Las lejanías, 49

Madrid, 29 de septiembre de 2017:

Sexto día de ensayos y empezamos con nuevas modificaciones de texto. Es lo que tiene no ser póstumo, el texto está más vivo que nunca.

Los retratos que cuelgan de las paredes del parnasillo muestran rostros conocidos que antaño frecuentaron esta sala: Ramón María del Valle Inclán, Jacinto Benavente, Benito Pérez Galdós, Manuel Falla y muchos más.

La expresión de Benavente me atrae, pero también me da mucha pena. Hay autores que los lees y sabes que nunca fueron felices: algunos porque se lo merecieron –y se lo merecen–, pues la hiel de su inquina nunca les permitió reconciliarse con nadie, ni siquiera consigo mismos; y otros, como Benavente, porque a pesar de perseguirlo, nunca lo consiguieron.

Pestañeo enfrente de su retrato y mis ojos se cierran apenas un segundo, espero que nadie piense esto de mí cuando yo haya muerto, que lo perseguí y nunca lo conseguí. Al abrir los ojos, me acude una cita de Benavente a la cabeza. “Ay, Jacinto”, le respondo con fingida frivolidad –por cierto, la frivolidad es lo único que nos diferencia a los vivos de los muertos–, “ay, Jacinto”, decía, “lo siento mucho, pero no te creo nada cuando me cuentas eso de que 'la felicidad es mejor imaginarla que tenerla'”.

Otras expresiones resultan especialmente afiladas, en especial las de Edgar Neville o Víctor Ruiz Iriarte. No sé si me desprecian sabedores de su salto mortal –nunca mejor dicho– a la posteridad o me envidian la vida, la danza de los dedos entre las páginas del manuscrito mientras los actores hacen pikipiki; esto significa, según el término acuñado por Carmen Mayordomo, pasar texto de las escenas con los compañeros.

Ajenos a tanto retrato vetusto, observo a los tres actores mientras hacen pikipiki. Lo cierto es que se entienden de maravilla. No puedo estar más feliz con este elenco. Tras un exhaustivo trabajo de mesa durante los primeros días, ha llegado el momento de ponerlo en pie o, mejor dicho, en tacones. Ellas dos están de vértigo y no lo digo solo por la altura de sus zapatos, y él no se queda a la zaga, no cualquiera puede ser el hombre ideal de dos mujeres.



Madrid, 2 de octubre de 2017:

A mí no me representa ninguno de los dos. No me representa nadie que persiga sus fines a través del chauvinismo, la violencia y el odio entre iguales. ¿Dónde estabais ayer vosotros dos, cobardes, dónde estuvisteis durante todo el día? Tienen que dimitir los dos, ha de dimitir Mariano Rajoy y ha de dimitir Carles Puigdemont, pero ya no les queda un ápice de dignidad. Nunca la tuvieron, encarnan lo más elevado de su casta, la escoria más pútrida de la humanidad.

Espero que no tarden en leerme y se enteren bien, tengo ganas de alcanzar pronto los 2.971 seguidores por Twitter.



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