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Origami, la obra de teatro sobre la maldad que anida en todos nosotros

Helena Dvořáková y Pavel Batěk en Origami © Veronika Patková

Esta crítica de Milada Jašová apareció publicada el pasado lunes 19 de julio de 2010 en su blog albergado en Respekt. Su visión de Origami me parece, como enseguida comprenderéis, encomiable, y se la agradezco de todo corazón.

Děkuju Vám, milá Milado!

Origami, la obra de teatro sobre la maldad que anida en todos nosotros

Letní scéna de Divadlo Ungelt presenta la obra Origami del autor español Carlos Be.

Carlos Be también ha dirigido la obra en Praga.

Origami es la historia de una alma enferma, cuyo dolor supera el dolor del propio cuerpo.

Es un dolor crónico que paraliza gradualmente el cuerpo y la persona. La persona se ve secuestrada por el propio dolor de su alma. Es una maldad interna que comienza a manifestarse en el exterior y sólo encuentra alivio al provocar dolor en otros.

Esta persona siente la necesidad de librarse de su dolor, de compartirlo, por ello hace daño a quienes le rodean sin saber que, de esta manera, alguien con su enfermedad jamás puede curarse.

Dora: “Que una bala no duele por la herida que abre, sino porque alguien ha sido capaz de dispararte.”

Poco a poco, los cuatro personajes escena conforman una obra que indaga en los límites de la desgracia humana.

Klaudie, la madre: Vilma Cibulková; Aldo, su hijo: Pavel Batěk; Dora, la sirvienta: Helena Dvořáková, Lenzo; el médico: Vojtěch Kotek.

A primera vista Aldo parece un manipulador cruel y arribista que mantiene a su madre deliberadamente alejada de la gente y de la vida de “allá fuera”. Aldo escribe un libro y su madre lo reproduce. Al principio de la obra la escuálida madre de Aldo se presenta como una simple víctima de su hijo, quien controla su vida. Tras la irrupción en la casa de Dora, la sirvienta, y su novio Lenzo, el médico, los papeles de la madre y el hijo cambian. La madre, una mujer infeliz incapaz de vivir sola, ha alterado tanto la naturaleza de la autocompasión que ha encarcelado a su hijo en su mundo y no le permite abandonarla, creando de él un monstruo humano. Ella es su madre y, a continuación, su mujer. Dora, la joven sirvienta, llega con la intención de salvarles del perverso estado en el que se encuentran pero lentamente acaba por convertirse en su víctima, psíquicamente paralizada en una silla de ruedas. El director, junto con los actores, quienes interpretan sus papeles a la perfección, ofrecen, bajo una apariencia en ocasiones tan absurda como la vida misma, una obra brillante llena de emoción, intrigas y recodos ocultos del alma. La señora Vilma Cibulková actúa su personaje con tanta veracidad que cambia su estado físico y anímico sin ningún tipo de artificio externo, sólo con su interpretación. Da miedo.

La obra plantea varias preguntas: ¿es culpable el que manipula o también el que deja manipularse? Aquel que tenga un carácter retorcido o suficientemente persuasivo con sus depravaciones puede transmitir su enfermedad a cualquier hombre puro. ¿O se encuentra el germen del mal en cada uno de nosotros y simplemente hay que aceptar que no cabe otra posibilidad? El mal también puede originarse por una desgracia interior. Desgraciados nos sentimos cuando perdemos a alguien querido o algo valioso pero también podemos sentirnos infelices por culpa de la vacuidad o la incapacidad de alcanzar propósitos o cambiar aspectos de nosotros mismos que no nos gustan. Puede ser suficiente pasar demasiado tiempo incómodos en una situación determinada y simplemente no hacer nada por cambiarla. El alma comienza a llenarse de autocompasión, que llega irremediablemente de la mano de las acusaciones al entorno, un entorno que presumirá, ante nuestros ojos, de hallarse siempre en mucho mejor estado que nosotros. Después únicamente se necesita un minúsculo pretexto dirigido hacia un objetivo válido con el fin de satisfacer el ansia de venganza.

Este tren ya va demasiado rápido como para saltar. Atravesamos el mundo de la manipulación, del mal, del daño al prójimo.

Una persona así no puede amarse a sí mismo. Exige demasiado de sí mismo como para sentirse nunca realizado. Su siempre insatisfecha necesidad de perfección retuerce su carácter y empieza a actuar de manera paranoica. Siente un apetito irrefrenable de reafirmarse como ser único y, debido a su incapacidad por creer en sí mismo, necesita humillar a quienes tiene alrededor. Así mismo, tampoco puede demostrar amabilidad ni naturalidad ante los demás porque ello implicaría manifestar su debilidad humana.

Ten la seguridad de que cuando te topes con una persona así de enferma y sientas que te ha hecho daño o te ha humillado no tiene nada que ver contigo, sólo él o ella conoce sus propias razones. Sencillamente esa persona os ha dejado un trozo del dolor que le devora y no es capaz de sobrellevar.

Y vosotros, gracias a esas palabras llenas de manipulación que habéis acusado, le habéis ayudado a hacerle su carga más llevadera.

Milada Jašová, Origami - divadelní hra o zlu v nás
blog.respekt.cz, 19 de julio de 2010
(Traducción de Carlos Be)

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