El síndrome de Asperger: David Černý, rebeldía en estado de gracia


David Černý encabeza la dirección de Meetfactory, centro internacional de arte contemporáneo con sede en Praga. En sus naves se estrenó a principios de año Perro muerto en tintorería: Los fuertes de Angélica Liddell con traducción de Petr Gojda y dirección de Miroslav Bambušek. Černý es también el autor de Entropa, la polémica escultura que dejó en evidencia a la Unión Europea en 2009.

En algunas guías de viaje, el nombre del enfant terrible de las artes checas se cita más veces que el propio Kafka. Para los praguenses, sus estatuas ya se han convertido en parte cotidiana del paisaje, personajes no siempre exentos de controversia. Tres bebés monstruosos gatean por el césped de la isla de Kampa mientras el grueso de la familia trepa a cuatro patas por la Torre de Žižkov. El trabant con piernas humanas bautizado como Quo Vadis pasea por los jardines de la embajada alemana, un embrión mutante se gesta en la fachada del Teatro Na zábradlí y en el patio del Museo Kafka dos hombres orinan in perpetuum en un pilón con la forma de Chequia. Inevitable no detenerse a admirar el orondo caballo de San Václav en el pasaje Lucerna.

Černý saltó a la palestra checa en 1991. Pintó de rosa el monumento conmemorativo al final de la II Guerra Mundial: un tanque soviético. Su irrupción en el panorama internacional tampoco pudo ser más sonada. Černý es el creador de Entropa, la escultura a modo de gigantesca lámina de plastimodelismo que decoró la fachada del Consejo de la Unión Europea en Bruselas durante el periodo en que la República Checa ejerció la presidencia y que muchos países interpretaron como un virulento ataque a sus idiosincrasias nacionales.

Nos encontramos en Meetfactory. Desde su inauguración en 2007, el centro se ha convertido en un referente cultural internacional. David Černy cruza la inmensa sala de conciertos, “con la mejor acústica de la ciudad”, nos cuenta. Desde el techo, colgada boca abajo, nos observa una reproducción a tamaño real de Sadam Husein.

Al preguntarle por Entropa, Černý comenta entre risas: ¡España aún salió bien parada! Para otros países, el mensaje resultó más contundente. Tengo que decir que, de la misma manera en que hubo en momento en que Entropa supuso algo realmente bueno, hubo otro en que no. Supe que la situación se había ido de las manos cuando Saša Vondra [Alexandr Vondra, viceprimer ministro checo] me puso delante un fajo de cartas y faxes de primeros cargos europeos: Berlusconi, Merkel... y me preguntó “¿Qué significa todo esto!”, “¿Por qué!” El primer ministro checo no paraba de llamarme, día sí, día no, para decirme “Eso ha sido demasiado, eso ha sido demasiado...”

¿Dónde está Entropa ahora? Después de Bruselas, estuvo un año en un centro de arte contemporáneo de Praga. Por fin se ha vendido y ahora está en Pilsen.

¿Qué pretendes con tu arte? Que la gente disfrute con lo que me hace disfrutar a mí. Mi placer es dar placer a otros.

¿Y de dónde surge tu vocación? Una parte de mi familia es más artística que la otra, mucho más técnica, y yo he salido de esa mezcla. Mi padre es pintor y mi madre restauradora y, por el contrario, mi tío es piloto de aviones. De hecho, ahora mismo estoy aprendiendo a pilotar aviones como mi tío. Me gradué en Electrónica pero enseguida me di cuenta de que, a pesar de lo divertido que resultaba construir, sentía que renunciaba a la creatividad. Así que comencé a estudiar diseño y un día me sorprendí dando forma en casa a mis propias esculturas. Decidí dejar el diseño y entrar en la escuela de arte. Lo conseguí a la tercera.

¿Te sientes censurado en Chequia? Siempre aparece algún idiota diciendo “¡Esto es inaceptable!” y le preguntas “¿Por qué?” y te responde “¡Porque es inaceptable!”, pero no me siento censurado. Sí puede aparecer la policía si consideran que se incumple la ley, como hace años en una exposición donde vestí a un amigo con un traje de policía alquilado y un cartel al cuello donde se leía “Estoy en alquiler”. La policía acudió y quisieron sacarlo de la exposición para arrestarlo. Hubo una terrible pelea pero al final no se lo llevaron porque él apeló que pertenecía a la exposición. La censura ideológica es otro tema. Si alguien edita pósters de Adolf Hitler, probablemente se lo prohibirán porque incumple la ley. Karel Schwarzenberg, con su partido político, quiso equiparar el comunismo con el nazismo y no lo consiguió, a pesar que en realidad el nazismo y el comunismo se encuentran en un mismo saco. Por desgracia, esta reflexión resulta inaceptable incluso para el resto de Europa.

¿Qué persiste del comunismo en el país? Principalmente la corrupción. Está muy arraigada en la manera de pensar de una generación. No digo que exista un modo de pensar comunista, es más bien por cómo la gente vivía reprimida por culpa del régimen. La corrupción estaba tan generalizada que había que recurrir a ella no necesariamente para ascender ni querer más, a veces simplemente para sentirse cómodo con el régimen. Así fue cómo la corrupción se inculcó en la gente y eso aún persiste hoy en día. Con el cambio de gobierno sólo se ha añadido la corrupción monetaria. Sé que cuesta aceptar la corrupción como una debilidad intrínseca del ser humano y sobreponerse a ella, tal como sucede con la indefensión que se siente ante la autoridad, pero creo que ésta es una problemática vigente también en España, por ejemplo, que sólo nos lleva diez años de ventaja.

¿Luchas con tu arte contra el sistema? No diría que lucho contra el sistema. Mi arte me sirve para manifestar activamente mi opinión como ciudadano. Soy un civil que vive en una sociedad que me despierta la necesidad de enfrentarme a ella. Ésa es mi naturaleza.

Carlos Be, Artez 177/2011

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