Enzo Cormann: “¡No queremos ser los mejores, queremos un mundo mejor, gilipollas!”

A principios de 2012, la editorial Artezblai publica Fuera de juego de Enzo Cormann, con traducción de Fernando Gómez Grande. Solícito, el autor francés me concede esta entrevista*. Acaba de regresar de Turquía; nos encontramos en Lyon, donde está preparando un taller sobre la idiotez.

Carlos Be.- ¿Qué más preparas?

Enzo Cormann.- En estos momentos estoy finiquitando un poema-jazz para público –muy– joven titulado Le Blues Jean Lhomme (El blues Jean Lhomme). A mediados de marzo publico otra obra con la editorial Les Solitaires Intempestifs, Bluff, así como una colección de artículos y conferencias titulada Ce que seul le théâtre peut dire - considérations poélitiques (Lo que sólo el teatro puede decir - consideraciones poéliticas). Aparte, estoy pasando por una fase de incertidumbre con una novela a medio terminar, ya hace un año que la comencé... Y he empezado a escribir una obra dual con Samuel Gallet, joven dramaturgo y poeta francés. Más allá de esto, mi único proyecto, que debe absorber todos los demás: L'histoire mondiale de mon âme (La historia mundial de mi alma), título que me sopló el ángel Kafka: una suerte de “dicho” rapsódico, urdido de novela y teatro, de poemas y de consideraciones poéliticas, que planeo publicar y representar por partes a lo largo de los próximos años.

C.B.- ¿Qué te proporciona la inspiración para escribir?

E.C.- ¿Qué puede atraer nuestra atención en este vasto “rostro magullado de cochero que es el mundo” –Joyce–? El deseo de inventar nuevas representaciones del mundo, de reinyectar movimiento en las representaciones fosilizadas, nace en mí de una cierta impaciencia frente a la opresión, la hostilidad, la resignación... Contemplo la escritura de ficción como un impulso fuertemente antimelancólico: se trata de reinyectar la noción de posible en partes donde está dada por perdida o agotada. Por ejemplo, cuando oigo a alguien en la cafetería, o en la radio, hablando del “pueblo”, como si él mismo no formara parte de ese término manifiestamente devaluado, me entran ganas de darle un bocado... Por eso escribo.

C.B.- ¿Cuándo supiste que te convertirías en autor teatral?

E.C.- A los 10 años. Interpreté el papel principal de Monsieur de Pourceaugnac (El señor de Pourceaugnac) de Molière. Nunca me he repuesto.

C.B.- ¿Lo primero que escribiste?

E.C.- Una obra muy mala titulada La Passion de l'insomniaque (La pasión del insomne), por no hablar de borradores y poemas de adolescencia.

C.B.- ¿Y la música...?

E.C.- No soy músico –no más de lo que soy pintor–. Se trata de una herida –narcisista–, y es una carencia –expresiva–. El lado pájaro – el canto y el vuelo– de la música me fascina. La improvisación jazzística, en concreto. He tenido la suerte de trabajar durante 25 años con músicos excepcionales y he encontrado la manera de integrarme en la orquesta sin necesidad de partir de cero.

C.B.- ¿Qué es para ti el arte, en general?

E.C.-Suscribo totalmente una definición excelente de Robert Fillioux, ¡a quien se la agradezco!: “El arte es lo que hace la vida más interesante que el arte”.

C.B.- ¿Qué has sacrificado por la escritura?

E.C.- La tristeza y la insignificancia. No hace falta decir que no ha sido una gran pérdida.

C.B.- Si pudieras pasar una velada con tu autor clásico favorito, ¿qué le preguntarías?

E.C.- “Will, ¿cuál es la versión correcta: 'To be or not to be/ That is the question' o 'To be or not/ To be/ That is the question'”?

C.B.- ¿Cuáles son los últimos desafíos y obstáculos a los que se enfrenta tu escritura?

E.C.- En una palabra: indisciplina.

C.B.- ¿Has pensado alguna vez en dejar de escribir?

E.C.- Pienso en ello cada noche, después de una jornada de escritura.

C.B.- ¿Por qué no lo haces?

E.C.- No encuentro nada mejor que hacer.

C.B.- Cuando se lleva a escena una obra tuya, ¿qué es lo que más te gusta de los montajes?

E.C.- No hay nada que me guste más que el teatro elemental, el despojado de toda floritura aparatosa. Básicamente, lo que más me gusta es asistir a los ensayos, aún sin escenografía ni vestuario, a la luz de los fluorescentes, con sus interrupciones ocasionales, los sorbos de té, una bronca, la pausa cigarrillo... Me encantan los recursos escénicos que permiten acercarse a los actores. Me apasiona sentir el ágora teatral. Todo lo que conduzca en esa dirección me encanta; lo que se aleja me aburre considerablemente, con los años cada vez más.

C.B.- ¿Qué relación mantienes con el público?

E.C.- El público es la asistencia. Yo solía decir que no se asiste a una representación teatral. Tiene que ocurrir en forma transitiva: hay que “asistir una representación”. Al representar el mundo en un escenario, los actores sólo pueden hacerse cargo de la mitad del trabajo. No hay representación del mundo que valga si no cuenta con la asistencia de los espectadores. Así pues, el escenario del teatro viene a ser en realidad un dispositivo colectivo de enunciación. Por lo general, se considera como un artefacto dual, en el que dos partes se enfrentan entre sí, pero en realidad se trata de una producción de subjetividades entrelazadas, de flujo de conciencia, de captaciones, de destinos cruzados...

C.B.- Me gustaría conocer tu opinión acerca de la denominada crisis europea.

E.C.- De manera muy apropiada, el neoliberalismo ha inventado el totalitarismo del mercado. Pregunta a los griegos qué les parece. Como dice Hamlet: “Esto es sólo el comienzo, lo peor está por venir”. Europa está descubriendo que no puede haber crecimiento infinito posible en un mundo limitado. Tenemos que repensar los modelos, inventar nuevas intenciones. Los “mercados” –de hecho, un reducido porcentaje de especuladores hipergorrones– acusan desdeñosos al gasto público. Pero, ¿en qué se convierte la idea de progreso sin el libre acceso a la educación, a la cultura, a la salud y a la vivienda digna? ¡La crisis de las subprimes no es la crisis del modelo keyneysiano, sino la del modelo de Hayek! Lamentablemente, el fraude intelectual es difundido por la prensa que informa sobre la economía tal como se retransmite la copa mundial de fútbol. ¡No queremos ser los mejores, queremos un mundo mejor, gilipollas!

C.B.- ¿Crees que el arte, el teatro, puede cambiar el mundo?

E.C.- El arte permite ofrecer nuestras representaciones del mundo, que a su vez nos llevan a actuar, o renunciar a actuar, sobre el mundo.

C.B.- ¿Qué le aconsejarías a un joven dramaturgo?

E.C.- Cito a Gilles Deleuze: “La escritura no es un fin en sí mismo, precisamente porque la vida no es algo personal”.

C.B.- ¿Me recomendarías algún autor contemporáneo vivo?

E.C.- Por espíritu de contradicción, nombraré a tres autores franceses, ya que los franceses son conocidos por su particularidad para denigrar a sus conciudadanos. En primer lugar, Armand Gatti, sin lugar a dudas el mayor poeta dramático vivo, lo cual le hace merecedor de calificativos tales como “el más grande”, “el mejor”, “and the winner is...”. Y digo “el mayor” en un sentido ético-estético: el más sabio, y por lo tanto el más ausente, y el más... estrepitoso, el más arrebatado. A continuación, Pauline Sales, actriz llegada del escenario a la escritura dramática, ahora directora de teatro, a quien le encuentro una agudeza insólita para los tiempos que corren, y también una modestia insólita, que es aún más... insólito. Para concluir, Marie Dilasser, a quien he tenido la suerte de tener como estudiante, capaz de desarrollar unas obras con una visión singular y resingularizante de las relaciones humanas, bisnieta de Jarry Feydeau y de Cami, sobrina de Werner Schwab y de Copi.

C.B.- Para terminar, ¿qué le pides al teatro?

E.C.- Ni siquiera la mujer más bella del mundo puede dar lo que tiene... En otras palabras, el teatro, a pesar de ser el teatro, sólo es el teatro.

C.B.- ¿Existe algún lugar dónde no sientas la necesidad de escribir?

E.C.- ¡Sí, pero no esperes que te dé la dirección!

* Muchas gracias a la señorita Fanton por su inestimable ayuda.

Carlos Be - El síndrome de Asperger
Artez n. 180 (abril de 2012)

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