Las lejanías, 44

Barcelona, 3 de junio de 2016:

De repente,
a una cierta edad,
la vida se detiene, se detiene
sola, y le preguntas ¿Qué haces, vida?,
y descubres que no se ha detenido, sólo que el camino
no sigue hacia adelante, y en esa vacilación recuperas el presente
y ya no te abandona.

Barcelona, 7 de julio de 2016:

Ganas de asistir a la exposición Hermanos y hermanas de Don Quijote que viaja estos meses de verano por la República Checa, Polonia, Eslovaquia y Ucrania. Creo que cuando llegue al festival, mi retrato de David Konečný ya estará en Leópolis.



Barcelona, 9 de julio de 2016:

La inspiración te sorprende en cualquier lugar y hay que estar preparado (lo que veis es un pedazo del salvamanteles del restaurante L'eucaliptus -mancha de aceite incluida-, y la fotografía es de José Martret, que dirige estos días La fragilitat dels verbs transitius en Barcelona).

Hace nada, debido a mi reciente estancia en la ciudad condal, me interpelaban como autor catalán que escribe en castellano. La verdad es que también escribo en catalán, pero al establecerme desde hace años en la capital, el idioma que prima actualmente en mis creaciones es el castellano. Hay muchos más casos de autores similares, algunos de ellos muy admirados por un servidor, como Enrique Vila-Matas y Angélica Liddell, tan interesantes y visionarios que al leerlos en lo que menos te fijas es en qué idioma se están dirigiendo a ti. No entiendo por qué las lenguas y las fronteras deben contener a las personas y a su arte, ¿tal vez para justificar sus propias limitaciones?

Por cierto, en La fragilitat dels verbs transitius, mi aportación como dramaturgo aparecerá en castellano y en catalán. Los motivos, en la escena.

Barcelona, 12 de julio de 2016:

Me entero por el diario que la policía y el ejército colombianos han desmantelado el Bronx de Bogotá. Ahora el ayuntamiento se las ve y se las desea para contener a todos los habitantes de la calle expulsados de sus madrigueras. Eso sí, claro está, los líderes del microtráfico han logrado darse a la fuga por un chivatazo a tiempo. Decían en Colombia que aquella olla era el infierno en la Tierra. Nunca podré borrar la imagen de sus puertas, tan cerca de la facultad donde trabajaba hace tres años, la premura de mi acompañante por que entráramos en una colchonería cercana, el trasiego infinito de sombras errantes oscurecidas por el bazuco y el crack. Se me hiela la sangre al leer lo que ocurría a escasos metros de aquella colchonería: los fumaderos, las discotecas, los cuartos de los perros. Mientras el Instituto Distrital de Gestión de Riesgos promete que el Bronx "se va demoler todo y se incorporará al espacio público", los bogotanos se preguntan dónde se abrirán las puertas del nuevo infierno.


Barcelona, 15 de julio de 2016:

Sueño que asisto a un entierro de un conocido -aún vivo, por cierto- en unos jardines muy tupidos con un belvedere central precioso. Una mujer, desecha en llanto, se abraza a mí y la consuelo. No sé quién es pero me dice al oído "Qué bien hueles", y sigue: "Antes de irme de aquí, volveré a olerte de nuevo", y se aleja para seguir llorando al difunto. La sigo con la mirada mientras saluda a otra asistente al funeral, y soy capaz de tomar distancia con mi propio sueño y pensar: "Creo que mis sueños siguen prefiriendo la tragedia y un buen drama a la comedia", y, dicho esto, sigo andando por los jardines.

Barcelona, 19 de julio de 2016:

La humanidad me emociona. Es lo único que se ocurre para justificar que siga sintiéndome partícipe de este mundo. Tantas muertes, tantas guerras, tantos atentados. ¿Por qué sigo aquí, por qué creo en lo que creo y por qué me dedico a lo que me dedico? Porque la humanidad me emociona.

Puede que suene muy grandilocuente, nada más lejos de la realidad: la emoción proviene del detalle casi imperceptible, de una acción tan minúscula, del susurro en el silencio. En todos esos lugares habita el alma de la emoción, la que nos conmueve y nos impele a seguir preguntándonos por qué y no cejar en el empeño, a no bajar los brazos y despedirse del horizonte, seguir en el mundo aunque todas las distancias parezcan lejanías.

Me he puesto muy existencialista, pero no voy a disculparme: para escribir tonterías ya hay unos cuantos; sobran, vamos. Eso sí, el presente
sigue en su vacilación:
qué vertigo
esa sensación
de mirar hacia arriba
y descubrir que no todos los ángeles
sobrevuelan el cielo sobre tu cabeza.

*   *   *

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