Los invertidos de José González Castillo

© Herbert Tobias

Buenos Aires, 1914:

"[...] José González Castillo [es] el primer precedente conocido de un teatrista censurado por mostrar escénicamente que la homosexualidad y el travestismo existían en la sociedad argentina (y en particular dentro de su aristocracia). El caso de la prohibición que sufrieron las representaciones de su obra teatral Los invertidos, estrenada el 12 de septiembre de 1914, da cuenta de ello. La Municipalidad de Buenos Aires reaccionó ante lo que leyó como una clara apología de la perversión. Esta reacción consistió en retirar de cartel la obra y estableció un claro límite para representaciones futuras de ése u otros textos que abordaran temas semejantes. En su apelación ante el Concejo Deliberante, González Castillo argumentó que la obra era moralizadora y que pereseguía el mejoramiento social, al tiempo que no atentaba contra las buenas costumbres ni contra la moral media de la sociedad; defendió también su pedagodía social que sí fue vista por la prensa metropolitana,  pero no por la intendencia. Asimismo, le recordó al intendente que no estaba facultado para prohibir la representación de una obra así como tampoco autorizado para erigirse en juez y árbitro de las cuestiones artísticas. Pero todo esto no fue suficiente para cancelar la prohibición. Ni siquiera el final trágico del personaje central, Florez, los convenció de revocarla. Poco importó que el autor hablara al público luego de la función de estreno para hacer más obvio lo que ya era evidente en su texto, a saber, su convicción de que se debía despreciar al invertido así como el mismo invertido debía despreciarse a sí mismo, hasta llegar al suicidios." (Ezequiel Lozano, Visibilidad queer en el teatro de Buenos Aires (1910-2010))


La escena final de Los invertidos de José González Castillo:


Florez.- Has envilecido mi vida... mi propia consideración.
Pérez.- No, no he sido yo. Han sido tus padres, tus abuelos, tu raza... como tú mismo lo sostienes... Ha sido la Escuela donde te educaron, la casa donde te criaron, los parientes que te mimaron... Yo... yo no he sido más que un instrumento de tu depravación, que a no haberlo sido, no te habría faltado nunca... Porque tu vicio es un mal genésico... Independízate de mí y no conseguirás más que difundir tu deshonor... y envilecerte más...
Florez.- Vete. No quiero oírte más. Soy menos que una mujer.
Pérez.- Sí... y así te he conocido y así te conozco... Como a una mujer. (Apaga la luz del centro.) Florez.- ¿Qué hacés?
Pérez.- Volverte a la realidad de tu propia miseria, de nuestra propia miseria, que está en la sombra... Hacerte olvidar de ti mismo, de esa hombría que quieres aparentar y que no es más que el producto de la luz... Quiero impedir que te veas... que nos veamos...
Florez.- No... vete...vete...
Pérez.- No, he dicho; no me voy... Quiero verte dócil, como lo has sido siempre, sumiso, femenino, que es tu verdadero estado... así... que te olvides de que eres hombre y de que sea tu propia infamia, tu dicha en la sombra como es tu verdugo a la luz (Lo acaricia.) Así... así... como lo eras cuando niño... y como lo serás toda tu vida ya, irredenta, inconvertible. (Se inclina sobre él hasta rozar su cuello con los labios. Junto a la puerta, en la semioscuridad, ha aparecido la figura de Clara. Ansiosamente parece inclinarse a oír. A medida que el diálogo parece ir culminando, ella con el brazo extendido abre suavemente el cajón del escritorio y saca el revólver.) No eres tú... Vuelve a ser el de siempre... (Se oye unbeso largo y lento. Clara, con ademán rápido, ilumina la habitación. Los dos, con asombro, quieren incorporarse.)
Florez.- ¡Clara!
Clara.- ¡Miserables!... ¡Asquerosos!... (Con ademán rápido, irreflexiva, hace fuego sobre ambos. Pérez, herido, retrocede unos pasos. Lanza un quejido apagado y cae.)
Florez.- ¡Clara!... ¿Qué has hecho, mujer?
Clara.- (Con gesto breve y enérgico, como una orden.) ¡Calla!... ¡Has sido tú!... ¡Has sido tú!... Toma... (Le da el arma.) Ahora te queda lo que tú llamas la última evolución... ¡Tu buena evolución! (Florez recibe el revólver instintivamente, casi inconscientemente como si hubiera perdido en ese instante de regreso a la realidad la noción de lo que pasa. Se oye de adentro la voz de Julián que llama: ¡Mamá! ¡Mamá!. Al oírla, Clara insiste con imperio.) ¡Tus hijos!... ¡Pronto! ¡Pronto! (Florez parece reaccionar. Hace un gesto de resolución súbita y sale precipitadamente por foro. Clara cae desvanecida, desfalleciendo en una silla.)
Julián.- (Entra azorado.) ¿Mamá! ¿Qué hay? ¿Qué pasa?
(Clara se incorpora y corre a abrazar a su hijo como para impedirle que avance. Se oye un tiro afuera por la parte de foro.)
Julián.- ¡Mamá!
Clara.- (Rompiendo en sollozos sobre el hombro de su hijo.) ¡Tu padre, hijo mío!... ¡Tu padre!

En la actualidad: no hay que olvidar.

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