Artez - El síndrome de Asperger: Los acontecimientos húngaros (II)

Como decía. Kinga Keszthelyi nos invita a pasar y entramos en el Teatro Nacional de Hungría.


El Teatro Nacional de Hungría se enorgullece de su joven plantilla directiva, apenas con dos años de antigüedad en el cargo. De su declaración de intenciones se extrae que «además de honrar los tesoros del teatro húngaro tradicional, debemos mantenernos siempre en el presente, entendido desde un punto de vista teatral. Sólo así, ante la pregunta “¿Cómo puede hablar hoy en día un teatro de la realidad?”, dispondremos de las herramientas necesarias para responder con audacia y eficacia. El Teatro Nacional debe servir de referencia a otros compañeros como ejemplo de institución cultural en cuyo seno existe un crisol de perspectivas integradoras y receptivas. Su función es la de mostrar cómo podemos vivir y cómo deberíamos vivir, haciendo hincapié en las alternativas que se presentan en este desarticulado, aunque libre “brave new world”.»

Keszthelyi nos hace partícipes de una experiencia que vivió de pequeña y que resalta la importancia que desde siempre tuvo del Teatro Nacional para su país. Más abajo, Péter Deres, dramaturgo del Vígszínház, nos relatará una situación análoga vivida con su teatro, lo cual pone de manifiesto la enorme pasión que los húngaros sienten por la escena. Pero volvamos al vestíbulo del Teatro Nacional con Keszthelyi, que ya ha empezado a contarnos su recuerdo: «A finales de los setenta y según el régimen comunista, los estudiantes debíamos trabajar obligatoriamente durante una semana al año en la recolección o en las cooperativas agrónomas. El dinero que percibíamos lo recaudaba en su mayor parte la escuela de la que procedíamos, pero una pequeña fracción del sueldo se destinaba para comprar un ticket-ladrillo con el que colaborábamos en la futura construcción del Teatro Nacional. Así que finalmente estoy trabajando en el mismo teatro para el cual ya había trabajado aportando unos cuantos ladrillos en la infancia».

El Teatro nacional se esfuerza en reunir a artistas y directores de escena idiosincráticos, que defiendan la apertura intelectual y artística y se impliquen en el avance del teatro. Cito algunos de nuestros directores: Zoltán Bezerédi, Péter Gothár, László Babarczy, Tamás Balikó, Tamás Ascher, Péter Valló, Kornél Mundruczó, Péter Valló, Sándor Zsótér. La Universidad de Cine y Arte Dramático da la oportunidad a sus alumnos de montar sus producciones de final de carrera en el Teatro Nacional. Además de cooperar con los festivales más importantes del país, como el Festival de Primavera y de Otoño de Budapest, el Teatro Nacional contempla a largo plazo traer producciones de países vecinos con cierta regularidad. Por ejemplo desde Rumanía, donde el teatro está avanzando en una dirección única. «Nos gustaría invitar a artistas relevantes de otros países para realizar producciones en nuestro teatro, directores que se encararan con nuestras obras y que las fronteras entre culturas se diluyeran. También hemos reconsiderado la situación de las piezas musicales húngaras catalogadas como clásicas y tenemos previsto llevar a cabo nuevas producciones a pesar de la polémica que, intuimos de antemano, generarán. Uno de nuestros objetivos es la búsqueda de nuevos horizontes en el campo del teatro musical. Hoy en día, la ópera moderna se halla tan viva como el teatro de texto y, en muchos casos, enfila en direcciones mucho más arriesgadas y progresistas. El Teatro Nacional tiene la intención de estrenar óperas y brindar un espacio donde germinen nuevas piezas musicales. Para ello, contamos con un excelente cuerpo de dirección polifónico.»

¿Y sobre los autores? «El Teatro Nacional Húngaro sigue decantándose por las obras maestras de la literatura mundial, pero sin olvidarnos de la elevada fuerza dramática de nuestros autores contemporáneos. Con ocasión del Año de la Biblia, el Teatro Nacional ha encargado a diez escritores nacionales escribir una decena de obras que versen sobre cada uno de los mandamientos. Los autores responsables de materializar esta propuesta son Géza Bereményi, László Darvasi, Péter Esterházy, László Garaczi, János Háy, Attila Lőrinczy, Zsuzsa Rakovszky, András Vinnai, András Visky y Pál Závada. En el campo de la autoría contemporánea internacional», prosigue Keszthelyi, «comentar que priman los montajes de autores alemanes, aunque no nos cerramos a otros textos que puedan establecer resonancias con Hungría». En su afán por los autores desaparecidos, la temporada actual del Teatro Nacional estrena obras de József Katona (Bánk bán), Tennessee Williams (La caída de Orfeo), George Tabori (Mein Kampf), Jean Racine (Atalía), Mijaíl Bulgákov (El maestro y Margarita), Eurípides (Orestes) o Federico García Lorca (Yerma). Ante las fotografías del programa de Yerma que nos muestra Keszthelyi, no puedo evitar pensar que me sé de alguien que celebraría encantado su ciento once cumpleaños en Budapest. No sé por qué últimamente me da por acordarme de Federico García Lorca en cualquier parte del mundo, allá donde voy. Será que el arte, como la bondad, no conoce frontera ni muerte.

Gábor Lénárt me invita por la noche a Las bodas de Fígaro en otro marco incomparable de la capital húngara: el Vígszínház.

El Vígszínház pertenece a uno de los cuarenta y ocho teatros construidos por el despacho de arquitectos Fellner und Hellmer en el área geográfica que delimitan las ciudades de Odessa, Praga, Viena y Budapest. Se inauguró a finales del siglo XIX, promovido por la clase burguesa de la capital. De su mano llegarían hasta Budapest las últimas tendencias occidentales, como la comedia ligera francesa y la sátira social inglesa.

Péter Deres nos pasea por sus instalaciones, otro de los mayores teatros del país. Conocía a Deres de hace tiempo o, mejor dicho, conocía su trabajo, su traducción al húngaro de la obra del estadounidense Carlos Murillo Dark playObra oscura o Juego oscuro– cuyo subtítulo no plantea tantas dudas en la traslación al español –(O historias para chicos)–, estrenada por primera vez en 2007 en el Humana Festival de Louisville, Estados Unidos. Pero Deres no es sólo traductor, también es el dramaturgo de este fastuoso teatro. El escenario principal del Vígszínház, donde acabamos de presenciar el montaje de Beaumarchais, cuenta con mil cien butacas; la sala pequeña, conocida como Pesti Színház, con quinientas cincuenta y el Házi Színpad, algo así como Escenario Casero, ochenta. El Vígszínház alardea y con motivos sobrados de más de dieciséis mil suscriptores y extraño es el día que no llenen. Lénárt me lo confirma. Algunas de sus obras han rebasado la cifra del medio millar de funciones.

La programación del Vígszínház comprende obras tanto nacionales como internacionales: series de William Shakespeare, teatro húngaro contemporáneo, como el de Attila Bartis, o extranjero que capte la intención de la dirección artística, como el anteriormente citado Carlos Murillo o su compatriota Tracy Letts, el rumano Mihály Kornis, etcétera. Como el Teatro Nacional, apuestan por los musicales: Peter Pan, El libro de la jungla, West Side Story. entre otros. La tradición les viene de lejos: fue para el Vígszínház que Ferenc Molnár escribiría en 1909 una de sus obras más conocidas, Liliom, que más tarde se convertiría en el musical internacionalmente conocido como Carrusel. Y no sólo eso, el Vígszínház también abre sus puertas a las adaptaciones teatrales de películas: Festen (Celebración) de Thomas Vinterberg, Le bal (El baile) de Ettore Scola o Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar, reescrita para la escena por Samuel Adamson, que se estrenará a mediados de 2010 con dirección de Zoltán Kamondl.

Deres vuelve la vista hacia 1989, «el hito más importante de los últimos años en la historia del Vígszínház». Al virar el sistema político húngaro hacia la democracia parlamentaria, se inició una transformación tan precipitada que repercutió en todos y cada uno de los estratos de la sociedad. Surgió el miedo a la desintegración de la vida cultural de la ciudad pero, afortunadamente, el paso del tiempo disipó los temores gracias a la tenacidad y la consistencia del público de teatro. A pesar de los cambios, el público nunca abandonaría las instituciones culturales existentes y tampoco los teatros. Tras estos últimos quince años, Hungría ya no es la misma pero su tradición teatral ha sobrevivido. Los teatros se han consolidado como un punto de referencia del público húngaro».

»En 1989 el teatro se encontraba en fase de reformas, la primera desde la Segunda Guerra Mundial, y con la apertura del Telón de Acero las obras quedaron interrumpidas de manera indefinida, lo cual llevó al teatro a cuestionarse si debía interrumpir su rigurosa agenda de funciones diarias debido al deplorable estado del edificio. Gracias a que el centenario del teatro se hallaba tan próximo, el parlamento húngaro decidió subvencionar la restauración del Vígszínház. La temporada 1993-1994 fue conocida como la estación-carpa. Para evitar cualquier interrupción en la programación durante las reformas, la compañía se trasladó a una enorme carpa al lado de la estación de ferrocarriles, muy cerca de aquí. En el interior de la carpa se instalaron un escenario temporal y quinientas butacas. Se llenaba sin problema y la compañía vivió aquella temporada con mucha excitación. Allí estrenamos Das Käthchen von Heilbronn de Heinrich von Kleist, Angels in America de Tony Kushner y Edipo Rey de Sófocles.»


De regreso al hotel, Lénárt me habla de Yvette Bozsik. Yvette Bozsik dirige una compañía de danza contemporánea en Budapest y acostumbra a contar con bailarines fijos, aunque están abiertos a acoger bailarines y otros artistas en su elenco. El año pasado contó con una bailarina americana, Vivien Ingrams, que se graduó en Biarritz, recuerda Bozsik cuando le comento que, aunque resida en Praga, soy de procedencia española.

Su compañía de danza se caracteriza por un estilo ecléctico difícil de definir, lo cual les permite colaborar con multitud de grupos y organismos, como el Teatro József Katona, el Teatro Kolibri o el Teatro Nacional de Danza. En su repertorio abundan las propuestas atractivas, como Soul dance, en la que colaboran bailarines con gente ciega y con discapacidades o Glitterbird, espectáculo para bebés entre cero y tres años. A veces las coreografías de Bozsik se han inspirado en obras como Las criadas de Jean Genet, Sin salida de Jean Paul Sartre, El castillo de Franz Kafka o Animal farm (malconocida como Rebelión en la granja) de George Orwell. Otras fuentes de creatividad son la música y las bellas artes. Bozsik se siente especialmente atraída por el dadaísmo y los compositores como Franz Schubert o Ígor Stravinski. Otras veces busca en su interior: cuenta en su haber con una performance autobiográfica conocida como Muchacha, en jardín basada en sus memorias de niña.

Bozsik no tiene pelos en la lengua cuando explica que reciben apoyo del Ministerio de Cultura Húngaro pero es algo que deben ganarse a pulso año tras año, lo cual les impide concebir proyectos a largo plazo. «Quizás me vieras actuar en el Festival de Sitges», dice de repente. Niego con la cabeza. Me acordaría.

Una de las experiencias más apasionantes para Bozsik fue trabajar codo a codo con Derevo, la genial compañía de danza rusa establecida en Alemania. Realizaron una actuación al aire libre en Budapest con motivo de la entrada de Hungría en la Unión Europea y en la conversación se entrevera de pronto París y un recuerdo que la coreógrafa guarda como oro en paño. En el Théâtre de la Ville, Pina Bausch y su compañía acudieron a verles y después de la función Pina Bausch entró en el camerino y la felicitó y les invitó a todos a asistir a uno de sus ensayos.

Como decía. Será que el arte, como la bondad, no conoce frontera ni muerte.

Carlos Be, Artez 153/2010

Fotografías: Teatro Nacional de Hungría © Teatro Nacional de Hungría | Compañía de danza Yvette Bozsik © Zsolt Hamarits

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