Hay autores de teatro...


Hay autores de teatro que escriben tras una ventana, viendo llover afuera...

Hay autores de teatro que escriben sobre los otros sin conocerse a sí mismos...

Hay autores de teatro que llenan folios como quien hace la lista de la compra...

Hay autores de teatro que escriben historias porque las oyen en el autobús...

Hay autores de teatro que son fieles a las recetas del pasado...

Hay autores de teatro que esperan la inspiración leyendo libros de aventuras...

Hay autores de teatro que están convencidos de que su obra es genial y transgresora...

Hay autores de teatro que escriben pensando que han reinventado la escena...

Hay autores de teatro que piensan en los premios y no en el público...

Hay autores de teatro que desearían escribir cine y escriben televisión...

Hay autores de teatro que esperan que el director de moda descubra su obra...

Hay autores de teatro que no saben qué le pasa en el pulso a un actor...

Hay autores de teatro que sueñan con un decorado bello en el estreno de su obra...

Hay autores de teatro que escriben su obra en las fiestas de los estrenos...

Hay autores de teatro que no se por qué escriben teatro...

Pero son autores modelo.

Carlos Be escribe con el brazo en cabestrillo y el fémur en carne viva...

Escribe asfixiado por ideas y fantasmas...

Escribe en la oscuridad de rincones abyectos, con los dedos manchados de semen...

Escribe en las paredes sudadas o en la nuca de desconocidos...

Cuando una nebulosa se instala en su cerebro, retumba hasta que se convierte en imágenes y diálogos... El tiempo se queda estancado en una acotación imposible y su aliento se amarga y reseca...

No es fácil que un autor diga sí a un encargo hoy en día y menos que lo haga propio; esa reacción sólo la tiene gente honesta, generosa y con la claridad de que su tinta de sangre es sólo el principio de un viaje tortuoso que otros han de completar: los actores, el equipo artístico-técnico, el director, el público; esta lección solo la sabe la gente de teatro y no los funcionarios de la creación.

Cuando uno pide con libertad y confianza, está pidiendo un trozo de infierno y no sabe exactamente qué puertas se abrirán...Y menos que las cerraduras oxidadas las selló uno mismo en algún recodo del pasado... Es, no obstante, un vértigo fascinante.

Cuando le pedí a Carlos Be que escribiese El niño herido que más tarde sería bautizado en las cloacas de la escena como Steak tartare, no sabía que le estaba pidiendo unos folios de mi infame diario vital, tampoco sabía que descubriría, en sus líneas escritas, todos los espejos que rompí de niño.

Meses de espera a que el correo electrónico vomitase nuevas situaciones que me hicieran seguir soñando el laberinto donde no encontraría más salida que la de saber que alguien en la distancia estaba dictándome el tema más esencial en mi carrera como director, ese que uno va buscando sin saber que se lo encontrará de golpe, a la vuelta de una esquina, en un pueblo abandonado y al que volverá de nuevo, como lo hace el asesino cuando regresa al lugar del crimen.

Los malos tratos infantiles parece que están ahora de moda y, realmente, lo que creo es que han sido silenciados siempre. Todo abuso en la infancia se convierte en un tatuaje que por más que lo arañemos con ácido no desaparecerá nunca, nos acompañará en cada sonrisa o lágrima que agriete nuestro rostro a lo largo de la vida.

Carlos trata este tema dejando suspendidos a los personajes y sus réplicas al borde del precipicio, no los redime ni les acusa, les deja desnudos de ropa y piel, los empuja frente a nuestra mirada para que seamos nosotros los voyeurs de esos frágiles niños atrapados en cuerpos de adulto, los que decidamos si sus brazos partidos o labios mordidos han sido el fruto de la mano de otros niños muertos o que el mal es algo instalado ya en el corazón de nuestras pupilas. Podría haber hecho una historia de buenos y malos, por suerte no ha sido así.

Cuando decimos gracias se nos llena la boca y nos queda una tranquilidad extraña frente al otro. Yo no sé si darle las gracias a Carlos por haber hecho esta radiografía descarnada de mis cicatrices pero sí creo que le hace mucho bien, este texto, a un panorama de escritura teatral en el que prima el divertimento y la ausencia de compromiso ético.

Además, me hace especialmente feliz haber tenido un hijo bastardo a medias con Carlos, un hijo bellamente deforme, nacido de un culo preñado y envuelto en una placenta de flores, caricias y muerte.

Adolfo Simón, Prepucio para... El hijo bastardo 
(prólogo de El niño herido)

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