"Las imposibles poéticas palabras de un ama de casa"

Miriam Marcet en My favorite things de Carlos Be © The Zombie Company

Las primeras funciones de My favorite things en Barcelona nos han dejado con muy buen sabor de boca. Han sido cuatro días ante un público que, como es habitual, observa en silencio y, tras los aplausos, se escurre por la gradería y prosigue en el anonimato. Sólo a veces, en contadas ocasiones, alguien del público siente la necesidad de desgarrar esa bolsa muda en que le hemos encerrado durante unos instantes y hacer oír su voz a los artífices de la obra. Nosotros, la verdad, lo valoramos tanto, porque somos conscientes del diálogo que hemos propuesto, porque confirmamos que en estas cuatro funciones ha existido la transmisión, la comunicación con el público. Os dejamos a continuación con la carta que nos hizo llegar Francisco Gómez, pintor argentino residente en Barcelona.

Les escribo con la intensión de hacerles una pequeña devolución de la obra que he visto el sábado. Estos pensamientos surgen del touché que vuestra representación dejó en mí y es este mismo toque de amplias resonancias que me insta a escribirles y compartir con vosotros el fondo que ha dejado.

Admiro siempre la acción inútil del arte, aquella que desinteresadamente recurre a artificios para hablar no solo al lenguaje sino también a un cuerpo cansado y herido en un lugar que ya no es solo de las palabras sino también de una existencia silenciosa y brutal.

Y es desde este silencio de brutalidad que la obra llamo mi atención. Y me pregunto: ¿agrava la enumeración del dolor el padecimiento del mal?

Seguramente y agradecemos o deseamos que sean menos las mujeres que hoy mueren en manos de sus verdugos y menos los dedos que caen cortados en el silencio del hogar. Aunque siempre nos quede la duda que plantea el cínico, que como un famoso fotógrafo optó por hacer una denuncia en vez de salvar a su “contenido fotográfico” de ser devorada por un buitre (el otro contenido fotográfico de tensión).

Y con dos dedos puede hacerse mucho más de lo que suponemos. Con ese resto de humanidad pueden darse vuelta silenciosas historias y sobre todo la experiencia y la memoria, aquella memoria que nos salva de la estúpida repetición de nuestros actos inconscientes.

Deseaba silencio el sábado, deseaba que de pronto, mágicamente, se invirtiera el contenido de la obra y fueran solo “cenizas y silencio”, el gran silencio de incomunicación, de sufrimiento lo que surgiera entre las imposibles poéticas palabras de un ama de casa.

Y quedó resonando en mí otra pregunta. ¿Quién habla entonces en el texto? ¿Llega el autor a desaparecer en la contradicción del personaje?

Comunicamos a pesar nuestro, escupimos sentido sin desearlo, hilamos nuestras vidas meticulosamente en acción encadenada. La obra me tocó, quizás, sin quererlo. Miento. De pronto una voz masculina surgida del fondo del personaje, monstruosa, se levantó sobre el escenario y tocó lo que para mí fue la clave interior de la obra: la disociación constante que todos padecemos y que muy pocos se atreven a gritar. Una voz disociada que paradójicamente volvió sobre el drama y lo cubrió todo de sentido.

¿Era "El extranjero" que deseaba hacia el final de la obra, yendo hacia el patíbulo, sentir aunque sea gritos de odio?

Un personaje complejo y atormentado. Un deseo entrevisto en estanterías de supermercado, tan inalcanzable como el precio de esos mismo productos de belleza y que nos habla también de nuestra frustrada existencia.

Disfruté de la austeridad de la puesta, de su escenografía y sonido.

Gracias por vuestro trabajo, por alimentar el deseo. ¡¡¡Ojalá gritáramos más así!!! Nos ayuda a salir del entumecimiento actual.

Un saludo,

Francisco

¡Muchas gracias, querido Francisco!

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