El demonio ceutí o las bigotrías

El monje bengalí Swami Vivekananda escribió en el siglo XIX: “La superstición es nuestro gran enemigo, pero la bigotría es el peor”.

La bigotría es un término que no aparece en el Diccionario de la Real Academia Española, será que en España estamos acostumbrados a hacer la vista gorda y no preguntarnos los por qués. No obstante, es relativamente fácil dar con su definición en checo (bigotnost), inglés (bigotry), francés (bigoterie) e incluso esperanto (bigoteco).

Se desconoce la etimología de este término tan particular pero, a pesar de este vacío patrio, podemos recurrir a algunas palabras de significación muy próxima como, por ejemplo, intolerancia o fanatismo. Como en la intolerancia o el fanatismo, existe un variado repertorio de situaciones, reales o subjetivas –puesto que el bigot, es decir, la persona que padece bigotría, no requiere de mayores luces que las propias de su magín–, para hacer alarde de la bigotría. Puede ponerse de manifiesto en cuestiones de prácticas sexuales o de orientación sexual, de género, de identidad, de raza, de nacionalidad u origen, de lengua, de religión o creencias religiosas, de hábitos personales, de ideología política, de edad, de estatus económico, de minusvalía, etcétera. Como veis, los bigots pueden expresar su opinión en multitud de ocasiones gracias, por supuesto, a la gran libertad que les otorga su ignorancia sobrealimentada; una libertad, además, que medra a costa de parasitar la de los demás.

Seguimos en el siglo XIX. El médico estadounidense Oliver Wendell Holmes nos proporciona una sencilla prueba oftalmológica para detectar rápidamente la bigotría: “La mente de un bigot –asegura– es como la pupila del ojo. A más luz sobre ella, más se contrae.”

A caballo entre los siglos XIX y XX, la escritora lituana Emma Goldman califica la bigotría, junto a la ignorancia y la superstición, como “los tres gobernantes más siniestros y tiránicos que jamás existirán sobre la faz de Tierra. Unos gobernantes –proclama con vehemencia– que, si estuviera en mi mano, no dudaría en exterminar por todos los medios posibles a su alcance”.

Regresemos al siglo XXI, a la actualidad. La semana pasada, hojeando un diario, topé con un titular que me llamó extrañamente la atención. Éste: “Detenido en Ceuta por ir a misa disfrazado de diablo”. Sentí una suerte de inquietud difícil de aposentar, como si aquella frase ocultara algún enigma indescifrable a simple vista. Por lo visto, había arrestado al diablo en la entrada de la catedral después de ser avisados por varios ciudadanos de sus intenciones, suponemos, infernales. Sin embargo, percibía que algo en los actos del protagonista de esta noticia traslucía un ingenio singular. Necesitaba saber más para comprender. Indagué en internet por diferentes medios. Aparte de que algunos aseguraban que lo habían detenido en la entrada de la catedral y otros una vez dentro, el grueso de la información era el mismo en todas las páginas, hasta que al fin, en un periódico mexicano online, descubrí una fotografía y se desveló el maravilloso saber hacer de este diablo en toda su magnitud.

En la imagen, efectuada en el momento de la detención, el diablo luce, colgado del cuello, un crucifijo como el que decora muchas cabezas y cabeceras españolas, aunque a veces –las menos, todo hay que decirlo– también puede comerse tras hornearse a temperatura media durante tres días, al cabo de los cuales sale completamente solo del horno y directo al plato. Ah, olvidaba comentaros que otro punto en común que referían todos los medios era que en el interior de la catedral se estaba celebrando la confirmación con varios menores y parece ser que esto entrañaba algún tipo de riesgo, supongo que de hilaridad generalizada por parte de los niños al ver al demonio conseguir su quijotesca hazaña. En cualquier caso, la policía se llevó al diablo acusado de presunto delito de alteración del orden público. Qué desgracia, y la bigotría regocijándose detrás de la pupila de la iglesia, más constreñida que la cabeza de aguja, pero qué puede hacer la policía. Ese día nadie les proporcionó ninguna prueba contra las alteraciones en el orden privado – bueno, sí, se la llevaban esposada–, y si hay alguien experto en alterarlo y ocultar la mano después es la iglesia.

En abril, a través de la página web Protege a tus hijos, se nos informa a todos aquellos que queramos saber acerca del caso de un sacerdote irlandés llamado Martin McVeigh. El individuo en cuestión se disponía a mostrar a los padres y niños de su congregación un powerpoint con el objetivo de prepararles para la comunión. Tras conectar el pendrive al ordenador, se proyectó de repente sobre la pantalla una retahíla de penes, anos y demás parafernalia pornográfica que detuvo en seco el discurso del ponente. Arrancó rápidamente el pendrive del ordenador y desapareció del salón de actos. Al cabo de unos minutos, regresó al salón y siguió como si nada hubiera pasado, confiado en el moribundo poder de su iglesia por tapar la mierda con máculas que apestan a hedionda culpa, miedo y dolor, y aún tuvo los santos cojones de proclamar ante la audiencia que “los niños reciben demasiado dinero por su primera comunión y que deberían considerar dar parte a la iglesia”.

Dice un dicho popular alemán que las mentiras tienen las piernas cortas, por lo cual, como todos sabemos, se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo. En la misma página en la que leo la noticia de este portento de la comunicación, aparecen varios enlaces a noticias relacionadas. Una: “Benedicto XVI firmó un documento que protege a los sacerdotes que violan niños”. Dos: “Sacerdote católico Brendan Smith viola a Helen McGonigle, a su hermana y a su madre hasta llevarla al suicidio”. Tres... El año pasado, Vladimir Vera, director de la compañía venezolana Teatro Forte, me pidió unas líneas para el programa de mano de Amén con ocasión de su estreno absoluto en Caracas. El texto en cuestión se refería a la iglesia en calidad de partido político y concluía con estas frases: “La amputación para modelar a voluntad de otros no crea más que monstruos. Esa ha sido la aportación de este partido político a la humanidad: la mutilación”.

¿Cómo defenderte frente un mutilado? De nada sirve alumbrarle las pupilas con una linterna para que él mismo se percate de la monstruosidad que habita en su interior. Entra tan poca luz.

Afortunadamente, no hace falta ser oráculo para vaticinar que el citado partido político está a punto de ser derruido, de caer. Por su propio peso. Y por completo. En la fotografía en cuestión del diablo ceutí se denota, además de ingenio, bravura e iniciativa. Acción.

Eso es lo que necesita el teatro de hoy.

Mi enhorabuena, caballero anónimo.

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