Las lejanías, 42

Praga, 22 de abril de 2017:

Hay pocas cosas tan mágicas como cruzar en tranvía
Praga por la noche, la lluvia en las ventanas.
Una noche lluviosa de viernes
en la que da, no sé por qué, por pensar en los muertos.
Hace poco más de dos meses, murió mi abuela, mi última abuela.

Viajaba a Barcelona para asistir el estreno de Achicorias, la compañía La Cósmica la presentaba en el Àtic22, pero nada más apearme en la estación de Sants tuve que tomar un tren con dirección al sur, por la costa, hasta Vilanova i la Geltrú, mi ciudad natal, esa ciudad que siempre presumo que es doble, ¿dónde se ha visto otra ciudad con dos nombres? Llegué a tiempo al tanatorio, la familia esperando al completo: qué irónica es la vida, yo que iba a un estreno y termino en un entierro.

Cuando entras en una casa en la que no entras desde que eras pequeño, no puedes evitar golpearte la cabeza contra todos los muebles. Sucede un poco lo mismo con los recuerdos, sobre todo los lejanos, aunque a mí, que soy tan poco dado a recordar, me pase también con los más cercanos: tropiezas con ellos, te golpean sus aristas, te sorprenden de repente, como flashes, no entiendes de dónde vienen o por qué te acuerdas en ese preciso instante. Desde que cumplí 41 años entiendo la muerte de una manera distinta. Algún día contaré el porqué, seguramente protegido tras la letra, pero lo contaré, de una manera u otra lo haré.

A fin de cuentas, la vida es una deriva que sólo el corazón
guía. Ya no llueve al apearme del tranvía. Existe
una sabiduría que nos supera
a todos, sino explicadme por qué, a veces, decid,
cuando nos acordamos de un ser querido muerto, el cielo deja de llover.



Praga, 23 de abril de 2016:

En Cataluña se celebra Sant Jordi. No regalo ningún libro –es algo que suelo hacerlo durante todo el año, la verdad– ni regalo ninguna rosa, pero yo sí que recibo una encarnada, sabrosa, dulce.

María de Moscú me envía las fotos del taller teatral el día que tuve las escuelas bilingües rusas y búlgaras. ¡Qué buenas!



Praga, 24 de abril de 2016:

Václav Havel escribe a su esposa Olga en su carta número 71: “En general, el arte es jugar con fuego” y “creo que una obra tendría que ser siempre más inteligente que su autor”. Naturalmente, no es el primero que lo escribe, pero me alegra saber que lo opine.



Praga, 26 de abril de 2016:

Existe una manera de vivir en el futuro y algunos ya estamos allí, y no hablo de vivir el presente, que también.

Concluye abril y nieva la mañana entera. Ésta es mi Praga, la impredecible.



En algún punto del espacio aéreo sobre Suiza, 27 de abril de 2017:

Praga se ha despedido con un enorme abrazo. Como siempre, se queda a la espera con los brazos abiertos. Vivir en tantas partes duele, uno se siente dividido, siempre incompleto, descuidado con unos y con otros, hay pocos amigos que sepan sobreponerse a todas las dimensiones que implican vivir entre aeropuertos y teatros, pero haberlos haylos y yo sé que puedo presumir de ellos, porque son buenos, y hablo de la bondad con todas sus letras.

Ah, y termino con un pensamiento precipitado, no me pidáis explicaciones que no sabré darlas, pero os digo que es en Praga donde un artista puede llegar a ser feliz.



Barcelona, 28 de abril de 2017:

Vueling se retrasa noventa minutos y no llego al estreno de La pecera. Da igual, la veré mañana. Eso sí, llego a tiempo de recoger a los artistas a la salida. Algo es algo y, en algunas ocasiones, también puede ser mucho.



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