Diario ficticio (3/9)

Praga, 7 de octubre de 2009

[…] el cliente coge la Gaceta Oficial de Praga, ese diario impreso en dos idiomas en el que el blanco corcel oficial hace todos los días pruebas de adiestramiento hípico de alta escuela. Pero la humorada de conminar a «Mathias Struck, desaparecido desde hace ciento sesenta años» a presentarse en el plazo de seis semanas, o en caso contrario será declarado muerto, no despierta el interés de nuestro amigo […]

Egon Edwin Kisch, Aus Prager Gassen und Nächten (1912)

Praga es conocida también como la Ciudad de los Suicidios.

Praga posee una inabarcable plétora de otros nombres y cada uno confiere una visión de la ciudad distinta al resto, a veces incluso contradictoria. A pesar de ello, todos los nombres de Praga hablan de la misma ciudad: la Ciudad de los Horizontes, la Ciudad Dorada, el Corazón de Europa, la Roma del Norte, la Nueva Amsterdam, la Ciudad de los Tres Pueblos, la Nueva Gran Prostituta –en contraposición con Babilonia, la Vieja Gran Prostituta–, la Ciudad de las Cien Agujas (nota 1. Pido disculpas de antemano por esta primera y extensa interrupción, por otra parte completamente evitable, pero considero relevante compartir ciertos datos que, en la medida de lo posible, lastren a los lectores a la realidad de esta ciudad que tiende a presentarse bajo una patina inalterable de locura y ficción. Tras esta breve introducción genérica, retomemos el asunto que atañe a esta entrada: Praga como la Ciudad de las Cien Agujas. Su artífice fue Josef Hofmayer. A principios del siglo XIX, este escritor acuñó tal nombre al obtener el recuento total de agujas de los tejados de la ciudad. En el cálculo se excluyeron las agujas de domicilios particulares y torres de agua. El resultado final fue ciento tres agujas. Por superstición, se estimó eliminar de la suma tres agujas y la cifra se redondeó a cien), Mater Urbium (nota 2. La Madre de las Ciudades), la Oscura Salomé, la Ciudad de los Excéntricos y los Visionarios (nota 3. Oskar Wiener, Deutsche Dichter aus Prag, publicado en 1919), el Paraíso en la Tierra, la Tentación Negra (nota 4. Vilém Mrštík, Santa Lucia, publicado en 1948), la Ciudad Abominable (nota 5. Franz Kafka, Letters to friends, family and editors, publicado en 1978) o el que nos ocupa en esta ocasión: la Ciudad de los Suicidios.

Parece imposible que tras una ciudad tan caleidoscópica como Praga exista algún envés ignoto, pero existe y es, por ende, a su vez, múltiple. De ahí que nuestros sentidos más primitivos se vean alterados y avancemos por sus calles sumidos en una profunda desorientación y no sólo espacial, sino también temporal. Los cronistas de la ciudad relatan que el ombligo de estas alucinaciones se ubica en la Plaza de la Ciudad Vieja, justo en el rincón que ocupa la Fuente de los Delfines, un surtidor neobarroco con tres delfines cuyas colas se trenzan entre sí (nota 6. Jan Štursa, el escultor de la Fuente de los Delfines, desalentado por los tortuosos síntomas de una sífilis inextirpable, se suicidaría en su atelier el 2 de mayo de 1925. Sobre su mesa de trabajo, hallaron los diseños en papel de una de sus últimas esculturas realizadas, Mujer lavándose).

El mismo topónimo de Praga posee un origen controvertido que se diversifica en el pasado. El grueso de los historiadores coinciden en que Praga significa tierra abrupta o tierra calcinada por su asentamiento primero, en la cima de Višehrad, una escarpada colina sobre el río Vltava, desde la cual se disfruta de una vertiginosa vista hacia el vacío. Otra corriente de etimólogos son los vltavíny (nota 7. Los vltavíny poseen un nombre con doble juego. El vltavín es una piedra preciosa de color verde botella procedente de un meteorito que se estrelló hace millones de años en la actual Alemania y cuyos restos se encuentran diseminados a orillas del río Vltava, a más de trescientos kilómetros de su lugar de colisión. Por otro lado, las personas que viven al lado del río reciben la denominación de vltavani),  quienes defienden que Praga procede del rápido caudal del río Vltava, prahy en checo, que permitía un tráfico fluvial intenso así como emocionantes periplos a tierras remotas situadas más allá de la confluencia con el río Labe y hasta la desembocadura en el mar, el Mar del Norte, que se abriría ante aquellos marineros pasmados de agua dulce como las fauces de la más fiera de las bestias terrenales y los engulliría en una eternidad que nunca habrían sentido ni sentirían como propia, pues su tierra bohemia estaba condenada a no tener nunca mar. Una tercera teoría se basa en el Kitâb al-Masâlik wa‘l-Mamâlik (nota 8. En español, Libro de Carreteras y Reinos, manuscrito de Abu Abdullah al-Bakri de la segunda mitad del siglo X que relata la llegada del mercader Ibrāhīm ibn Ya‘qūb, bajo las órdenes de Abd al-Rahman III, desde Medina Azahara, capital del Califato de Occidente, a Praga). Según el cronista de sus viajes, el onuvense Abu Abdullah al-Bakri, el mercader tenía por objetivo presentar sus respetos ante Otto I el Grande, Emperador del Sagrado Imperio Romano Germánico, y de paso aprovechar para comerciar con esclavos. Tal como se relata en susodicho manuscrito, el mercader, al avistar Praga, creyó hallarse ante «una ciudad construida de piedra y cal», y se refirió a ella como Faraga, otra posible raíz del nombre actual de la ciudad. Existen un cuarto y un quinto grupos participantes en esta contienda lingüística, los que mantienen que Praga proviene de Mezigrady, entre castillos, denominación que recibía la pequeña ciudad que crecía entre la fortaleza de Vyšehrad, en la orilla este del río, y el Castillo, en la orilla oeste; y quienes mantienen que la procedencia del nombre se remonta a la fundación de la ciudad por parte de los reyes Přemysl y Libuše, sus primeros gobernantes y protagonistas de varias leyendas. Cuenta la leyenda referida al nombre que, encontrándose una mañana la reina Libuše en las puertas de su fortaleza en Vyšehrad, sufrió un vahído y por un segundo creyó perder pie. Sus acompañantes quisieron asistirla, evitar la caída por el acantilado mortal, pero ella se negó y permaneció erguida al borde del precipicio. Clavó la mirada en una colina situada a unos cuatro kilómetros hacia el norte y vio, aún presa del vahído, un hombre sentado en el suelo tallaba madera, y profirió: «Vidím mesto veliké, jehoz sláva hvezd se dotýkati bude», Veo una gran ciudad cuya gloria alcanzará las estrellas, y sintió una sacudida en el vientre y a punto estuvo de despeñarse si el guerrero Břetislav no la prende por la cintura. «Allí estará la casa de nuestro pueblo», suspiró la reina Libuše. Se organizó una comitiva, dirigida por el guerrero Břetislav, que viajó hacia el norte, cruzó el río Vltava y ascendió por la falda de la colina donde, tal como había augurado Libuše, encontraron un hombre que pulía la parte baja del marco de una puerta. Břetislav se apeó del caballo y preguntó al hombre quién era y qué hacía. El hombre le respondió que vivía con su familia en una cueva cercana y estaba construyendo un hogar antes de que llegara el invierno. Břetislav contempló el armazón de madera y le pidió si podía sostener aquel marco en vertical. El hombre asintió y la comitiva guardó silencio. Břetislav respiró hondo y, con los ojos iluminados, avanzó hacia el umbral. Lo cruzó y sin girarse, dijo: «Estoy en casa». La comitiva estalló en vítores. «Nuestro umbral», sonreiría la reina Libuše al conocer la buena nueva. Prah en checo significa umbral. «Nuestros horizontes.» Y allí comenzó la ciudad.

De Praga a la Ciudad de los Suicidios. Todo praguense tiene un amigo, un familiar o un vecino que se haya suicidado. El suicidio se ha convertido en un hecho tan cotidiano en nuestros días que en Chequia ya no es noticia, a menos que reúna las particularidades suficientes como para destacar por encima de lo normal, como la escabrosa muerte del compositor Karel Svoboda, encontrado por su mujer con un tiro en la sien y la pistola en la mano en el jardín de su residencia de Jevany, al sureste de Praga. En tales detalles se recreaba mi interlocutor, un hombre de unos treinta años con el cabello grasiento que había entrado en el Seb’s Pub U skokana poco después de mí. El hombre pidió una cerveza y se colocó a mi lado en la barra. Bizqueaba un poco. Me preguntó algo en checo y le dije en inglés que me perdonara, que no hablaba su idioma. «Okey», dijo y me preguntó en inglés: «¿Ha venido a arrojarse?» Le dije que no sabía a qué se refería. «Es la primera vez que le veo por Nusle», siguió, «la gente que no es de este barrio sólo viene a arrojarse. Y ya no vuelven, claro.» «Soy turista», le respondí. «No hay muchos turistas por aquí, a menos que se haya perdido... ¿Se ha perdido?» «No», dije secamente. En realidad sí me había perdido. Quería visitar Vyšehrad pero había bajado en la parada de tranvía equivocada y, para variar, me había perdido. Como al desconocido, me sorprendió la lluvia y entré en el primer local abierto que encontré, el Seb's Pub U Skokana. «¿Sabe lo que significa el nombre de este bar?», me preguntó el hombre, «El hogar de quien salta, de quien se arroja... Es por el puente, Nuselský Most. Nuselský Most es la atracción favorita del parque de los suicidas, ¿lo ha visto ahí fuera?»

Imposible no verlo. A más de cuarenta metros por encima de nuestras cabezas, Nuselský Most partía el cielo y, con su sombra proyectada sobre el asfalto y los tejados, partía también la tierra. Esta impresionante edificación, de seis carriles de ancho y casi medio kilómetro de longitud, sobrevolaba la depresión del valle de Nusle y comunicaba el distrito de Karlov con Pankrác. Nuselský Most se construyó en 1973 para esponjar el tráfico de la ciudad hacia el sur de Bohemia. Esta es la versión oficial. Otra versión cuenta que el puente facilitaría la entrada de tanques y artillería pesada de las fuerzas rusas en caso de producirse una nueva Primavera como la de 1968.

«Centenares de personas se han suicidado desde el puente, no exagero», me contaba el hombre, «la mayoría de ellas prefieren arrojarse desde el lado norte, por las vistas, son mejores, se ve el centro. Han colocado vallas para que la gente no se tire pero no ha servido de mucho, yo vivo en este barrio y estoy acostumbrado a ver a los suicidas subir por las calles hasta el puente. Los reconozco. Pensará que estoy loco. Los locos son ellos, los que se tiran, no yo. Yo sólo les observo y si tengo suerte me saco unas cuantas coronas. Nunca se sabe a quién encontrarás en el pavimento. ¿Se enteró del tipo de Jevany que consiguió diez mil coronas por unas cuantas fotografías de Karel Svoboda? Por supuesto que estamos hablando de suicidios de altos vuelos… Por ser con arma de fuego. Es otro rango de suicidio. Superior al de arrojarse. ¿Conoce lo ocurrido con el compositor? Su mujer entra con su niño de dos años en brazos en casa de un vecino llorando a moco tendido y le dice al vecino que su marido está muerto en el jardín. El vecino corre y descubre el cuerpo de Karel Svoboda con una pistola en la mano y los sesos desparramados por el césped. Antes de que llegue la policía, otro vecino echa fotos al cadáver y las vende a un periódico. Diez mil coronas. Naturalmente, las fotografías no se publican. Pero tiempo al tiempo. En el Museo de los Suicidios que planeo construir reservaré un lugar especial a todo ese material que no pudo salir a la luz en su momento. Hay que permitir que la ética y todo lo demás demoren lo inevitable, ya me está bien, estas cosas se revalorizan con el tiempo. Lucie Bílá, ¿conoce a Lucie Bílá?, una cantante con una trayectorias en dos tramos, el tramo comunista y el actual, personalmente prefiero el actual, su Laska je laska es de lo mejor, aunque después tampoco haya hecho gran cosa, ¿sabe qué canción le digo?: «Zas je tu jaro je tu, lidé šílí, líbaj se jak o život navrá jem, tohle známe, zas tu máme, máj ten divnej měsíc, všichní na Petřin...» (nota 9. La primavera ha vuelto, la gente enloquece / se besan como si les fuera la vida en ello / lo sabemos, está aquí de nuevo / mayo, ese mes extraño, vamos todos a Petřin. N.B.: La torre de Petřin, con sus 60 metros de altura, constituye otro punto de referencia para los suicidas que gustan de arrojarse, aunque la frecuencia de muertes en esta torre sea notablemente inferior por su acceso restringido). Lucie Bílá declaró que debía respetarse la decisión de suicidarse del compositor, que cada uno es libre de hacer lo que le venga en gana con su vida. También hubo gente que dijo que aquello no era más que el único desenlace posible de una larga depresión ocasionada por graves problemas de salud y tensiones familiares...»

El desconocido hablaba sin respirar pero no me atrevía a interrumpirle, su idea de abrir un Museo de los Suicidios me repugnaba y fascinaba al mismo tiempo. ¿Por qué no abrir ese museo? En Praga existe, como en muchas otras ciudades, un museo de instrumentos de tortura medievales, y parece que a la gente, turistas en su mayoría, les gusta o, mejor dicho, les entretiene (nota 11. El Muzeum Mučících Nástrojů, en Křižovnické náměstí). El hombre tenía incluso localizado el solar donde quería levantar su museo, por supuesto con vistas a Nuselský Most, el templo de la peregrinación final donde, según las estadísticas, cada semana se produce una tentativa de suicidio, con o sin éxito. Una cifra desorbitada (nota 12. Según un estudio realizado por el Český Statistický Úřad en 2004, ese año uno de cada cinco mil checos se suicidó, cifra inferior a la de países como Finlandia o Francia, pero que dobla a países como España o Italia. En cualquier caso,hablamos de un total de mil quinientos suicidios anuales en Chequia. Ocho de los casos registrados fueron niños menores de catorce años). Algunos saltadores, ajenos a la realidad circundante, han llegado a provocar daños y lesiones a terceros al aterrizar encima de peatones o coches. Otra de las situaciones extremas a las que se enfrenta el cuerpo de seguridad de la ciudad son los grupos de borrachos que se aglomeran en las puertas de los bares situados bajo el puente y jalean al suicida a ignorar las súplicas del psicólogo que le tiende la mano y le instan a arrojarse al vacío mientras cruzan veloces apuestas. Algunos bares en este barrio se anuncian como el mejor lugar para contemplar un salto mientras se toma un zumo de naranja recién exprimido. Eso sí, se prohíbe fumar.

«Abril es el mes más boyante», prosigue mi interlocutor. «Es jarní črtbolí en Nusle (nota 13. Lluvia primaveral, en concreto una lluvia de gotas grandes, espaciadas en el tiempo). Paso todo el tiempo que puedo en la calle, a la expectativa, sobre todo los lunes, los lunes de abril son mis días favoritos del año. Llevo dos tazas en la mochila.»

No puedo evitar la pregunta: «¿Dos tazas?»

El hombre coloca su mochila sobre las rodillas y controla con uno de sus ojos que el camarero no mire hacia nosotros. Abre la mochila y me muestra rápidamente una gran taza de loza blanca, con el asa y el borde dorados y el escudo del Slavia, el club de fútbol de la ciudad, y sonríe. Me encojo de hombros, sin entender. «Para recoger las piezas de la colección», me explica. «La última vez conseguí un trozo de cerebro bastante grande, casi no cabía en la taza, lo cogí antes que llegara la policía, estaba aplastado contra el bordillo de la acera, nadie más lo vio...» Me levanté de un brinco. «¿Dónde va?» «Tengo que irme. Voy a pagar la cuenta.» «Yo le invito, no se preocupe», el hombre pagó la cuenta. «De todas maneras, debo confesarle que mi suicida favorito no es ningún saltador. Se quitó la vida de un tiro, como Karel Svoboda. Fue un actor muy querido por todos, Vlastimil Brodský. ¿Tampoco le conoce? ¿De dónde ha salido usted? Actuó en muchas películas, ¿le suenan Ostře sledované vlaky?, ¿o Skrivánci na niti? No sé cómo se traducirían al inglés (nota 14. En español, Trenes rigurosamente vigilados y Alondras en el alambre, respectivamente). Son de Bohumil Hrabal, un gran escritor y otro gran saltador... Vlastimil Brodský lo dejó todo preparado. Cada una de sus pertenencias con una etiqueta que indicaba a quién entregarla tras su muerte. No sé cuánto tiempo tardaría en prepararlo pero sin duda estaba decidido a acabar con su vida. Hacía poco que había declarado en una entrevista que en su próxima reencarnación quería ser perro, como su inseparable Hugo, decía que con él había mantenido la relación más pura de su vida, sin celos, con carantoñas y juegos, aunque a veces Hugo le hiciera sentir como a un hueso, con tanto lametón... Brodský bromeaba continuamente. Decía que al morir temía que su perro le devorara. Un humor envidiable. Dicen que se suicidó porque, después de 1989, había perdido la fe en su país. Paradójicamente, su nombre, Vlastimil, significa el que ama a su patria. La gente que lo conocía dice que dejó este mundo con una sonrisa en los labios. Es lo importante. Le gustaba mucho citar a su gran amigo Miloš Kopecký, ya no le pregunto si a Kopecký lo conoce, ¿sí?, ¡increíble!, pues eran grandes amigos con Brodský…»

Espero bajo el pasaje del bar, junto al desconocido, a que la lluvia aminore. Una pareja entra corriendo en el portal de al lado, la pensión Sunflower. Mi interlocutor dirige una mirada rápida a Nuselský Most y se abrocha el cuello del anorac. «Qué porquería de tiempo», susurra. Me despido de él de manera sucinta: «Gracias por invitarme y hasta luego». «Un placer. Espero verle de vuelta.»

Me alejo por la acera y cruzo la densa sombra del Puente de los Suicidios. La lluvia se ralentiza casi imperceptiblemente. No quiero girarme ahora, no quiero ver el puente cortando el horizonte mientras mi cabeza repite incesante las únicas palabras de Miloš Kopecký que conozco: «El humor es la única manera digna de estar triste».


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