Última visita a la sucursal 2711 del Banco Santander

Debido a la insostenible periodicidad de unas comisiones abusivas en mi cuenta corriente, esta mañana me he dirigido a la sucursal 2711 del Banco Santander, situada en la glorieta de Embajadores de Madrid, dispuesto a cancelar mi cuenta y reclamar por el trato recibido.

Ante mi solicitud, la cajera que me recibe me informa que debo acudir presencialmente a la oficina donde me di de alta. Le digo que esa oficina se encuentra en otra ciudad y que hagan el favor de tramitarlo ellos por su correo interno. Sin mirarme a los ojos, imprime una hoja con mis datos bancarios –y nada más– y pide que se la firme. No entiendo el trámite y le pregunto qué es lo que estoy firmando. Recupera la hoja y escribe a mano “Rogamos cancelen mi cuenta”. La he firmado, a pesar de saber que ha falsificado mi letra, y pide de nuevo que se la firme. En fin, ¿será que tiene prisa? Firmo la hoja y a continuación solicito que me entregue todo el dinero de la cuenta en efectivo. La cajera responde que no puede dármelo hasta que se apruebe la cancelación y le digo que necesito ese dinero ahora –por otra parte, cierto–.

La cajera imprime otra hoja y me pide que la firme.

Con estupor, compruebo que la cifra a retirar no se corresponde con el total del dinero en cuenta.
Le comento que esa no es la cantidad correcta y responde que hay que dejar un remanente para las comisiones de cierre. Le digo que como autor soy beneficiario del convenio "Queremos ser tu banco" entre Cedro y el Banco Santander por el cual, según tengo entendido, no se me cobran determinadas comisiones. La cajera tacha la hoja de malas maneras y me entrega otra con la cantidad exacta.

A continuación, le pido las hojas de reclamación. Me dice que tengo que hablar con el director, que él entrega las hojas de reclamación. El director me atiende enseguida en su despacho. Le solicito el formulario en cuestión y él me pide, antes que el nombre, mi número de DNI. Se lo digo y mientras lo teclea en su ordenador, pregunta en tono afable qué ha pasado.
Lo que aún no sospecha ninguno de nosotros dos es que a veces la cabeza de un escritor funciona como una grabadora en marcha.
Le explico que se me han cobrado unas comisiones abusivas que han provocado unos descubiertos imprevistos que a su vez han generado el cobro de nuevas comisiones abusivas de las que no tenía conocimiento ni aviso. Por lo tanto, quiero reclamar por todas estas actuaciones que yo no firmé en su momento.

El director me dice que sí que las he firmado, que constan en la cláusula de “condiciones no contractuales” por la cual el banco puede añadir, modificar o anular cualquier cláusula a voluntad, y que se me informó de tales modificaciones en su momento. Le digo que yo no he recibido tal aviso y él replica que sí, que me ha tenido que llegar, otro asunto es que yo no lo haya leído.
Aquí hiere un poco mi amor propio, leer no es precisamente algo que yo no haga con frecuencia.
Prefiero morderme la lengua y decido ahorrarme cualquier posible respuesta por mi parte. Es aquí cuando el director me ofrece sentarme y me siento diligentemente. Una vez en la silla, le comento que, de la misma manera que ellos pueden modificar las cláusulas a conveniencia, yo estoy en mi derecho de presentar una reclamación ante estas actuaciones unilaterales –hay qué ver lo que les cuesta entregar esas hojas–. El director me responde: “No servirá de nada. Lo único que conseguirás es hacer perder el tiempo a la gente de la oficina”. No me dejo amilanar por sus palabras y le digo que “al fin y al cabo, soy cliente y están para atenderme”, a lo cual el director responde:
“De eso nada. Esto es un negocio. Nosotros estamos aquí para ganar dinero”.
De pequeño me sentía como Momo, esa niña de Michael Ende que escucha tan atentamente a la gente que logra que los hombres grises le confiesen sus planes de adueñamiento mundial. Lo peor es que en esta sociedad ya no queda nada por confesar. Los lobos ya andan sueltos. Salgo de la oficina. Al final he conseguido las hojas de reclamación, eso sí, pero no doy crédito a la predisposición de esta gente por negociar. “No servirá de nada.” Pues vaya, negociando así con su negocio es como han logrado todo lo que han logrado. Los lobos andan sueltos.

Cruzo entre los zombies apostados en las aceras. Quienes viven en Madrid saben que en la glorieta de Embajadores se congregan a diario decenas de toxicómanos desahuciados que mantienen la vista perdida en el horizonte a la espera de la cunda, ese coche que les llevará hasta la Cañada Real, donde conseguirán una dosis más para sobrellevar un día más esa existencia sin esperanzas que ya no es más que un círculo de sufrimiento; mientras otros, apostados a menos de un metro de distancia, tras sus vidrieras de seguridad, se mueven impunes entre toda esta sangre negra y claman, en nombre de los suyos: “Nosotros estamos aquí para ganar dinero”.

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