LA CAJA PILCIK, una historia de terror y estragos (II de III)

La primera vez que me hablaron de la caja Pilcik aún no tenía nombre. No recibía siquiera el nombre que le adjudicaría más adelante durante la escritura de la obra, la caja Pilcik. Paseaba con mi acompañante por Holešovice. Ese día el cielo se agrisó como no se había visto.

La información disponible en la red acerca de tal objeto era más bien escasa y las pistas que logré reunir entre mis conocidos apuntaban todas ellas directamente al Museo de la Policía de la República Checa. Recuerdo que el mismo día que Alfred Arola me informaba que publicaría el manuscrito de LLUEVEN VACAS, subí de un brinco al tranvía número 22 y me apeé cerca de Grébovka. Colgando del borde de un precipicio sobre el valle de Nusle se encuentra el Museo de la Policía de la República Checa.

El comisario del museo Václav Rutar me acogió amablemente y sus talones comenzaron a subir tramos infinitos de escaleras. Los pasillos y las dependencias privadas se sucedían sin fin. Llegamos a su despacho y mandó traer unos paneles polvorientos retirados de la vista al público. Acabé sentado sobre la áspera moqueta violeta del suelo echando fotos a toda aquella información tan valiosa.

LA CAJA PILCIK aullaba en mi cabeza por salir.

Una historia de terror y estragos.


Fotografía © Carlos Be

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