Peceras: 'Se entra en el infierno'

El miércoles pasado Carlos Gil, director de Artez, entró en la Pecera de la Casa de la Portera. Ésta es la impresión que le causamos (atención, contiene spoiler):

Mirada cómplice
por Carlos Gil

Dos circunstancias concurren en esta experiencia teatral que la hacen concluyente: el espacio, una nueva sala en Madrid cuyo nombre "la Casa de la Portera", es una descripción de un hecho comprobado, se trata de una vivienda, y sucede en los salones de la misma; y el tema abordado, que al ser para un público restringido de veinte asistentes, lo convierte en algo excepcional, cercano, que involucra y que en este caso convierte a cada espectador en mirón de la pecera, pero a la vez en pez, dentro de la misma.

Y el asunto, plasmado con una suerte de realismo desbordado, trata de la violencia de género, pero en esta ocasión, dándole todavía una vuelta de tuerca para ahondar de manera más cautivadora en la capacidad de los seres humanos para ser víctimas y, sobre todo, para ser verdugos. Porque hasta muy al final no se descubre lo que está sucediendo, pero en su camino se vive una situación simpática, de una espera en un lugar no identificable, hasta que llega una mujer y se pasa a otra sala, donde empieza lo que los dos protagonistas masculinos llaman la fiesta. Una fiesta que consiste en vejar, agredir, maltratar a una mujer. Y lo hacen con mucha violencia verbal, tensión y dos momentos técnicamente perfectos porque parecen agresiones reales, que son el corte definitivo de la inocencia de los espectadores. Se entra en el infierno. En un lugar donde hay que tomar postura, y los dos hombres invitan al resto a la "fiesta".

Todo muy crudo, un revulsivo. Una experiencia teatral única. En la sesión presenciada una mujer no aguantó y abandonó consternada la sala. Es teatro. Pero es teatro duro, valiente, que necesita de una actitud de los espectadores que vaya más allá de la contemplación pasiva. Se huele a los actores, que hacen un espléndido trabajo.

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Querido Carlos, muchísimas gracias.

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