Enzo Cormann y el arte del dramaturgo



En el momento en que la casi totalidad de la población mundial ha sido transformada en público del permanente show televisivo de los señores de la guerra, el dramaturgo, impulsor de pensamiento, aparece como marginal y se encuentra frente a la alternativa de o sufrir por el impacto minoritario de su escritura, o comprometerse resueltamente, apasionadamente debería decirse, en el camino del devenir minoritario proclamado y estudiado por los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari. “La gente piensa siempre en un porvenir mayoritario (cuando sea importante, cuando tenga poder...) -escribe sobre todo Deleuze-. Cuando el problema es el de un devenir minoritario: no fingir, no hacer como, no imitar al niño, al loco, a la mujer, al animal, al tartamudo o al extranjero, sino llegar a ser todo eso par inventar nuevas fuerzas, nuevas armas.” (Podría añadirse legítimamente a la lista de esas minorías mayoritarias a los soldados, a las víctimas civiles, a los refugiados, a los politraumatizados, etc...) La escritura y, a fortiori, la escritura dramática, pensada aquí como una práctica de inventar nuevas armas, basaría su eficacia, su impacto, su “fuerza”, en una vocación minoritaria. Tal perspectiva podría parecer paradójica si calcamos nuestro pensamiento del de los señores de la guerra: “teatro, ¿cuántas divisiones?”. El devenir minoritario del dramaturgo se sustenta en su capacidad de empatía espontánea con respecto a los puntos de vista, a las subjetividades cuya confrontación organiza en la situación dramática, el devenir minoritario de la escritura permite que en el espacio político de la asamblea teatral emerjan voces normalmente desprovistas no sólo de escritura sino de audiencia pública. Da escritura y escenario a singularidades o, más exactamente, a subjetividades no conformes con el discurso dominante de los señores de la guerra. “¡Quiero ver una sola cabeza!” grita incansable el señor de la guerra, y su proyecto de que “todos desfilen como un solo hombre” no es sólo una metáfora... El “sólo una cabeza”, el “como un solo hombre” del señor de la guerra: eso es lo que intenta desenmascarar el dramaturgo, cuyo arte consiste precisamente en revelar, en volver a decir, en manifestar, en examinar... las multiplicidades, las singularidades, las diferencias, grandes o pequeñas; por decirlo brevemente, el individuo en la ciudad, la persona en el pueblo, lo singular en la multitud.

Enzo Cormann, El dramaturgo y los señores de la guerra

¡Muchas gracias a Fernando Gómez Grande!

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