Grand finale en la Rumanía teatral (y III)



Al comentarle a mi amigo Armand, nacido en un pueblecito al este de Bucarest de cuyo nombre no logro acordarme, que la próxima semana volaba hacia su tierra, me respondió: “Prepárate para los cables”. Le pregunté si quería que llevara algo a sus familiares, o si le apetecía algo de Rumanía: “No, no quiero que me traigas nada de allí”.

Así que me preparé para los cables de los postes, colgando en gruesos haces deshilachados sobre las aceras, rozando a los peatones con sus puntas peladas, y también para la pobreza, una pobreza extrema que fuerza los brazos de la balanza económica nacional a una verticalidad casi imposible: posición que menoscaba el fulcro y duele, incluso a los ojos de un viajero repentino.

Desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, vemos una sucesión infinita de bancos y hoteles, para apearnos en un hotel. Teníamos el cincuenta por ciento de probabilidades.

La strada Gladioletor, con sus ventanas sin cristales, las fachadas pintadas de naranja eléctrico y un sinfín de solares convertidos en jardines de infancia para crías de perro abandonadas que juegan entre bolsas de basura henchidas de tristes historias interminables, sobrevive impertérrita, nadie sabe cómo, bajo la sombra de una mole estoica que, en su momento, simbolizó la desgracia para todo un país: la Casa del Pueblo ceausesquiana.

Cerca de piata Unirii, nuevas moles, en este caso comerciales, iluminan con sus gigantescos paneles electrónicos las diminutas paradas apostadas a pie de calle donde puede comprarse ropa de invierno, dulces caseros y herramientas rudimentarias. A través de sus expositores, la Banca Transilvania también apuesta por el cambio: sobre fondo amarillo, un ejecutivo provisto de tiara y varita mágica promete a sus clientes condiciones sin parangón. Todo apunta a que el país quiere cambiar de cuento.

Desde mi habitación, tejados desvencijados y antenas parabólicas grafiteadas con una sola palabra en inglés: “Fear”. En definitiva, un caldo de cultivo óptimo para que el teatro arda sobre las tablas.

La edición de este año del Festival Nacional de Teatro (FNT) corre bajo la dirección artística de Alice Georgescu y se centra en la obra de Antón Chéjov y el reputado director Andrei Serban. De los espectáculos que tuve oportunidad de ver, me gustaría destacar tres en particular, aunque permitidme que cite, a vuela pluma, Tv for Dummies - Un spectacol pentru 100 de telecomenzi (TV para muñecos: un show para cien mandos a distancia), cuyo planteamiento inicial, criticar la violencia televisiva dando la posibilidad a los espectadores de la obra de modificar el argumento de la obra in vivo a través de un sistema de votación mediante control remoto, arranca muy bien, pero por desgracia se extravía en fastuoso despliegue tecnológico que acaba por convertir el acto teatral en una exultación de medios en proporción inversa a las labores de dramaturgia y dirección.

9 grade la Paris (Nueve grados en París), visto en el Teatrul Act, presenta a una mujer en un momento crucial de su vida: está a punto de abandonar a su familia y el montaje va a convertirnos en cómplices de sus hipnotizantes y últimos 56 minutos en casa, sola, antes de marcharse. 9 grade la Paris es un espectáculo honesto que combina teatro y cine. En un principio, su única actriz, Alina Berzuntuanu, alterna las intervenciones en escena con las grabadas anteriormente en una película proyectada de forma continuada durante los 56 de la obra, para terminar interactuando y complementándose con su homónima en la pantalla. El resultado: el teatro y el cine, juntos de la mano, al servicio de lo visible y lo oculto, todo ello orquestado por Peter Kerek y revestido con una sensibilidad, precisión y exquisitez tales que, tras el oscuro final, el público tiene la sensación de haber recibido un regalo.



El Teatro Nacional de Bucarest, esa enorme arca de sueños, no tiene fachada. Un gigantesco andamio lo oculta por completo, es una imagen desoladora. En su vestíbulo, a la luz de focos planos que graban nuestras sombras en las vastas paredes, se agolpa el reducido público que tendrá el privilegio de asistir a una de las dos funciones programadas del Calígula de Albert Camus dirigido por Laszlo Bocsardi y con Sorin Leoveanu a la cabeza del reparto. La puesta en escena en apariencia sencilla de esta producción del Teatrul National Marin Sorescu de Craiova, con escenografía de Jozsef Bartha, vestuario de Judith Dobre-Kothya e iluminación de Tamas Banyai, es un complejo artefacto que se convierte, paulatinamente, en un espejo inmenso de mil recovecos que todo lo refleja, captura y pudre, para acabar, como el propio Calígula, destruido. El espectador se siente atrapado desde la primera aparición de Leoveanu como Calígula en el interior del sepulcro de su hermana y amante Drusila, y en las tres horas que sucederán el actor no deja de mantener en vilo al público con una energía tan portentosamente controlada como inquietante resulta su libertad a la hora de ejecutar el poder. Durante la representación se suceden escenas tan vibrantes como la conversación acerca de la luna entre Calígula y Helicón, una barbacoa en el campo, un divertidísimo concurso de poetas diletantes o el trágico aunque requerido asesinato final del emperador romano. A título personal, debo confesar que hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una dirección tan creativa, arriesgada, llena de aportaciones al texto y siempre respetuosa con el autor. Destacar también las interpretaciones de Gabriela Baciu como Cesonia y Valentin Mihali como Helicón.


El último día de estancia en Bucarest me propuse hacer doblete, pero calculé mal el tiempo que tardaba en llegar de un teatro a teatro y me quedé sin ver Metoda (El método Grönholm) de Jordi Galceran, la única obra española de esta edición del FNT. La que no me perdí fue una magnífica representación de Purificare (Purgación), de mi estimado Petr Zelenka, de nuevo en el Teatro Nacional. Con esta obra, Zelenka entra al trapo y congela la risa apenas transcurridos cinco minutos de función. El segundo golpe lo asesta el personaje de Batko en el minuto seis. Batko es un sacerdote católico de sesenta años que, invitado a un programa de televisión de máxima audiencia, afirma, segundos antes de apostatar en directo: “Tengo que decir que la gota que colmó el vaso fue la reacción que tuvo el Papa Benedicto el año pasado ante los acontecimientos en Ruanda. El sacerdote católico Athanase Seromba, que en 1994 participó en el genocidio de dos mil tutsis, fue declarado culpable por la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas y fue condenado a quince años de prisión. La reacción oficial del Papa fue que “la Iglesia no puede ser considerada responsable de los actos individuales realizados en su nombre”. Otra vez, grandes actores, en este caso de la compañía del Teatro Nacional, como Adrian Titieni, Vitalie Bichir, Lamia Beligan, Ilinca Goia, la mismísima Winona Ryder y muchos más a las órdenes de Mircea Dan Duta, con el firme propósito de hacer las delicias de los espectadores.

Concluyo el artículo en una mesa del restaurante de UNITER, la Asociación Rumana de Artistas Escénicos. Por la ventana se siente a las calles estremecerse. El teatro, desde sus oscuros cubículos palpitantes, muchas veces subterráneos, participa en este temblor, siempre, y en todas partes, tan necesario. Antes de despedirme, le agradezco a Ozana Oancea y el resto de la organización del FNT el trato inmejorable y, por supuesto, muy especialmente, a la directora del Instituto Cultural Rumano en España, Ioana Anghel, por todo lo que ha hecho por mí.

Reportaje publicado en el número 176 de la revista española de artes escénicas Artez.

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