Diario de Origami: Entramos en El Jardín de las Delicias

Praga, 17 de marzo de 2010

La distancia es al amor –y a la amistad, añadía mi abuelo– lo que el viento al fuego: apaga el pequeño pero aviva el grande.

Cruzar el Castillo de Praga cada día para ir a trabajar es como despertar y darte cuenta de que continúas en el sueño. Ningún edificio es tan real y a la vez tan irreal como el Castillo. Los primeros grupos de turistas japoneses avanzan por sus callejuelas con los sentidos abotargados por la temprana y resollante escalinata de acceso desde Malá Strana. A estas horas de la mañana aún son pocos los que se rezagan para fotografiar a discreción con ese apremio en sus nerviosos tobillos que les impide separarse demasiado de la formación.

Al salir por la puerta este del Castillo, flanqueada por dos enormes espaldas embutidas en sus uniformes celestes, el sol estalla en el rostro como una lengua de luz que todo lo empapa y abajo se extiende la ciudad y cualquiera que haya estado en Praga sabe que se trata de una vista que no se olvida, con el sol que inflama los tejados y el recio río Vltava impertérrito en su curso. El primer privilegio de muchas mañanas. Sigue leyendo en Artezblai

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