corazón organizativo del festival. Los dos primeros trabajan durante todo el año en la planificación del programa y en cuanto se acerca el mes de mayo, el equipo se amplía. Durante la conversación, que tiene lugar en un restaurante de Sıraselviler, se evidencia su devoción por el teatro y hablan de su festival como uno más de los muchos que se organizan alrededor del mundo. Cumple al pie de la letra lo de internacional: su programación reúne compañías europeas, sudamericanas y asiáticas. Y no sólo se actúa: también se ofrecen workshops, simposios, exhibiciones y pases de documentales. Como cualquier otro festival, argumentan desde su esplendorosa modestia. «Existe una única diferencia», dice Cengiz Özek de repente, «nuestro festival fue fundado con el propósito de promover el teatro de sombras tradicional turco, el Karagöz, por el que trabajamos incesantemente y con mucha pasión para que continúe vivo en Estambul. Por otra parte, en el festival seguimos algunas pautas establecidas. Una de ellas es combinar la creación tradicional con la contemporánea. Cada año invitamos al menos a diez grupos de países diferentes. Procuramos que sus espectáculos contengan el mínimo de texto posible, para facilitar la comprensión, y que estimulen la imaginación y la inteligencia de la gente de hoy en día. Nuestro festival no cuenta con ningún apoyo del gobierno y siempre tenemos que realizar un gran esfuerzo para encontrar patrocinadores».

Cengiz Özek se muestra entusiasmado con las compañías invitadas: «Intentamos aportar siempre ideas nuevas y favorecer la difusión del arte contemporáneo, mediante actuaciones que experimenten con proyecciones, máscaras, teatro, luces, danza, sombras y objetos. Estas disciplinas nos motivan mucho y nos gusta contar con ellas en el festival, y espero que los actores y directores turcos se sientan tan excitados como nosotros». Y Stefan Carelius añade: «Contamos con una gran ventaja y es que, como miembros de una compañía de Karagöz, viajamos bastante por diferentes festivales internacionales y vemos muchas actuaciones en vivo, lo cual ayuda mucho a la hora de escoger la programación de nuestro festival».

Las fotografías que me muestran de algunos de los espectáculos programados son preciosas, como las de SÁVITRÍ, de la compañía checa Divadlo Líšeň, o PETER PAN, de los japoneses Akebi Group, por no mencionar las de sus propios espectáculos de Karagöz.

En este punto, las manos de Cengiz Özek se detienen sobre las fotos y recuerda sus días en el conservatorio teatral y la gran impresión que le dejó una actuación de un artista del cual desconocía su nombre y procedencia. Muchos años después, en los primeros años del festival, quiso invitarle a participar en el programa, pero al no conservar ningún dato de aquel artista, le fue imposible contactar con él. «No fue hasta al cabo de muchos años más, en Austria, donde estábamos actuando, que encontré a Mario Fogli, fotógrafo a quien le gustaba retratar a sus titiriteros favoritos, y me realizó una sesión de fotos junto con mi Karagöz y después caminamos juntos a su exposición. Allí fue donde vi la fotografía del artista que tanto me había marcado e inmediatamente le pregunté a Mario quién era. Mario me respondió al instante: ‘Jordi Bertran, el gran titiritero catalán’. De regreso a mi oficina, quise escribirle e invitarle para que inaugurara el festival con su espectáculo y de repente sucedió lo inexplicable: ¡abrí mi buzón y encontré una carta del mismísimo Bertran preguntándome acerca de nuestras condiciones!»

»El mayor regalo que el festival me ha dado es comprobar a través de los años que la gente que creía que la manipulación de títeres no era más que jugar con juguetes, ahora entienden y aprecian este delicado arte; y que los teatros de Estambul incluyen representaciones de marionetas en su repertorio.»

Fotografías: Cengiz Özek © Cengiz Özek | SÁVITRÍ © Divadlo Líšeň

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