Artez - El síndrome de Asperger: Los acontecimientos húngaros (I)


Fuera del vagón, el sol se ha olvidado de los pasajeros y el cielo de noviembre agita las primeras ventiscas de nieve e invierno. Si viajas al son de los boleros con la vista prendida en el paisaje, el trayecto en tren de Praga a Budapest se convierte en todo un acontecimiento. El visor del mp3 indica que da comienzo el Que murmuren de Eliades Ochoa. «El agua se aclara sola al paso de la corriente…» y, mientras tanto, afuera cambian los países.

El tren, que recibe el nombre de uno de los mayores novelistas checos, Jaroslav Hašek, autor de El buen soldado Švejk, penetra en la estación Keleti pályaudvar de Budapest. Si algo se asemeja a un teatro es una estación de ferrocarriles. Un segundo gran acontecimiento me espera en el andén: un cordial, enérgico y afectuoso –a partir de ahora lo resumiré en una sola palabra: húngaro– abrazo de bienvenida a una capital incógnita. Gábor Lénárt ha venido a recogerme. Su abrazo húngaro me estremece.

Lénárt inició su trayectoria profesional en el mundo de las artes escénicas de la mano del Teatro Madách, una sala de Budapest orientada al teatro musical y la comedia. Recuerda que en aquel escenario interpretaría una obra basada en la biografía de uno de los escritores más venerados del país, József Katona (1791-1830). La obra cumbre de este dramaturgo y poeta se titula Bánk bán, cuenta Lénárt, texto que escribió ex profeso para presentarlo a un certamen literario convocado por un periódico local de Cluj-Napoca, ciudad ubicada en Rumania desde 1920 por el tratado de Trianon, y que no ganó. De hecho, el premio se declaró desierto. Katona rescribiría la obra y diez años antes de su muerte, desesperado ante la expectativa que el manuscrito permaneciera por los siglos de los siglos como polvo acumulado en el rincón de un desastrado cajón, se decidió a publicarla por su propia cuenta y riesgo, pero el tiempo avanza despacio para el vino y para las letras y la muerte alcanzó al escritor antes que el éxito llamara a su puerta hueca, 18 años después de su fallecimiento. Venían del Teatro Nacional de Hungría. Más adelante, el compositor del himno nacional, Ferenc Erkel, adaptaría el drama de Katona para la ópera en 1952. La obra sobre la vida de Katona que se representó en el Teatro Madách, concluye Lénárt, no tuvo muy buena acogida por parte del público. Tal como le sucediera al propio protagonista en su tiempo equivocado.

En el taxi hacia el hotel, Lénárt me sorprende con el relato de un acontecimiento esencial en su trayectoria como artista, la primera vez que reconoció como actor. «Fue un día después de un ensayo. En el ensayo había cumplido con lo que debía hacer pero no me sentía del todo satisfecho con el resultado. Después del ensayo, fuimos a la cantina del teatro y comentamos la escena en cuestión. Mi colega en escena comenzó a recitar su parte al tiempo que me exponía su parecer acerca de la historia. En un momento dado, se subió a la silla y abordó la escena a viva voz, y yo le seguí. Inmediatamente se nos unió otro actor y nos encontramos reanudando el ensayo en la cantina después del ensayo en el escenario, sin preocuparnos del resto de los presentes ni de las circunstancias. En ese instante comprendí que confiaban en mí, que pertenecía a la compañía, que era actor. Cómo explicarlo. Existe un dicho: Los locos se reconocen entre sí. Y nos reconocimos. Como si un niño le pregunta a otro: ¿Quieres jugar conmigo?, y el otro responde: ¡Sí, claro! En la cantina prescindimos de esta introducción formal, pero jugamos con la misma seriedad con que juegan los niños. Creemos en otra realidad y podemos construir una vida ficticia que en el teatro se torna real.»

En la actualidad, Lénárt actúa en el Teatro Karinthy con La jaula de las locas de Jean Poiret, trabajo que compagina con la escritura y la producción televisiva siempre dentro del ámbito cultural. Sobre el escenario interpreta a Laurent, el personaje que quiere casarse con una chica y debe anteponerse a los deseos de sus padres gays y de su futuro suegro de tendencias reaccionarias. Esta sala está dirigida por Márton Karinthy, vástago de una saga de famosos escritores húngaros. Además de comedias, el Teatro Karinthy incluye en su repertorio obras como Orgullo y prejuicio de Jean Austen u Hombre y Superhombre de George Bernard Shaw.

Antes de la cita con el coreógrafo Pál Frenák, me acerco con Gábor a un teatro próximo al hotel, el Teatro Örkény, «un teatro muy joven en el corazón de Budapest», describe Anna Lengyel, la productora del espacio, además de dramaturga y traductora. Los fundadores del Teatro Örkény proceden de una escisión de diecisiete actores, bajo el mando del director y también actor Pál Mácsai, del equipo artístico del Teatro Madách. Algunas de sus obras en cartel son Finito de István Tasnádi, Ibusar de Lajos Parti Nagy, todos ellos dramaturgos nacionales, que se alternan en el escenario con Noches árabes o Frau von Früher de Roland Schimmelpfennig, La Reina de la Belleza de Leenane de Martin McDonagh, Murlin Murlo de Nikolay Kolyada o La muchacha de seda artificial de Murlin Murlo. Entre sus directores habituales cuentan con personalidades como László Bagossy, Sándor Zsótér y Tamás Ascher, este último fundador del Teatro Katona József. Desconozco si algún tren húngaro honra con su nombre a este autor, tal como ocurre con Jaroslav Hašek u otros autores no tan lejanos a nosotros, pero sí existe un teatro. Puestos a escoger, no está nada mal.

«Después del conato revolucionario de 1956», prosigue Lengyel, «los políticos culturales de la época consideraron oportuno otorgar cierta permisividad, más allá de la censura, a la libertad de expresión. En esta línea destacó el Teatro Kaposvár, a unos doscientos kilómetros de la capital, conocido como «la barraca más alegre» del bloque soviético y dirigido por Gábor Zsámbéki, donde el director de escena Tamás Ascher iniciaría su carrera. Tiempo después, ambos directores, Zsámbéki y Ascher, serían requeridos en Budapest para dirigir el Teatro Nacional y a los tres años, en 1982, fundarían, junto con Gábor Székely, el Teatro József Katona. Antes de la caída del Muro, eran los únicos húngaros que podían viajar más allá de la Herida de Europa. La producción que les otorgó el éxito internacional sería Las tres hermanas de Anton Chéjov, dirigida por Tamás Ascher, montaje que giraría durante nueve años. Su director declaró: “Raramente he dirigido una obra tan perfecta. El elenco era igual de perfecto… El motivo por el que sobrevivió tantos años es probablemente porque siempre había algo nuevo que contarles a los actores sobre sus personajes”.»

El último éxito del Teatro József Katona es Ivanov, dirigida por Ascher, que ha dado la vuelta al mundo desde que se estrenara en 2004, algo que no es de extrañar de un teatro que en esta temporada 2009-2010 cuenta con una plantilla de tres directores de escena y treinta y dos actores fijos.

Al cerrarse la Herida de Europa, el teatro húngaro sufrió cambios muy complicados. Se daba paso a una era de cicatrices y queloides. «De repente», reflexiona Lengyel, «la libertad implicaba también libertad intelectual y artística, con lo cual las verdades políticas encubiertas y las lecturas entrelíneas se convirtieron en redundantes. En consecuencia, lo que constituía el principal elemento catártico del buen teatro antes del cambio de pronto había perdido toda su entidad. En cierto modo, los teatros más fuertes se vieron súbitamente arrojados al abismo», como el Teatro József Katona. Decidieron instaurar una política de promoción de autores contemporáneos y, para sorpresa de muchos, las plateas volvieron a llenarse. «Péter Halász, fundador de la mundialmente conocida Squat Theatre de Nueva York y una de las figuras clave del movimiento teatral underground de los años 60 y primeros 70 en Budapest antes de verse forzado a abandonar el país, regresaría con su Newspaper Theatre, donde las historias que venían en los periódicos del mismo día eran interpretadas por la compañía a partir de un guión escrito por la noche y discutido por la mañana. Aquel método tan insólito para la época revolucionaría la forma del teatro húngaro.»

Tras conversar con Lengyel, visitamos su teatro. Siento unas ganas húngaras de seguir conociendo a estos artistas cuyas pieles se han fundido con telones.

«Mis padres eran sordomudos», relata Pál Frenák en la cafetería del hotel, «con lo cual, mi primer vía de expresión resultó ser el lenguaje de signos. Mi receptividad y mi sensibilidad hacia el más minúsculo movimiento o parpadeo se deben a esta particularidad. Esto juega un papel determinante en la elección de mis bailarines y también se manifiesta en las coreografías. A menudo la danza contemporánea apela a un modelo de belleza canonizada. El hecho de que yo provenga de un entorno donde las nociones de belleza y perfección no eran las “normales”, me lleva a acercarme a ese “movimiento perfecto” de una manera diferente». En la compañía de Frenák participan bailarines profesionales pero también aficionados, gente incapacitada, sordomudos… «El lenguaje corporal siempre está ligado a la psique, por lo que utilizo el mismo método tanto con profesionales como con quienes no lo son. Intento hacer emerger de cada persona el límite final de su propio cuerpo. No existen grandes artistas o pequeños artistas, sólo artistas.»

En 1989, Frenák funda su propia compañía de danza en París, ciudad en la que reside desde los 80, y no será hasta una década después, tras recibir el premio coreográfico Kyoto Villa Kujoyawa en Japón, que completaría su elenco con bailarines húngaros. Frenák vivió en su equipo el desafío de unir dos sociedades muy distintas separadas durante tanto tiempo por la Herida. A su llegada a París, este discípulo de Cunningham y Limon cuenta que descubrió no sólo un nuevo idioma y una nueva cultura, sino un nuevo mundo. Recuerda que vivía en un pequeño estudio emplazado en una azotea. En el primer piso habitaba un anciano con el pelo y las uñas muy largos. Frenák lo observaba con curiosidad y le fascinaba la intensidad de su mirada. Más adelante, descubrió L’Abécédaire de Gilles Deleuze. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que aquel anciano no era otro que Deleuze en persona. Por desgracia, fue al poco de la muerte del filósofo francés, autor de Diferencia y repetición, El Anti-Edipo o La lógica del sentido.

Para esta temporada Frenák prepara una coreografía que rememorará Les Pallets, uno de sus primeros trabajos. Después de tratar en escena las relaciones personales y la sexualidad, quiere indagar las dinámicas de las constantes que generan cambios en los grupos y las personas, y a la vez abordar problemáticas como el exilio, los sintecho y los desenraizados. Los críticos se deshacen en elogios con su trabajo: ­«Lo que es interesante de las performances de Frenák es, por un lado, la combinación de las visiones afectiva y artística, y por el otro, su composición dramática, elaborada inteligentemente a partir de una idea concreta. Sin embargo, al presenciarlos, uno tiene la impresión de que sus trabajos han sido concebidos en un estado similar a un trance de la conciencia».

En las puertas del Teatro Nacional de Hungría nos recibe Kinga Keszthelyi. El Teatro Nacional comparte plaza con el Palacio de las Artes. Hemos llegado en coche y aún no salgo de mi asombro. El impresionante edificio del teatro es de construcción reciente, se inauguró el 15 de marzo de 2002. Su arquitecta, Mária Siklós, ha plantado una joya a orillas del Danubio. Kinga Keszthelyi lo tiene muy claro a la hora de hablar de la función del Teatro Nacional. «¿Qué supone este Teatro Nacional para una nación libre, democrática y europea?», inquiere Keszthelyi, «pues nada más que eso: teatro». Sus propósitos son muy claros: estimular el conocimiento, la tolerancia y la curiosidad en los espectadores, con especial interés en las generaciones más jóvenes, todo ello a través de dos medios complementarios, la cultura y la empatía. Keszthelyi cita a Róbert Alföldi: «En el mundo de hoy en día, las relaciones tratan del acercamiento, lo cual quiere decir que yo siento curiosidad por los pensamientos de otro, quien a su vez siente una curiosidad pareja por mi manera de pensar, y juntos llegaremos más lejos».

Keszthelyi nos invita a pasar. Entramos en el Teatro Nacional Húngaro.

Carlos Be, Artez 152/2009

Fotografía: Nelson Reguera y Lisa Kostur en InTimE © Pál Frenák Dance Company

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