Las lejanías, 34

Madrid, 26 de noviembre de 2014

La presión me sume en un estado de concentración máxima para escribir. La fecha de entrega es el 5 de diciembre, dentro de trece días, viernes de luna llena. Escribo desde el comedor de un restaurante de la calle Embajadores, rodeado de hinchas del Atlético de Madrid que esta noche animarán a su equipo en la Champions League. Chillan más que hablan, se pisan unos a otros y, vamos, en definitiva, que se escuchan más bien poco. El televisor, que no deja de retransmitir noticias sobre fútbol, acicatea aún más si cabe sus ansias de victoria. Juegan contra el Olympiacos de Grecia, ya ves tú qué nos habrán hecho los griegos para tratarles a gritos. Son varias mesas las que ocupan los hinchas, y se saludan entre sí cuando van a fumar o al servicio. El mesero me ha dispuesto en una mesa para dos, contigua al trasiego de comensales. Y, a pesar de todo esto, escribo.

El mesero extiende el mantel de hilo a cuadros blancos y rojos -caigo en la cuenta de que se trata también de un mantel atlético- y le ayudo a colocar bien los orillos antes de sacar mi cuaderno y el lapicero. Hoy está especialmente simpático, será por el partido, supongo. Anota el pedido y se retira a la cocina. Nada más abrir el cuaderno, me zambullo en él. Son muchos años de escritura ambulante como para no saber qué lugares propician o dificultan la escritura, de la misma manera que un artista sabe, por ejemplo, tal como dicen los checos, si es búho o ruiseñor -es decir, si trabaja durante el día o, en cambio, prefiere la noche-, qué grado de ayuno necesita para concentrarse -algo que afecta mucho a los artistas pero si hay un grupo que lo tiene en cuenta son los actores a la hora de actuar- o la temperatura que se necesita en los pies, aunque suene a disparate.

Escribo de manera fluida, sí, mientras deleito la sopa castellana y un bistec de segundo. Lo único que me preocupa ahora mismo es que aún no tengo el título, ni siquiera uno provisional. Es la primera vez que me pasa, incluso a veces he llegado a arrancar un texto a partir del propio título. En esta ocasión, me encuentro embarcado con el texto mediado y aún no sé cómo se llama. A ver cuándo lo descubro, porque los títulos no se inventan, se descubren. Después del postre, el mesero me ofrece un chupito y se lo agradezco, pero prefiero no tomármelo, me espera una tarde muy larga. Se encoge de hombros y se aleja sin entender mi negativa, con toda la algarabía que tenemos a nuestro alrededor.

Al llegar a casa, aún sigo dándole vueltas al título. ¿Por qué no lo tendré aún?

Madrid, 27 de noviembre de 2014

Si ya sentía incertidumbre por el título, no os cuento en cuanto se aproxima el final: ¿Por qué siempre me salen tantos finales y todos válidos? ¡No quiero escoger!

Madrid, 29 de noviembre de 2014

¡Se descubrió el título! O, al menos, uno provisional que me ayude a contener en pocas palabras la magnitud de la obra teatral, sea la que sea. Son tan pocas palabras que en realidad es una sola, en la tónica de mis últimos textos, a excepción de A Margarita, que tampoco son muchas más palabras: Dorian, Autostop, Elepé.

Permitidme que no desvele aún el título. Os lo cambio por sus primeras frases:





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