¡Qué amor de público!

Antes que nadie, a la Zombie Company la descubrió el público. Con el tiempo llegarían las críticas y los reconocimientos, pero en sus inicios fue el público, un público que arriesga y desea sorprenderse, el primero que ocupó su asiento frente al escenario vacío a la espera que, tras el primer oscuro, les asaltase un mundo inesperado.

En los nueve espectáculos que llevamos con la compañía, siempre ha sido del público de quien nos ha llegado las palabras más sentidas y los ánimos más invictos. Y así ha vuelto a ocurrir con nuestro último montaje, Elepé, el cual, a pesar de llevar tan solo cuatro funciones de vida, ya ha impulsado a varios espectadores a compartir su experiencia con nosotros.

María Cabrera nos ha emocionado con estas bellas palabras en su blog:

La noche en que fui a ver Elepé de Carlos Be
por María Cabrera

Ayer conocí dos lugares, uno dentro del otro. Y ambos, albergando un tercero, el teatro. Y albergando, por eso, a los veinticinco que acudimos allí, a las diez de la noche, a una calle que estoy casi segura de no haber atravesado antes. Muchos más lugares que dos, entonces. Todos tan a mano, tan cerca, tan desentendidos de mi existencia. La imagen de la calle, desierta en medio de una turbulencia de calles. Y al final, en el último local, el número indicado, la portería del edificio. Llegamos a La Casa de la Portera, la sala de teatro de este barrio de los teatros que es Lavapies, el escóndite perfecto de Madrid, por otro lado. Un teatro al uso, adornado con vírgenes salientes, lámparas salidas de una novela de Agatha Christie y hasta un majestuoso cuadro con el motivo de la duquesa de Alba. Un teatro total. La obra, Elepé, de Carlos Be, no hizo sino engrandecerlo, con el propio director-escritor haciendo de De-Jota intergaláctico, al mando de las luces y el sonido, de un bar; Elepé, de la movida madrileña, de aquella otra generación que le tocó vivir unas circunstancias que le acabaron pesando demasiado, aquella otra generación perdida. La obra me gustó, sí, pero me gustó más todo lo que la rodeaba. Las ganas que tenía de ver algo de este autor, de quien sólo había leído Origami y Muere, Numancia, muere. Tengo que decir que escribe un teatro que da gusto leerlo, casi sin necesidad de verlo representado. Cuando leí Origami, hace cuatro o cinco años, me fascinó. En una oportunidad de hablar con el autor de ese texto tan extraño, recuerdo que le increpé, no sin cierta sonrisa, que el personaje de la madre que había creado era tan complejo que ni él mismo lograba entenderlo. También recuerdo que hicimos una votación a partir de los cuatro personajes propuestos, entre los que esa madre ganaba en intrigante, complejidad y belleza extraña. No supe si quería más a ese personaje gigante o a su autor. Y todo aquello tenía, ahora que lo rememoro, algo de eso que hace torcer el gesto, algo inasible, incomprensible, propio de la cirugía estética de la piel que habito. Algo de eso que nos dice que ahondar demasiado en las cosas traerá consecuencias. Que las consecuencias nunca fueron buenas. O sí. Que hacen falta más autores que se acerquen tanto que se quemen.

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Estimada María, tus palabras nos honran. Muchas gracias.

Por otra parte, nuestro querido Miguel Pérez Valiente, además de las emocionantes palabras que nos ha dedicado ya no sólo con Elepé sino también con Peceras, ha editado este vídeo con los mejores tuits cosechados hasta la fecha por nuestro último montaje. Querido Miguel, muchas gracias de corazón por el tiempo y la dedicación.

video

Y es que lo mejor que tiene la Zombie Company es su público. Vamos, ¡qué amor de público! ¡Muchísimas gracias a todos!

En el sentido de las agujas del reloj, desde las doce: Iván Ugalde, Mentxu Romero, Fran Arráez, Sara Hernando, Sara Luesma, un servidor, Carmen Mayordomo, Jose Gamo y Juan Caballero - Fotografía de Arnaldo Utrera

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