Las lejanías, 46



Madrid, 21 de noviembre de 2016:

Anoche revisité Mujercitas, la película de 1949, con Elizabeth Taylor y Janet Leigh, entre otras. La primera vez que la vi fue de pequeño y es muy interesante recordar lo que conservan nuestras mentes, pues lo único que acertaba a evocar era mucha nieve, una sensación de frío constante y una muerte posterior en el seno familiar, una pérdida que, según tengo entendido, fue censurada en algunas traducciones de nuestro país, en las cuales el personaje de Beth sobrevivía a la enfermedad. Estos ejemplares mutilados deberían considerarse una reliquia aunque no sé de qué santo, quizás deban repartírselo a partes iguales entre el santo de la estulticia y el de la ambición humana.

A lo que iba. En la casa de los March, las pasiones y las aflicciones se viven en un orden de cosas tan distinto al actual que algunas situaciones parecen propias del género de la ciencia-ficción, tanta es la distancia entre su época y la nuestra, y digo ciencia-ficción porque no debemos olvidar que cualquier distancia, hablemos de espacios o de tiempos, es la misma se mire desde el extremo del que se mire: del presente hacia el pasado y del pasado hacia el presente existe una misma distancia, así como del presente hacia el futuro y viceversa. Eso sí, confieso que la exquisitez en los modales de estas cuatro mujercitas me sobrecogió, creo que ahí radica el incontestable valor de esta historia en los tiempos que corren. La educación como forma de mostrar respeto, y no hipocresía. Casi ciencia-ficción, vamos.

En un pasaje onírico de la película, Beth, la hermana fallecida, asume su papel de condenada y reconoce que nunca se vio como adulta. No sé si como niños todos nos hemos intentado vislumbrarnos a nosotros mismos en el futuro, más allá de las típicas preguntas de nuestros mayores sobre a qué queremos dedicarnos, etcétera. Yo lo intentaba, sí, pero nunca imaginé que llegaría al 2017, ni como niño ni como adolescente, recuerdo ahora contemplando esta fotografía de 1993, que Fran Arráez me envío la semana pasada, y yo que la creía perdida. Hace muchísimos años, tenía yo diecinueve años, en una playa de Ciudadela de Menorca. Como es evidente, además de mucho más joven, también estaba mucho más delgado. Y fumaba. Los años no han pasado en balde y, claro, ahora no estoy ni tan joven ni tan delgado, aunque tampoco fumo los dos paquetes diarios que fumaba. Eso sí, en aquella época, recuerdo, me sentía escritor o, mejor dicho, autor, me gusta más, aunque no tuviera un solo libro editado. Y hoy, con unas cuantas publicaciones a mis espaldas, sigo sintiéndome tan escritor, autor, como antes. Ni más ni menos. Es lo único que se mantiene a pesar de las distancias.

Nunca imaginé que llegaría al 2017, os decía, y mira por dónde, el nuevo año ya está a la vuelta de la esquina. No lo sabía desde tan lejos ni lo sé desde tan cerca, sé qué ocurrirá, así que a los cuarenta y dos años, quién me lo iba a decir, el próximo año tocará inventarse una nueva vida.

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