'Amén o por qué admiro a Carlos Be sobre todas las cosas' de Moisés Romero

Bajo este título, Moisés Romero revela el acto de la comunión teatral. Con estas palabras publicadas ayer en su muro de Facebook, comenta, disecciona y nos enseña sobre ese fenómeno tan maravilloso y lamentablemente tan escaso en el teatro que es la asamblea, como la define Enzo Cormann, por el cual la transmisión se realiza tanto de la compañía al público como del público a la compañía. Una verdadera comunión en la que además, al menos por parte de la compañía, aprendemos un montón de cosas nuevas. Muchas gracias, querido Moisés.

AMÉN O POR QUÉ ADMIRO A CARLOS BE SOBRE TODAS LAS COSAS por Moisés Romero (15 de diciembre de 2015)

1910. André Gide publica Corydon, conmocionado por el proceso Renard. En dicho proceso un hombre es condenado por asesinato, pero bajo la apariencia de garantías jurídicas subyacen procedimientos sociológicos clásicos de linchamiento ritual a un chivo expiatorio: Renard en realidad es condenado exclusivamente por ser homosexual.

1772. Daniel Defoe publica su Diario del año de la peste. En la epidemia que asoló Londres en 1665 las autoridades adoptan medidas supuestamente higiénicas y morales que repercuten sobre las costumbres pero, a causa de un afán biopolítico de control social, en lugar de desterrar la plaga se incentiva la fatalidad y las víctimas se multiplican.

Carlos Be es un moralista en el sentido más noble del término porque es analítico y distante, porque no hace proselitismo, porque nos ayuda a afinar nuestra capacidad para percibir y empatizar con el hecho moral, como hacen André Gide y Daniel Defoe.

Posee Carlos un pulso narrativo apabullantemente sólido y un bagaje intelectual suficiente como para salir airoso en este incendiario panfleto bien fundamentado y presentado en sketches en los que va alternando diferentes estilos: documental, cabaré político, crónica de denuncia, sátira, performance autoflagelatoria a lo Angélica Liddell... Escenas en las que víctimas y victimarios, autoridades, manifestantes o cupletistas sufren el peso de una ideología infame que, habiéndose arrogado el papel de policía del alma y de sus valores, infecta con desesperante continuidad toda la historia moral de la humanidad hasta nuestros días y debilita a nuestra civilización. Nuestro admirado autor parece conocerse al dedillo la Historia criminal del cristianismo de Karlheinz Deschner y por ello no parece considerar la posibilidad de que la ideología de la que nos habla pudiera ser parasitaria de las religiones, sino que se trata de la propia religión. No deja resquicio a la posibilidad de progreso y superación, no confía en que el poder fanático se tambalee porque no da muestras de debilidad, no es un hegeliano diletante afortunadamente... Es un sabio fabuloso a los pies de una montaña que contempla la sangría con un espíritu lúdico que le consuela en parte y le permite cagarse en Dios sin aspavientos con su sonrisa cálida y seca de hombre que sabe demasiado.

Amén de Carlos Be se representa con un reparto espléndido en el Café del Kosako. No es un entremés.* Vayan a verla.

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Amén en el Café del Kosako: 
Entrada: 10 € - Cómo reservar

 * Me gustaría apostillar el motivo de esta observación en este punto del escrito. La noche que Moisés Romero acudió a la función, aparecieron también dos espectadores de avanzada edad, varones los dos, que me preguntaron en taquilla, minutos antes de abrir las puertas, si lo que iban a ver en ese café era en realidad teatro o más bien un entremés. Al ver mi cara -porque sí, me pillaron desprevenido-, volvieron la carga y uno de ellos me preguntó si sabía qué era una entremés. Les respondí con un lacónico "Sí" y el otro, incrédulo -no quiero decir suspicaz-, me replicó: "¿De verdad lo sabes?". Salió al rescate otro espectador que esperaba a un lado, un espectador que conoce a la compañía desde hace tiempo, y les aclaró que lo que iban a ver no era ningún entremés, sino un plato fuerte. Los dos hombres no dijeron nada más. Y Moisés Romero, también allí cerca, lo escuchó todo en silencio e, imagino yo, sonriendo, sonriendo "con su sonrisa cálida y seca...".

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