Artez - El síndrome de Asperger: El marinero que nunca dejó su remo

Carlos Be y Vilma Cibulková en el estreno de Origami © Jana Pertáková

En el preciso instante en que lees estas palabras, me encuentro en el interior de un tren en dirección a Bohemia del Sur. Me apearé en České Budějovice, donde mañana me esperan los alumnos del último curso de Filología Hispánica de la universidad de esta ciudad meridional para hablarles sobre la escena teatral contemporánea española en el marco del Mes de la Cultura Española en la República Checa, festival organizado por la Embajada de España, el Instituto Cervantes y el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación. Viajan conmigo nueve páginas garabateadas a mano que sintetizan una de las exposiciones que ofreceré dentro de este ciclo de conferencias que se inició la semana en el Palacio Oettingen situado en el barrio de Malá Strana, en los aledaños del Castillo de la capital checa; nueve páginas garabateadas asistidas por un importante legajo de textos de compañeros que vibra a mi lado con el traqueteo del tren como si las voces que contuviera no quisieran permanecer en silencio ni un segundo más. Sé que no están todos los son y hubiera querido poder extenderme mucho más pero el tiempo, a veces, se vacía los bolsillos y se encoge de hombros, como pidiendo disculpas por sus limitaciones. Para mi consuelo, sí que son todos los que están. Por riguroso orden alfabético: Antonio Álamo, Fernando Arrabal, Ignacio Amestoy, Paco Bezerra, Luis Cano, Lluïsa Cunillé, David Desola, Luis Mateo Díez, Rodrigo García, Angélica Liddell, Santiago Martín Bermúdez, Juan Mayorga, Luis Riaza, Jaime Salom, José Sanchis Sinisterra, Esteve Soler y Victoria Szpunberg. Voces particulares representativas de la contemporaneidad española, de ese “país de países” del que habla Amestoy, que sonarán, por el intervalo de unas horas, en los labios de los futuros hispanistas checas ante una audiencia ávida e interesada en la materia. No me he reducido únicamente a los autores ibéricos, como se habrá deducido por el porcentaje de autoría argentina. Considero que en ningún momento podemos renunciar, por prejuicios ni adocenamientos de cualquier índole, a una calidad artística y unas influencias que han demostrado ser capaces de trascender incluso la continentalidad. Como botón de muestra: al preguntarles una semana atrás a los estudiantes de Praga qué autores españoles conocían, apareció, excluyendo a los fallecidos -de quienes sí conocían unos cuantos- la misma proporción autores de nacionalidad española como de autores de nacionalidad argentina como de autores de nacionalidad chilena.

En el preciso instante en que lees estas palabras, el tren se detiene en un pueblo con apenas tres casas a la vista. Nos encontramos a medio trayecto y una mujer sube al vagón cargada con jaulas atestadas de gallinas. Su marido le ayuda desde el andén y luego ella se asoma por la ventana para despedirse. El tren reemprende el viaje y de repente me invade una súbita nostalgia endulzada por el sol de mediodía que dora el interior del compartimento. Recuerdo que hace muchos años, en 1992, me matriculé en Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona sin sospechar aún que jamás terminaría esos estudios. Aquellos sueños equivocados pretendían llevarme, tras superar el acongojante examen MIR, a especializarme en Psiquiatría o Medicina Rural, una de dos. Sí, disciplinas situadas casi en los extremos opuestos de todo el abanico médico. Franz Kafka tiene un relato precioso, Un médico rural, y ahora, abstraído con suavidad por una ficción similar, esta posibilidad que nunca se dio se derrama lentamente por mi imaginación y recreo trayectos inexistentes en coche o tren por pueblos que jamás veré y la gente que acude con pasos acelerados a abrir y recibe a la esperanza con alegría o tristeza en sus caras. Vaya, debo reconocer que me hubiera gustado ser médico rural, pero en el mismo segundo en que formulo este pensamiento me doy cuenta del error y tras el error acude la revelación, nunca he querido ser médico rural. Lo que quería, con lo que soñaba de verdad, era con una sensación, la misma sensación que está invadiéndome ahora mismo, con la sien apoyada en la cortina recogida, el paisaje discurriendo por la ventana y la pátina de sol sobre la cara. Esa sensación es una sensación que no sabe de profesiones.

En el preciso instante en que lees estas palabras, una suerte de marinero de Sant Pau contemporáneo, con el remo sobre el hombro, cruza en tren los bosques de Bohemia. Las gallinas cacarean en el compartimento vecino. ¿Conocéis este cuento popular catalán? Lo recogió Jacint Verdaguer bajo el título El mariner de Sant Pau. El mariner de Sant Pau nos cuenta la historia de un marinero a quien el mar le ha arrebatado su familia y decide renunciar a todo y comenzar una nueva vida lejos del mar. Viaja hacia el interior del país cargando sobre el hombro con un único vestigio de su pasado: un remo. Se propone no detenerse hasta que no encuentre una tierra en donde ignoren qué es aquel objeto y, como siempre sucede en los cuentos, se nos presentan tres pueblos. En el primer pueblo, ante su pregunta de qué es ese utensilio, los aldeanos reconocen enseguida que un remo y el marinero continúa su viaje. En un segundo pueblo, un niño responde que una pala para horno, pero su padre, al lado, le corrige, no es una pala para horno, es una pala para barca, y el marinero abandona el pueblo. En el tercero y último, los habitantes discuten con encarecimiento sobre la herramienta: unos sostienen que se trata de un cucharón, eso sí, un cucharón gigante, pero cucharón al fin y al cabo; otros, una pala para remover el grano. El marinero decide clavar el remo en esta tierra y con el tiempo demuestra ser tan buen labrador como, antaño, marinero. En este tren me siento como un marinero que se ha alejado de la tierra que lo vio nacer, nacer de comadrona, en una casita que ya no existe muy cerca de donde empieza la rambla de Vilanova i la Geltrú, y se ha alejado con su obra sobre el hombro, eso sí, con un ánimo diametral opuesto al de aquel marinero de Sant Pau, pues mi impulso era, es y será no dejar nunca mi remo: en mi caso, la vocación. Así fue como llegué al país más alejado del mar que existe en toda Europa, el conocido como Corazón de Europa, centro de gravedad de la escena teatral europea donde Origami decidió apearse de mi hombro y acicatear esa atracción inherente que posee el teatro checo por el riesgo. Milan Hein, director artístico del Teatro Ungelt, decidió apostar por la obra y la estrenó mundialmente un jueves 13 de mayo de 2010 con un elenco sin parangón. Un año después, se cumplen doce meses de la obra en repertorio y el 22 de mayo, coincidiendo con el cierre de la temporada, se celebra la derniéra, es decir, la última función oficial de Origami en el Teatro Ungelt y sólo quedará un último bolo antes de que este primer montaje desaparezca como la flor más bella que se repliega en sus pétalos, un último bolo el día 29 de mayo en el Teatro Nacional de Brno, en el que ya estuvimos pero nos han vuelto a llamar. Repetimos en un Teatro Nacional: eso se escapa incluso a los sueños. Volviendo al marinero de Sant Pau, lo que sí creía que sucedería, al igual que en el cuento, es que olvidase el mar, ese horizonte al que desemboca la rambla de mi ciudad. Cuál fue mi sorpresa cuando, a principios de esta primavera, acudí a esa reunión con Aura-Pont, quienes se convertirían en mis agentes literarios internacionales. Su sede se emplaza en una isla en mitad del Vltava, el río que cruza Praga. Esta isla se llama la Isla de los Remeros y el edificio, antes de pertenecer a la agencia, acogía al club náutico de remo de la capital checa. La moraleja de este marinero contemporáneo no puede virar más con relación al clásico. No hay que renunciar a nada y lo demuestra la paradoja de que haya ido a parar al único club náutico de remo de un país sin mar. El destino en las manos, sin más. Y no sólo eso: durante el trayecto he encontrado nuevos amigos, algo que no tiene precio, y he vivido, y estoy viviendo, el amor a ultranza por el teatro y el honor y la sencillez de sus profesionales; también he presenciado junto con el público la vida llevada en escena de la mano de actores tan enmudecedores como Pavel Batěk, Vilma Cibulková, Helena Dvořáková y Vojtěch Kotek, capaces de convertir la ficción en realidad y el imposible en posible; no puedo olvidar todos aquellos desconocidos que a la salida de la función te reconocen como autor y director y te estrechan la mano mientras hablan en un idioma incomprensible; las figuras de papiroflexia abandonadas en la gradas de un festival de verano para que las encontremos; ay, esos inolvidables silencios en los que se gesta la amistad y aquellas maravillosas palabras en el arco de entrada del monasterio de Břevnov, palabras que surgieron de lo más profundo de un alma humana y ante cuya verdad es imposible reaccionar de otra manera que no sea asintiendo; cómo no, el inesperado encuentro con Václav Havel y su esposa; incluso alguna que otra carrera con los paparazzi checo; he cantado el himno de los actores bohemios, porque en este país los actores tienen su himno, como las naciones: "My jsme ti blázni, blázni z povolání, my jsme ta banda, banda kašparů. Mordy a fóry, fóry k popukání, všechno se vejde na káru..." Además, se cantan entre sí a la hora de despedirse después de una gran función, y antes de la función hay que desearles todo lo mejor y no como en España que invocamos a la mierda. Recuerdo los nervios, mejor dicho, la excitación, el día del estreno en los camerinos del Teatro Ungelt, y cómo nos implicamos todos en aquel ritual insólito para mí. Desear a cada uno de lo actores que se rompan el cuello: Zlom vaz!, al tiempo que les propinas un rodillazo en la nalga, después ellos te escupen por encima del hombro y responden en checo: “¡Que se te lleve el diablo!”, y todo es agitación y el regidor avisa: “¡Cinco minutos!”, y corremos a prepararnos para el gran día. No quiero olvidar al resto del equipo: Petr, Marie, Jan, Alena, Michal, Fran y Jiří Pritz, ese encomiable productor. Y cómo no, Eva Hlávková, la traductora de Origami, qué gran hallazgo y qué suerte la mía. Y muchos, muchos, muchos más que estuvieron ahí cerca, apoyándonos incondicionalmente.

En el preciso instante en que lees estas palabras, llegó a la conclusión de que cuando la vida te hace un regalo, es para siempre: un año de Origami, un año de tanto. Y para siempre. Sobre todo, esos amigos que se sienten con el alma. Nos quedan tantos inviernos que pasar juntos. Eso es lo mejor. Acompañarnos el resto de la vida. Y el mar, por dentro.

En el preciso instante en que lees estas palabras, soy feliz.

Carlos Be, Artez 169/2011

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