LA TIERRA de José Ramón Fernández

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AHORA

Miguel, junto al último de los olivos de la vega. Ha bebido hasta borrar sus ojos. Entre sus dientes se enredan unas alegrías de Mercé, se ríe de su propia torpeza, una vez que te dije péiname Juana me tiraste los peines por la ventana. Habla con el suelo que hay bajo sus pies.

Ha vuelto María. Por eso vengo a hacerte una visita. Supongo que sigues ahí. O a lo mejor ha servido para alimentar las hojas de esta oliva, o los espárragos que crecen por aquí. Hace tiempo que no hablamos. Desde la noche que te dimos tierra. Quedan muy pocos. La mayoría se fueron ya. Yo he cambiado mucho. Tengo una culpa tan grande que nunca he vuelto a hacer daño a nadie, ni un dñao pequeñito. Nunca sonrío, nunca soy amable, nunca me niego a hacer lo que me piden. Mi cuerpo hace las cosas como si no tuviera nadie dentro. Todo el mundo confía en mí. Todos creen que soy una buena persona, menos los que saben. La gente me tiene por buena persona porque soy capaz de comprender a todo el mundo. No hay nada que me parezca imperdonable. Todos los que viven en este pueblo tienen una cosa en común y son los ojos. Sus ojos son débiles y ya no saben mirar de frente. No miran de frente ni a la gente de su familia, ni a sus padres ni a sus hijos, no son capaces de soportar la certeza y si les pusiera delante de tus huesos y les dijero los nombres de los que rompieron esos huesos dirían que miento y que eso no es posible porque tú no has existido jamás.
Aquí no se respira. La mayor parte de la gente se fue y no ha vuelto. La tierra se ha secado. Igual que nuestra vergüenza.

Voy a atraer el agua. Voy a dejar que la gente sepa lo que pasó. Voy a dejar que la lluvia te moje la cara.

José Ramón Fernández, La tierra

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