Las lejanías, 13

Bogotá, 18 de octubre de 2013

Concluimos la tercera semana de ensayos de Muere, Numancia, muere y me doy cuenta de que, en este montaje, no tengo que devanarme los sesos por escenificar un cerco físico que circunde a los numantinos. Los bogotanos ya viven en un cerco sin fronteras: su ciudad se encuentra militarizada desde finales de agosto por orden del presidente colombiano Juan Manuel Santos. El cerco en el que viven queda a la vuelta de la esquina, en la acera de enfrente o tras la puerta de sus casas.

Cune, 19 de octubre de 2013

Camino descalzo por el porche del bungalow con cuidado de no pisar los cucarrones que han llegado atraídos por la luz de la lámpara. Permanecen inmóviles en el suelo, dicen que preceden a la tormenta. Las vistas a la noche ocultan una maleza invisible. De la casa de abajo sube el aroma a tinto, el café colombiano. Una mariposa con alas naranjas y carnosas resplandece en el porche y desaparece en la oscuridad.

Me encuentro en una hacienda de la quebrada Cune, a pocos kilómetros de la población de Villeta. Muy cerca se hallan también siete cascadas conocidas como los Saltos del Mico. La temperatura en esta región, a diferencia con Bogotá, es estable y, después del frío que ha asolado la capital durante la última semana, exquisita.

Un primer trueno centellea el horizonte, en un parpadeo el cielo se descubre cubierto de nubes. Me siento un privilegiado. Vivo en una vida las vidas de muchos otros que quieren compartir las suyas conmigo. Y de repente llega el aguacero. No me lo pienso dos veces, me desnudo y me lanzo a la naturaleza.

Cune, 20 de octubre de 2013

Amanece en Cune. Tras la verja de la hacienda pasta un caballo blanco. Me acerco a él y él se acerca a mí.





Antes de regresar a Bogotá, nos acercamos a un trapiche, donde se elabora la panela, una melaza dulcísima procedente del jugo de la caña de azúcar.



En el bar al lado del trapiche, ocho hombres se juegan al tejo un cerdo que acaban de matar. No puedo apartar la vista de las mechas, sobres triangulares de color rosa con pólvora en su interior que se depositan en la cancha de juego y estallan al recibir el impacto del tejo. En la radio suena Plegaria humana de Rafael Martínez Arteaga. Mucha atención a la letra.



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