Carmen Martín Gaite, más allá de la vida

Conocí a Carmen Martín Gaite en mi adolescencia, cuando cayó en mis manos el primer libro que me habían recomendado de la escritora gallega: Nubosidad variable. Y ya no la pude dejar.

En sus últimos años de vida se leía entre líneas un constante pulso triste mantenido entre la escritura y la muerte: sólo la pluma le proporcionaba el hálito por permanecer entre nosotros.

Los años se han sucedido y ella ya no está. No se rindió, porque escribió, hasta el final, y nos ha dejado su obra estampada en mil muros.

¿Qué haré para escribir, para estrellar todo lo que me bulle? ¿Contra qué muro? ¿Dónde dejar la marca?

Nuestro encuentro epistolar fue tan fugaz, me remito a 1999. También a ella le debo el haber conocido a Enrique Vila-Matas: posaron juntos en un faro de paradero desconocido y la mirada de ella me llevo a la mirada de él, y sería con él, a partir de entonces, con quien seguiría ejercitando mi tendencia natural al ridículo ante escritores célebres que admiro.

Ahora proclaman su reconocimiento póstumo en el extranjero, lo publica hoy El País en un artículo de Tereixa Constenla. Sin entrar en cuestiones fatuas sobre fronteras -suelo decir que el afuera siempre es más grande que el adentro-, tengo que decir que, para quienes la leíamos, ya era más que querida y reconocida en vida. Es más: fue, es y será parte de nuestras vidas.

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