Verano en Praga (III de IV)


En la década de los ochenta, por requisitos de un guión cinematográfico, el Palacio de Maříž, construido cerca de 1713, saltó por los aires.

El rodaje en los bosques del sur de Bohemia se acercaba a su fin y el equipo siguió a pie juntillas las últimas indicaciones del guión: el escenario debía desaparecer con una gran explosión. Así fue como una sola línea en un libreto de ficción devastó más de dos siglos y medio de historia.

Con el transcurso de los años, Maříž se había convertido en tierra de nadie. En la década de los cuarenta se había cerrado la frontera entre Austria y la República Checoslovaca, y en los bosques de Jihočeský Kraj, Bohemia Meridional, proliferaron los búnkers, el alambre de espino, las sendas militares y los controles. Únicamente el cielo permanecía a salvo, inalcanzable, del peso del Telón de Acero. El pueblo de Maříž, abandonado por la mayoría de sus habitantes, cayó en el aislamiento. En 1946 fueron expulsados todos los ciudadanos alemanes y apenas quedó en él una decena de personas. Si alguien quería visitarlas, debía solicitar un salvoconducto que permitía al visitante permanecer durante treinta minutos en el pueblo. Transcurrida la media hora, su vida quedaba en manos de los militares.

Cerca del estanque que conducía al Palacio, vivían dos hermanas que nunca comprendieron la maldición que les había deparado la vida. Murieron ancianas y vírgenes, encerradas en su propia casa, sin conocer jamás a ningún hombre por al retiro involuntario al que fueron sometidas. Los visitantes las veían sentadas en un banco a la orilla del estanque. Ellas esperaban a pesar de no tener familiares, las visitas siempre fueron para otros.

En 1990, después de la Revolución del Terciopelo, la compañía del teatro Sklep se encargó de retirar el alambre de espino de las fronteras entre Austria, Bohemia y Moravia. Fueron ellos quienes descubrieron el pueblo, ya totalmente abandonado, y las ruinas del Palacio de Maříž.

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