La belleza anónima del público

No sé por dónde empezar a escribir. Sólo siento gratitud. Ni siquiera ganas de escribir. Sólo gratitud.


Recuerdo al doctor Radovan Havel. Le recuerdo perfectamente. Entonces no sabía su nombre ni su profesión. Sólo sé que su mano estrechó la mía con fuerza y al tiempo, al Tiempo le dio por sonreír. Hay encuentros que duran menos de un segundo y se recuerdan toda la vida.

Era verano y acababa otra función de Origami en el teatro al aire libre. El público abandonaba lentamente las gradas. Yo esperaba de pie en la última fila a que se vaciara la platea. Y entonces se acercó el doctor Radovan Havel.

Estoy sentado con el hada en el teatro. Origami se llama. Estoy fascinado con el consomé existencial que nos sirven aquí. Y yo quiero. Y también quiero a Vilma Cibulková.

“Es bella”, suspiro sin darme cuenta.

“Lo es”, contesta Famfrlína y suspira a su vez.

Bebemos ponche caliente, nos pegamos bajo la manta y disfrutamos del mundo del señor Carlos Be.

Luego me doy cuenta que el autor español se sienta en la fila de detrás nuestro. Al terminar, corro hacia él, le estrecho la mano y le digo que es como beautiful. ¡Dios mío, no es eso lo que quería decir! Pero él entiende y me mira de hito en hito con sus ojos negros interminables. Volvemos a casa quizás por la parte más bella de Praga.

“Nunca he estado aquí.”

“Por eso estamos aquí.”

Con Origami he descubierto la belleza anónima del público. Si me remonto al pasado, debo confesaros que sólo topo con momentos puntuales, tan distantes entre sí, tan aislados, que no me hacen pensar en el público sino en las personas. Reconozco mi ignorancia: el público, simplemente, permanecía en silencio. En Achicorias, por ejemplo, se reveló la Soñadora de causas perdidas. Sus palabras nos dejó la piel de gallina a la compañía. Sí, aún te recordamos, Soñadora de causas perdidas, cómo íbamos a olvidarte. Y hace unos días topé en la red con el doctor Radoslav Havel. Descubrí sus palabras. Palabras que valen mucho más que cualquier crítica porque las dicta una verdad única, nada más y nada menos que la propia de una persona. Esa es la belleza anónima del público. El último puntal de un artista que nadie podrá tumbar jamás. Muchas gracias, doctor Radovan Havel. Muchas gracias, Soñadora de causas perdidas. Muchas gracias a todo el público. Muchas gracias por vuestra belleza.

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