Las lejanías, 43

Madrid, 13 de mayo de 2016:



Franz Kafka pudo haber sido español, vivir en Madrid y también morir. Aquí le habrían llamado Francisco, Francisco Kafka, y coincidiría en la Residencia de Estudiantes con Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí. Kafka era una década mayor que todos ellos, más cercano a la edad de Juan Ramón Jiménez que a la de la futura Generación del 27, pero sospecho que se habría entendido muy bien con ellos e incluso habría terminado incluido en el grupo si sus planes de residir en España no se hubieran visto sido truncados por decisiones ajenas.

No sé qué opinará Enrique Vila-Matas al respecto, pero también cabe la posibilidad de que, a su llegada a Madrid, Kafka se hubiera convertido en un escritor del no, en un bartleby de los buenos, y digo de los buenos porque en España, seguramente, Kafka habría aprendido a vivir y los bartlebies que aprenden a vivir son los primeros en dejar de escribir. Eso sí, Kafka quería venir a nuestro país para dedicarse a la escritura. "Si no podrías llevarme a un sitio cualquiera donde al fin me fuera posible poner manos a la obra", escribió Kafka a su tío Alfred, residente en Madrid. Le pedía ir a vivir con él a España.

Sobre la pista de su tío Alfred me puso Iveta Gonzálezóva, vicedirectora del Centro Checo de Madrid. Fue ella la que me contó, a orillas del Manzanares, que en la pradera de San Isidro, ahora ocupada por ese laberíntico complejo de cementerios, se encontraba enterrado, en algún lugar, el tío de Kafka, la persona que podía haber traído al escritor a España... y no quiso.

Alfred Löwy, conocido en España como Alfredo Loewy, se trataba de un "hombre poco comunicativo, pero con todo afectuoso y dotado de un agudo sentido de la familia", describiría su sobrino. A pesar de los agasajos, Alfred respondió con una negativa a la misiva de Franz de ir a vivir a España. Su padre ya le había impedido emprender los estudios de letras y le había obligado a cursar derecho en la Universidad Carolina de Praga, ahora era su tío quien cortaba de raíz el propósito de ponerse "manos a la obra" en España. En vez de acogerle en su casa, Löwy redactó una carta de recomendación a su sobrino con la que obtendría su primer trabajo en una agencia de seguros de Praga, primera de las muchas oficinas por las que transitaría el gris de sus obras y su vida.


Las fiestas de San Isidro: los primeros puestos y los olores mezclados, confusos, de las parrillas con pimientos de padrón y el aceite hirviendo de las cocinas para churros se cruzan en mi camino hacia el cementerio sacramental de Santa María. Atravieso los claveles y los gritos, atajo por el césped para alejarme cuanto antes del gentío. A los muros del camposanto no se acercan, respetan la calma de los que ya no están.

El cementerio de Santa María, muy pequeño comparado con el de San Isidro, al lado, no cuenta con un directorio en el vestíbulo, así que le pregunto a un enterrador que pasa por allí y me acompaña con su carretilla hasta la entrada del patio de la Concepción. Allí me recibe un gato de expresión arisca, un gato kafkiano sin duda, y me guía hasta uno de los muros recubiertos de nichos, a la izquierda de un portal que conduce al siguiente patio. Allí está enterrado Alfred Löwy, el tío de Kafka. Ninguna flor.



El 23 de febrero de 1928, Alfred Löwy abandonaba en féretro el número 28 de la calle Mayor en dirección al cementerio sacramental de Santa María, donde encontraría el reposo en ese nicho de lápida cristianizada, algo que despierta dudas acerca de los senderos de su fe. En el momento de su fallecimiento, Alfred Löwy ocupaba el cargo de director de la Compañía  de Explotación de los Ferrocarriles de Madrid a Cáceres y Portugal, y del oeste de España. También era representante de la Compañía del Ferrocarril de Medina del Campo a Salamanca y administrador delegado de la Mutualidad Española. Sus parientes más cercanos, residentes en Praga, no acudieron al sepelio. No tenía esposa ni hijos pues, a pesar de sentir la soledad que conlleva no contar con la familia cerca, el fundar una nueva dejaba de tentarle en cuanto se lo pensaba "a fondo".

Kafka moriría un año después en Kierling de tuberculosis, enfermedad que dicen que adquirió durante los estudios de derecho.

A la salida del cementerio, son varios los gatos que me acompañan hasta la salida. Me disculpo ante ellos, aún no sé quiénes sois, aunque espero venir a saludaros en breve, deciros hola, comentaros que estoy encantado de conoceros aunque ya estéis muertos, y que más pronto o más tarde volveremos a coincidir, quién sabe en qué distante plano, quién sabe si como Carlos Be o como un gato beletrista.

PD. Sí, los de la fotografía son Kafka y su tío.

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