Prólogo a Los cisnes de Chernóbil de David Llorente

Sombras fluorescentes en la oscuridad del teatro
Prólogo a Los cisnes de Chernóbil de David Llorente



A la hora de escribir un prefacio, soy de los que opinan que lo mejor es considerar muerto al autor a prologar. ¿Por qué? De lo que se trata, a mi entender, es de hablar sólo del libro, puesto que va a ser éste el que luego vaya a hablar a solas con el lector. Quizás sea una contienda injusta, pero injusta es también la vida. Además, no hay libro que se defienda mejor a sí mismo que un libro póstumo. Pero el caso de David Llorente es la excepción que confirma la regla. Considero una lástima no presentar, siquiera a vuelapluma, al autor de Los cisnes de Chernóbil, pues se trata de un autor tierno, sí, ese sería el adjetivo, y los autores tiernos no abundan. Se hallan en extinción. Sólo por ello, ya vale la pena aproximarnos a este escritor, aunque sólo sea unos pocos milímetros, los pocos milímetros del grosor del papel que ocupa su libro entre tus manos.

Las peores pesadillas son aquéllas de las que no puedes despertar y David Llorente tiene el don, porque es un don, de revelarnos la vida como la pesadilla que es: un sinsentido circular, una indecisión absoluta, la impotencia ante el horror vacui, y también el asco, la putrefacción, todo aquello que no queremos ver, lo que negamos ante los demás y sólo somos capaces de reconocer en nuestra intimidad cuando entablamos acaloradas discusiones con nosotros mismos, de esas que le agotan a uno, acaloradas discusiones de verdad, porque hay que ser muy sincero consigo mismo para llegar a agotarse discutiendo frente a un espejo. Y David Llorente, con su escritura, lo es. Sincero y real como la pesadilla que es vivir.

Muchos de sus textos parten de obras clásicas y contemporáneas, las retuerce y las combina al servicio de su pluma, una pluma cargada de tinta oscura, tan oscura como nuestros días, que señala la muerte como única redención posible. A su vez, las conclusiones de sus obras teatrales son tan oscuras como remotas las fuentes de su imaginario. En Los cisnes de Chernóbil, los propósitos, las mentiras y los sueños se entremezclan como si los hubiera engendrado la materia herida de un mismo tumor. “Me mataré antes de la noche de bodas. Y ojalá tiren aquí mi cuerpo. Y veas todos los días cómo me descompongo”, exclama Claudia en la obra y la imagino en éxtasis frente a su contrincante, un Sigfrido desorientado en todos los sentidos.

A través de estas reelaboraciones de los mitos, David Llorente multiplica en progresión geométrica la polisemia de sus metáforas convirtiéndolas en hipermetáforas, quizás metáforas fractales: en cualquier caso, inabarcables en contenido. Así es la vida, inasible, sin dar concesiones. Los hombres sí las dan, pero la vida no, nunca, y David Llorente lo sabe, sabe que a menudo los hombres se creen capaces de controlar su destino, e imagino al autor dándole la risa ante determinadas réplicas de su príncipe, compadeciéndole y finalmente, sintiendo una honda ternura por él. Porque es un autor tierno, como he dicho, a pesar de sus textos, que invocan la burla de la vida ante la futilidad del hombre. Sin concesiones.

Sólo entre las líneas de estos textos asoma la mirada del autor, mirando en la misma dirección que sus antihéroes, pero con un brillo diferente en los ojos, la luz de una esperanza, porque David Llorente cree en la esperanza del teatro y la escritura, una esperanza rebelde que se enfrenta en acaloradas discusiones de verdad a sus textos tan bellos como monstruosos, preñados de moralejas despiezadas y metáforas descarnadas desparramadas por el suelo húmedo de una casquería abandonada.

“No hay esperanza desde que explotó Chernóbil”, se le enfrenta por enésima vez el personaje del Árbol desde el espejo y ahí siguen agazapados los ojos del autor, entre las líneas, aguardando el mismo brillo diferente en los ojos del lector mientras nos habla de nuestros jirones de niebla más oscuros y los rincones más insondables de la persona. No cerréis los ojos a las visiones que propone, abridlos más si cabe, alcanzad la comunión que propone con su escena, porque David Llorente llena de fluorescencias el interior del ser humano con una potentísima lámpara ultravioleta o, permitidme el guiño, con la luz más negra de Praga.

Carlos Be

Primera edición de Los cisnes de Chernóbil de David Llorente
Ediciones Antígona, 2017 - Más información en la página de la editorial

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