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Añicos: '¿Cómo es un final feliz para Carlos Be?'


AÑICOS, OTRO HOSTIÓN EN TODA LA CARA DE CARLOS BE por Miguel Gabaldón - Notodo (21 de septiembre de 2015)

El chaval jugando a la consola en en sofá. La madre entra como una zombi a poner la mesa. Arrastra los pies, como si le pesara el alma llena de piedras. "Quita los pies de ahí", dice como si ni siquiera le viera. El chaval no hace caso. La madre vuelve a entrar. "Los pies de ahí". El chaval no hace caso. Entra el padre. La madre casi se asusta ante su beso. El padre se sienta al lado del hijo. Entonces aparta violentamente las piernas del chaval de la mesa y le propina una paliza. Y así comienza Añicos, con la primera en toda la cara... Vamos, que no os esperéis Mary Poppins. El dramaturgo Carlos Be ha vuelto a experimentar con lo que tanto le gusta, las situaciones extremas y desagradables (recordemos sus Peceras) con la intención de no dejar a nadie indiferente. En este caso a través de la historia desoladora de una familia hecha trizas. "Pero esto tiene un final feliz, sí, aunque no lo parezca", como repite en varias ocasiones el personaje del padre.

Y es que estos Añicos, estrenados en el pasado Frinje y que ahora se pueden ver en la Pensión de las Pulgas, son un verdadero hostión en toda la cara. Una de esas obras que cuando acaban uno no puede ni aplaudir y en la (extensa) tertulia posterior le entra la risa histérica por no ser capaz de resistir el silencio. Incomodidad elevada al cubo. Carlos Be escribe y Pablo Martínez Bravo se lanza a la dirección con un espectáculo de tema particular y para más inri que parte de una historia real (vamos, sin la red de poder resultar agradable o entretenido), dirigiendo a cuatro tremendos actores que provocan escalofríos en la espina dorsal. Y es que la historia no es precisamente amable. El autor regresa a La Pensión de las Pulgas (después de la citada Peceras, la maravillosa ElepéDorian) con Añicos y se mete en el salón de una familia golpeada por la pederastia. En el centro del dolor. El lugar donde todo y nada se dice. Donde los sentimientos son tan extremos y dañinos que los seres humanos se convierten en animales. Un asunto increíblemente delicado (basado en el caso de Antonio Ortiz, el pederasta que aterrorizó el barrio madrileño de Ciudad Lineal en 2014) que Carlos Be trata de manera turbadora y singular, como no podía ser menos. Y con final feliz, aunque no lo parezca.

Y es que lo que sale de la cabeza de Be es... muy fuerte. Porque el dramaturgo vuelve a sus enfermizos fueros. Y es que caben dos opciones cuando se está viendo Añicos. O bien que uno acabe completamente fascinado e inmerso por completo en este universo demencial (porque la función te va agarrando y llega un momento que te coge de la oreja y no te suelta) o que uno no aguante y desee fervientemente que acabe la obra. Y es que la mente retorcida (y lo digo como un halago sin fisuras) de este singular autor ha pergeñado una de las experiencias más perturbadoras que se pueden vivir en las salas en este momento. Potenciada además por esa cercanía, en este caso casi asfixiante, que proporciona el espacio de la Pensión de las Pulgas. Allí los cuatros personajes vagan perdidos buscando no se sabe muy bien qué: olvido, redención, venganza... Cuatro intérpretes además dirigidos con tino y sin estridencias por Pablo Martínez Bravo, que quitan el aliento con su contención y dolor. Carlos López ha crecido como actor una barbaridad desde Dorian y aquí interpreta al hijo de la pareja, llenando la sala de verdad. David González interpreta al padre y consigue hipnotizar con un monólogo (en el que además se dirige directamente a los asistentes) que pone los pelos como escarpias. Sara Moraleda es un auténtico descubrimiento (aunque se le haya podido ver en otras funciones clásicas o en Pingüinas), maravillosa su composición de esa chica tierna y algo inquietante, llena de una culpa que necesita exorcizar. Y qué decir de Raquel Pérez... Raquel Pérez está sencillamente inmensa. Esa madre anestesiada por el dolor y devorada por un íntimo deseo de venganza se merece todos los premios del mundo. Maravilla. Sus lágrimas escuecen.

Añicos es una función durísima, brutal y desagradable, no apta para personas impresionables. Pero por ello resulta también fascinante. Una pieza de cámara, muestra del horror interior, despedazado y clavado en el corazón capaz de transformar a cualquiera en un monstruo. Una ficción originada por lo terrible de la propia realidad. Pero no nos olvidemos de que "esto tiene un final feliz". Aunque claro, ¿cómo es un final feliz para Carlos Be? Pues tal vez uno de los momentos teatrales más impactantes que he presenciado en tiempo. Acercaos a estos Añicos para descubrirlo por vosotros mismos. Y poder susurrar, destrozados: "Gracias..."

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Podéis consultar aquí las próximas funciones de Añicos.

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