Javier Villán: 'Carlos Be, un autor ignorado en el circuito comercial, pero llamado a empresas mayores'

Javer Villán publica hoy en El Mundo su crítica de Peceras. Aquí la tenéis íntegra:

Poética dramática de la violencia
por Javier Villán

La hermosa bombonera, el bellísimo teatro de la Corredera Baja de San Pablo, donde en tiempos Conrado Blanco y sus poetas decían versos los domingos después de la misa de doce, es ahora un volcán de violencia y desasosiego.

La verdad es que el Lara, hace mucho tiempo, se olvidó de la Misa Mayor y está haciendo buen teatro. Peceras es una obra que irrita y desasosiega, que acaso sea la más eficaz forma de denuncia; un teatro salvaje y simple en el vestíbulo para no contaminar demasiado la bombonera; en el fondo ésa es la poética de Carlos Be, un autor ignorado en el circuito comercial, pero llamado a empresas mayores.

En el fondo, el circuito alternativo es una forja de libertad moral/inmoral del que salen con frecuencia muy buenos autores. En Peceras, dos malvados de apariencia normal zurran la badana a una mujer (Carmen Mayordomo). Con cara de bueno, Iván Ugalde es capaz de transmitir en una mirada de acero todo el odio del mundo: es el mal en estado puro. Fran Arráez tiene una psicología más complicada; es la maldad, el cerebro bajo apariencia de bondad.


La cosa, contada así, parece simple. Pero el nervio dramático de Carlos Be va dándole a la trama sucesivas vueltas de tuerca; tampoco la mujer es lo que parece; todo tiene su por qué, aunque uno de los maltratadores, el malvado Ugalde con mirada de acero, afirme que no necesita motivos para sacudir estopa; y aunque el «bueno», Arráez, evoque con frecuencia, entre tortazo y bofetada, el amor de la esposa.

En resumen, no se fíen del bueno ni del malo ni de la mujer que recibe tremebundas palizas. Y rechacen con firmeza las invitaciones a participar en la orgía. No se fíen tampoco de ese inicio -una espera excesiva de casi 10 minutos- mientras los dos actores les invitan a naranjada y esperan la llegada de la mujer, todo fiesta y alegría. Algo se trama.

Después de tan aplaciente inicio, un naturalismo cruel e irritante se instala en escena. Y, en algunos momentos, dan ganas de marcharse; pero ya han advertido que el que salga ya no podrá entrar. Y al público, sonriente en principio, se le congela la sonrisa para convertirse en mueca. Eso se debe al pulso dramático de Carlos Be. A la mierda Brecht, que fiaba todo al distanciamiento y a la reflexión. Aquí está más presente la crueldad primaria de Antonín Artaud, sin ornamentos ni ceremonia, que la dialéctica del alemán.

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