Una tarde con el señor Mrozek

Slawomir Mrozek y Susana Osorio
Slawomir Mrozek y Susana Osorio
No hay mejor manera para combatir el invierno checo que una escapada a tierras más templadas, así que decido acercarme, oportunamente y por un fin de semana, a Niza. El mismo sol que anunciaba un día despejado en Praga me recibe radiante a la salida del aeropuerto en Niza. Cojo un taxi y a mano derecha se abre, a través de la ventanilla fría y a lo largo de todo el Paseo de los Ingleses, el mar Mediterráneo. La vista de Mont Boron enfrente desaparece y nos adentramos en el casco antiguo de la joya de la Costa Azul. Le doy el alto al taxista y me mira a través del retrovisor sin comprender. Me llevo la mano a la cabeza, hay que perder esa costumbre de hablar en checo con los taxistas. El taxi se aleja y, de pie frente al portal, compruebo la hora en el móvil. Puntual como un reloj.

Preciso como un deseo. Dejadme que os ponga en antecedentes. Dos años atrás, perseguía un sueño imposible por las calles de Cracovia. Quería pasar, siquiera media hora, con el señor Mrozek. Jozef Wgrzdagiel, mi compañero de aventuras polacas, me hizo desistir del alocado propósito con buenas artes. “No te preocupes, tú lanza el deseo”, recuerdo que dijo enigmáticamente, tal como lo dice todo siempre por otra parte, parece que no sepa hablar de otra forma. Pero tenía razón. Hoy, el sueño se ha cumplido.

El señor Mrozek nació en 1930 en Borzecin, al sur de Polonia, y su proyecto de futuro es “vivir todavía seis años y a ser posible unos cuantos más”, es lo primero que responde mientras me da paso a su mundo. La señora Mrozek, Susana Osorio, nos guarda como un ángel.

Señor Mrozek, ¿le puedo preguntar qué está leyendo actualmente? “Milan Kundera y el International Herald Tribune”, dice. A su vera se encuentran también Paul Valéry, Joseph Brodsky, William Somerset Maugham, V.S. Naipaul, John le Carré y un ejemplar de Arco de Triunfo de Erich Maria Remarque.

Según el instituto cultural gubernamental polaco Adam Mickiewicz, el señor Mrozek es, “probablemente, el dramaturgo polaco contemporáneo más representado en Polonia y en el extranjero”. Ha recibido infinidad de galardones y reconocimientos. Algunos de ellos: Premio Estatal Austríaco de Literatura Europea (1972), el Premio de la Asociación de Escritores Polacos en el Exilio (1984) y el Premio Kafka de Klosterneuburg (1987), los títulos de Doctor Honoris Causa por la Universidad Jagellónica de Cracovia (2000) y Caballero de la Legión de Honor de Francia (2003). También los ha rehusado, como el de la Fundación Literaria de Polonia (1987). En 1963 abandonó su país. Quince años después declararía que “la emigración no es sólo una condición existencial, también puede ser una disposición humana. Uno puede ser condenado a la emigración, pero también puede valorarla y, de forma más o menos subconsciente, pretenderla como uno de los tipos de antivida”. No regresaría a Polonia –si omitimos un par de visitas esporádicas–, hasta 1996, y tampoco sería para quedarse. Así pues, se impuso su espíritu nómada. El año pasado se presentó en Varsovia el primero de los tres volúmenes de Dietarios, sus memorias.

¿Qué quitaría de los últimos cien años de historia? “Yo sólo tengo 81 años. Sólo puedo comentar el mundo a partir de mi nacimiento. Tenía 9 años cuando la II Guerra Mundial comenzó en mi territorio y 15 cuando terminó. Por favor, saque usted mismo la cuenta.”

Slawomir Mrozek
Slawomir Mrozek
¿Qué perdura aún de los regímenes totalitarios del ultimo siglo en Europa? “Una gradual, o no tan gradual, decadencia.”

¿Cree que el arte puede cambiar el mundo? “Eso depende de a qué llames 'el mundo'. En el sentido más amplio, no. Pero en un sentido particular, sí. Cuanto más pequeña sea la porción del 'mundo' que tomes, mejor podrás cambiar sus partes.”

La señora Mrozek dispone sobre tres fotografías sobre la mesa. Hay una de la pareja que es un primor.

¿De donde procede su vocación por el arte? “En mi caso, por la literatura. La vocación por la literatura se da cuando se adquiere la firme conciencia de que la literatura será la principal ocupación de tu vida. Esta certeza puede ser más o menos gradual. A mí, adquirirla me tomó cerca de cinco años. Empecé a los 20 años como aspirante a periodista, haciendo de todo en el periódico local de Cracovia. Publiqué mi primer libro serio a los 25; se tradujo a muchas lenguas. Mi primer estreno fue a los 28, al mismo tiempo en Polonia y en Alemania, donde llegó a representarse en dieciséis teatros.”

En una trayectoria tan nutrida como la suya, ¿cuál ha sido la mejor sorpresa que ha recibido del montaje de una obra suya? “Siempre recordaré un teatro en Hungría, en un pueblo cerca de Budapest, donde vi que la muchacha no fue seducida por el distinguido y joven protagonista sino violada por el brutal sirviente. ¡Eso era! La realidad confirmaba el texto. La pieza era Tango. Habían pasado más de treinta años desde que la escribiera y no podía sospechar que en el texto cupiera nada nuevo”. ¿Y la peor? “La peor fue una ocasión en Varsovia, en la representación de Amor en Crimea. El director decidió que Lenin pronunciara un larguísimo monólogo. Inútil decir que, en mi obra, Lenin guarda un silencio absoluto.”

Como escritor, ¿qué aporta la escritura a la vida? “Como me hice escritor profesional muy pronto, he tenido ocasión de comprobarlo. En primer lugar, la suerte quiso que, aparte de los cinco años que estuve empleado en el periódico local, siempre fui y sigo siendo, a los 81 años, freelance. Dicho de otro modo, mi vida simplemente puede compararse a la composición de la tragedia y la comedia. Se comienza por vivir y luego la escritura entra en escena. Tanto es así que, como en la vida yo no he sufrido demasiado, el resto ha sido sólo escribir. Entregado a la imaginación, muchísima imaginación, por supuesto.”

¿Qué le pediría al teatro de hoy que no tiene? “Debido a mi edad, cerré mi teatro hace unos años. Ya no espero nada de él.”

¿Acaso se alcanza a escribir todo lo que un escritor quiere escribir? “No, hay temas que acogen la obra futura y otros que la rechazan. Todo depende del dramaturgo.”

El señor Mrozek no sólo ha cultivado el género teatral. En su corpus encontramos también magníficos y muy relevantes relatos. ¿Qué diferencia existe entre la hoja en blanco antes de empezar a escribir teatro y la hoja en blanco antes de escribir relato? “Siempre puedes escribir la primera palabra de una pieza, pero debes tener en mente las consecuencias de ella. Es decir, escribir más o menos en una dirección determinada. En cambio, siempre puedes escribir la primera palabra de un relato sin preocuparte por su continuación. Eso se lo dejas a tu fantasía que es ilimitada.”

“Un escritor”, añade, “nunca debe olvidar que hay que escribir a cualquier precio. Escribir es la preferencia básica del escritor.”

¿Qué tres consejos le daría a un autor de teatro? “Trata de escribir una pieza en un día, lo cual por supuesto no es posible; se necesitan dos meses en promedio. Si comenzaste una obra, trata de terminarla; de lo contrario, te meterás en un lío. Envía el texto a tu agente lo antes posible.”

El tiempo ha pasado volando y el deseo se ha cumplido opíparamente: lo que ahora parecen escasos minutos no han sido sólo treinta, sino muchos más en su compañía, y no sólo se ha trascendido el plano del tiempo. Pero es hora de concluir. Una última pregunta: ¿le ha proporcionado el teatro todo lo que usted le pedía? “Claro que no, pero me guardo ese secreto.”

Los panteones literarios existen en el interior de algunas personas, de algunas pocas personas. En eso pienso antes de encaminarme al hotel donde pernoctaré en Niza, mientras las olas se deshacen en mis tobillos y el sol crepuscular sume al mar en un pozo oscuro. En la sensación de contar con algo sagrado tan cerca, al alcance de la mano, al alcance de nuestro mundo, aunque sea este apenas una pequeña porción de mundo.

¿Quieres compartirlo?

2 Comentarios