El príncipe de piedra que cruzó Europa

© Teatro Dramático de Belgrado

Ana Jelic es la secretaria artística del Beogradsko Dramsko Pozoriste, el Teatro Dramático de Belgrado, fundado en 1947 sobre las ascuas aún dolientes de la II Guerra Mundial.

El Teatro Dramático de Belgrado”, relata Jelic, “alcanzará su época dorada a una muy temprana edad, concretamente a mediados de los años cincuenta y perduraría hasta finales de la década de los sesenta gracias a sus talentudas puestas en escena. En aquellos tiempos pudieron verse obras de autores contemporáneos tanto estadounidenses, como La muerte de un viajante y Panorama desde el puente de Arthur Miller o El zoo de cristal y La gata sobre el tejado de zinc caliente de Tennessee Williams, como europeos, como Madre Coraje y sus hijos de Bertolt Brecht. El público de aquel entonces sigue hoy en día recordando esos montajes y se siente afortunado de haberlos presenciado.”

En la actualidad el Teatro Dramático de Belgrado se mantiene al día en materia de dramaturgia contemporánea. Su repertorio vigente cuenta con Harold y Maude de Colin Higgins, Falsificador de Goran Markovic, Tócala de nuevo, Sam de Woody Allen o Pequeña trilogía sobre la muerte de Elfriede Jelinek, este en particular un montaje de luces y sombras muy bien templado por su director, Nebojsa Bradic, quien confiesa sentirse fascinado por el complejo mundo interior de esta escritora prematuramente diagnosticada de Asperger y haber recurrido, a la hora de afrontar la labor de dirección, al mismo valor y arrogancia que Jelinek manifiesta en sus textos en su personal enfrentamiento contra el mundo y el tiempo en que vivimos. Estas obras y muchas más se alternan en la sala grande del teatro mientras que en la pequeña se representan otras tantas, a destacar Leche de Vasilis Kacikonuris, obra sobre la migración de una familia de Georgia a Grecia y estrenada por primera vez en el Teatro Nacional de Atenas en 2005 donde se mantuvo durante dos temporadas, y como nota bene, Móvil del dramaturgo catalán Sergi Belbel, con traducción de Mima Aleksandric.

Ana Vehauc me espera a las puertas del teatro con su coche y hoy tiene el día de correr. Dos besos a la española y el pie en el acelerador. “El Jugoslovensko Dramsko Pozoriste, el Teatro Dramático Yugoslavo, que es donde vamos ahora”, cuenta Vehauc al tiempo que da un volantazo y me estampo contra la ventanilla, “es uno de los teatros más influyentes en la escena actual, a pesar de circunscribirse en un país que ya no existe”, y se encoge de hombros y sonríe: “Será precisamente por ello que es tan influyente, digo yo”.

El Teatro Dramático Yugoslavo se inauguró en 1948 con la obra del esloveno Ivan Cankar (Vrhnika, 1876 - Liubliana, 1918) titulada El Rey de Betainov. Cankar nunca terminó sus estudios de eslavística y se dedicó por igual a la literatura y la política, consagrándose como gran defensor de la unión yugoslava, lo cual le supondría la cárcel por su recia oposición al Imperio Austrohúngaro. Volviendo al Teatro Dramático Yugoslavo, este nacería en la República Federal Socialista de Yugoslavia con el propósito de convertirse en el homólogo del Teatro del Arte de Moscú. Su repertorio inicial apostó por los grandes clásicos nacionales e internacionales y a partir de la década de los cincuenta incorporaría gradualmente dramaturgia contemporánea. En el folleto que puedo ojear en su vestíbulo la tendencia de tratar temas de actualidad sigue en pie como se atestigua por los incipientes estrenos de la temporada 2010-2011: La silla de Elijah de Igor Stiks (Sarajevo, 1977), autor que por la guerra de Bosnia emigraría a Zagreb, donde estudiaría Literatura comparada y filosofía, o Nacidos en Yugoslavia, proyecto coordinado por el director Dino Mustafic que reúne a dramaturgos y actores serbios con el fin de crear una obra que comprenda los diferentes puntos de vista que sobre el presente tienen las diferentes generaciones vivas del país.

¡Este es de los tuyos!”, frena en seco Vehauc. Ha detenido el coche frente a un cartel con las típicas leyendas en un cirílico incomprensible. Vehauc lee en voz alta y aquello suena a “Priča o Ronaldu, klovnu iz MekDonaldsa. Rodrigo García”. “¡Atiza!”, exclamo, “¿y en qué teatro lo echan?”

La historia de Ronald, el payaso de McDonald's, con traducción y dirección de Damir Todorovic, se representa en el Pequeño Teatro Dusko Radovic, un teatro encantador. Dusko Radovic (Nis, 1922 - Belgrado, 1984) es uno de los autores teatrales más importantes en Serbia y escribía teatro infantil y para adultos, “algo parecido a Karel Čapek para los checos”, comenta Vehauc, “o para los españoles...”. “... Federico García Lorca”, completo y caigo en la cuenta de que hoy es 18 de agosto y los gitanos ya enfilan hacia el barranco de Víznar en aquella tierra que es media sangre mía y ante la expresión sorprendida de Vehauc abro la ventanilla del techo y lanzo un “¡Olé!” al cielo tal como hiciera Salvador Dalí al conocer la muerte del poeta: “Cada vez que, desde el fondo de mi soledad, consigo hacer emerger de mi cerebro una idea genial o dar una pincelada arcangélicalmente milagrosa, oigo la voz ronca y suavemente sofocada de Lorca gritándome: '¡Olé!'”, escribió Dalí en tributo al amigo a quien nunca le perdonó su amor. Vehauc y yo acabamos de pie en el coche lanzando olés al cielo belgradense, dos manos prendidas como sólo se prenden los niños y las otras dos arriba, lo más lejos posible, arriba, y entre tanto olé y suspiro anochece de repente y una lágrima de San Lorenzo nos parte el cielo y el corazón.

El Pequeño Teatro Dusko Radovic propone obras para todos los públicos con el ánimo de “abarcar todos los ámbitos de la sociedad y de la educación, y la mayoría de los tópicos urbanos como son los derechos de los niños, el respeto multiétnico, multiconfesional y multicultural, y el derecho a la diferencia, así como la aceptación de las diferencias lingüísticas entre la juventud de Belgrado”, cuenta Anja Susa, su directora general y artística.

Aparte de Rodrigo García, de su repertorio nocturno rescato Tan sólo el fin del mundo de Jean-Luc Lagarce, el dramance (drama-performance) Caída desde el meteorito número nueve ideado por Bojan Milosavljevic, Ricardo en el tobogán, una versión con muy buena pinta de Ricardo III de William Shakespeare, y El príncipe de piedra, en el cual me gustaría, con vuestro permiso, detenerme un instante:

Estoy probando el sol/ manchas negras crean sombras/ pero estoy probando...
Escuchadme.
Coloco el pie en un montículo de arena/ y siento algo caliente/ poco habitual...
Escuchadme.
¡Cuánto los odio, a la gente!/ Ayudadme.
Escuchadme.
Érase una vez una piedra,/ érase una vez un chico,/ érase una vez un niño,/ un chico/ que nunca encontró un yo...”

El príncipe de piedra de Henning Mankell © Pequeño Teatro Dusko Radovic
La obra El príncipe de piedra de Henning Mankell está basada en la novela Galefyrsten de Elgard Jonsson y narra la vida de un niño, el más joven de cuatro hermanos. Al separarse sus padres, la madre se lleva a los tres hijos mayores y el pequeño permanecerá con su padre en una cabaña de leñadores perdida en lo más recóndito de los bosques de Serbia. A los dieciséis años el joven sufre un colapso nervioso y es ingresado en una institución mental. La historia está basada en la vida de su propio autor, Jonsson, quien pasó siete años de su juventud ingresado en un hospital psiquiátrico de Suecia sin pronóstico de recuperación hasta la llegada al centro de Barbro Sandin, terapeuta en prácticas que quedó impactada al ver a Jonsonn por primera vez. Con el tiempo, la mujer consiguió un puesto de trabajo en el departamento donde permanecía Jonsson y comenzó a atenderle de la forma más humana posible. Le tendía la mano, lo llevaba a pasear por el parque, le escuchaba e incluso le permitía enfadarse con ella para, al cabo, reconciliarse. Durante doce años estuvo Sandin acompañando a Jonsson, aportándole la sensación de seguridad que entendía que requería para superar su aislamiento y regresar al mundo exterior. Jonsson reconoce que la aparición de Sandin supuso un punto de inflexión en su curación y actualmente trabaja como psicólogo. En 1986 publicó el libro Galefyrsten, El príncipe de piedra, obra conocida como el Alguien voló sobre el nido del cuco escandinavo. Su versión teatral se estrenó originariamente en el Theater La Balance de Copenhague por Marc van der Velden, el mismo director que ha repuesto la obra bajo coproducción danesa-serbia. En el Pequeño Teatro Dusko Radovic los actores encargados de dar vida a esta apasionante historia son Goran Jeftic e Ivan Tomic.

Profetas nacionales de Bradislav Nusic © Teatro Nacional de Bania Luka

Al día siguiente vamos al Teatro Nacional, pero no al de Serbia que nos quedaría más cerca sino al de Bania Luka. Ana conduce a velocidad de vértigo y en menos de dos horas recorremos los 250 kilómetros que nos separan de la capital de la República Srpska. Si pasamos de largo, por poco nos zambullimos en el Adriático. Bania Luka es la segunda ciudad, después de Sarajevo, de la República Federal de Bosnia y Herzegovina y cuenta con un gobierno, una asamblea y un teatro nacionales propios. Bania Luka no se considera oficialmente parte de Serbia aunque sí constituye una de las dos entidades políticas de este país bicéfalo. Un galimatías, vamos.

El Teatro Nacional de Bania Luka divide su repertorio en dos programas: el de “importancia nacional”, relativo al teatro del país y clásico del mundo, y el de “nuevas formas de expresión teatral”. Así pues, en su cartelera cohabitan Antón Chéjov, Henrik Ibsen, Molière y Harold Pinter con otras piezas menos conocidas pero muy queridas por el público como Un globo de piedra. Mis recuerdos de Radmila Smiljanic, dirigida por Philip Grunwald, con la cual el teatro recibiría cinco premios en el Festival de Teatro Zenica 2010 de Bosnia. El Teatro Nacional también organiza anualmente el festival Teatarfest Petar Kocic y entre sus proyectos contemplan crear la primera red teatral de la República Srpska.

Y tras esta última parada, sugerido y hecho: con Vehauc a zambullirnos al Adriático antes de regresar al norte.

Carlos Be, Artez 161/2010

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