Peceras: 'Se normaliza la bajeza humana hasta unos límites que bien nos pueden llevar a pensar en el cine de Michael Haneke o Lars von Trier'

La polémica a propósito de Peceras se ha hecho extensiva a otros medios de comunicación tales como Top Cultural y este último, Butaca en anfiteatro - Carlos Be



PECERAS O DIGESTIONES DIFÍCILES por Hugo Álvarez - Butaca en anfiteatro (2 de noviembre de 2017)

Decía en un hilo de mi cuenta de Facebook al poco tiempo de ver Peceras que, desde luego, indiferente no deja. Aproximadamente cuatro años lleva rodando esta obra de Carlos Be, de la que muchos de los que me la habían recomendado se negaban a adelantarme si quiera un retazo del argumento. Después de verla por fin, lo entiendo. A Peceras hay que llegar virgen, en blanco, y dejándose arrastrar por una historia que transita desde la socarronería hasta la confusión, y de la confusión al espanto. Peceras es algo que no se debe poner en palabras; y tal vez por eso esta reseña -de esas en las que hay que andar con pies de plomo- vaya a ser algo más confusa y escueta de lo habitual: porque cuanto menos se cuente, mejor; y sin contar demasiado resulta complejo entrar en el meollo de la cuestión -una cuestión delicadísima, que no sin razón está levantando ampollas entre el público- que aborda la obra…

Una alfombra y una jarra de snagría que espera a ser catada. De entre el público surgen dos tipos, que han sido invitados a la misma fiesta que el resto del público: uno de ellos es veterano, y otro es la primera vez que asiste y se encuentra más confuso. Hay confidencias con el público, se nos pregunta que qué hacemos en esa fiesta, se garlupea “Gloria” se rompe el hielo… En este ambiente distendido -y con el público a la expectativa- ambos hombres buscan a alguien mientras esperan que algo pase… Rebuscan entre el público a una mujer, no la encuentran; tal vez algunas con cierto parecido les creen cierta confusión… Hasta que, finalmente, surge Livia desde lo alto. Es una mujer segura de sí misma, que domina la situación y que saluda a los hombres que estamos presentes. Comienza una conversación entre los tres sin que sepamos muy bien de qué se conocen -aunque está claro que, al menos uno de los dos hombres conoce a Livia de antes- y entonces ocurre lo inesperado… un golpe de efecto -literal- que encoge al público en sus asientos casi por sorpresa. Como con una patada en el estómago, el ambiente distendido que se había creado desaparece en un momento; por más que los personajes siguen pidiendo la implicación del respetable como si nada hubiese pasado… El horror se instala de pronto ante nuestros ojos, vemos con un palmo de narices algo tremendamente turbio, sin que en un principio entendamos la verdadera naturaleza de los acontecimientos ¿Qué sucede realmente aquí?

Desarrollar el argumento de esta función es fusilarla sin remedio; pero baste decir que Carlos Be aborda un tema realista -y hasta podemos decir que de máxima vigencia social- en un futuro cercano en el que la cuestión se ha normalizado hasta convertirse en negocio, moneda de cambio y escenario permisivo de una especie de ‘todo vale’. La fiesta inicial, la parranda, pronto se convierte en aquelarre macabro que, para condenar un hecho reprobable, se limita a exponer, a enseñar la situación en toda su miseria más cruda. El espectador -que siempre, hasta en los momentos más oscuros del asunto, permanece como agente activo de lo que ocurre al que los personajes se dirigen perfectamente- solo puede ver, oír y callar. En Peceras se normaliza la bajeza humana hasta unos límites que bien nos pueden llevar a pensar en el cine de Michael Haneke o Lars von Trier -¿cómo no pensar en Dogville? por ejemplo-. Porque Carlos Be no juzga. Expone, muestra un retazo de cruda violencia para que cada uno complete y reflexione a la salida. Y eso puede que sea lo más interesante de la función; una función incómoda por lo directa y descarnada, en la que ni siquiera el desenlace -que sigue esa tónica de la ‘normalización del horror’ imperante en la obra- arroja cualquier tipo de compasión. Lo que cuenta Peceras -que habla, a fin de cuentas, de una forma muy particular, de relaciones de necesidad- es terrible, se mire por donde se mire; pero más que ‘lo’ que cuenta, puede que lo verdaderamente escalofriante sea ese escenario donde el terror ha pasado a ser algo rutinario, diario y asumido por unos personajes que incitan al público a que lo asuma también como algo normal: esto es lo que ocurre aquí y ahora, no pongan esas caras.

Por supuesto, Peceras denuncia una lacra social. Pero lo hace desde un lugar incómodo y particular en el que el autor deja al espectador la responsabilidad de saber leer qué es lo que nos ha querido contar realmente. El relato de Carlos Be huye de la autocomplacencia, muestra la cara oscura de la problemática; y solo público ha de ser capaz de reflexionar sobre el auténtico pelaje, la bajeza de esos personajes que después de todo -y no nos olvidemos de hecho que nosotros, el público, también somos integrantes de la pecera- puede que no se diferencien tanto de las personas con las que convivimos o nos cruzamos por la calle. Es comprensible que, narrado desde este lugar, haya mucha gente molesta, removida y ofendida con este bocado de digestión difícil que es la función; pero esto no tiene por qué ser malo, sino todo lo contrario: Peceras produce una emoción, de cualquier clase, en toda la amplitud del término. Y por supuesto que hay denuncia en lo que se cuenta en Peceras: mostrar la impasibilidad del ser humano ante lo que vemos -no solo la impasibilidad de los personajes, sino la del mismo público es, sin duda, una forma contundente de denuncia. Paremos esto ¿por qué nadie lo para si sabemos que no es correcto y es reprobable? Ese es el mensaje que parece querer gritarnos Carlos Be al oído. La reflexión final, claro, puede que no llegue ‘durante’ la función, sino ‘después’ de la función; es necesario ese tiempo de poso del público para llegar a comprender la verdadera naturaleza de una función que, en primera instancia, puede parecer otra cosa. Porque Be no nos dice: “estos tipos son turbios” pero nos lo presenta delante de nuestras narices para que nosotros seamos conscientes de que esas cosas no pueden seguir ocurriendo; y que, sin embargo, seguramente ocurran en algún tiempo, en algún momento o en algún lugar incluso mientras nosotros vemos la función. Peceras es, de algún modo, un nuevo tipo de teatro social: directo, incómodo y sin dobleces. No es fácil de encajar, desde luego que no; pero precisamente por eso es valiente e interesante.

Transportada desde la desaparecida Casa de la Portera hasta el Off del Teatro Lara, basta una alfombra para sacar adelante una función llena de riesgos. Porque pide la implicación del espectador, porque pasa de un código a otro en un abrir y cerrar de ojos -para cuando estamos relajados, el conflicto nos estalla- y porque emplea imágenes muy violentas a escasos centímetros de distancia. En este sentido, el montaje que dirige el propio autor tiene muchos aciertos. Primero: dura una hora de reloj en un formato abierto -la función tarda aproximadamente diez minutos en arrancar en lo que los dos actores rompen el hielo con el público-: es lo que tiene que durar, ni más ni menos. Lo bueno si breve… Puede que tal algunos personajes -sobre todo el de ella, de la que no llegamos a conocer nunca sus motivaciones para estar ahí- merezcan un recorrido mayor; pero al mismo tiempo siento que prolongar en exceso una función de estas características podría dar al traste con todo lo que se está consiguiendo. Segundo: el cambio de códigos y de tonos está muy bien equilibrado. Be juega constantemente a desconcertar, a romper, a descolocar a un público que acaba pro no saber dónde está, si reír o llorar: que un juego así quede bien balanceado nunca es sencillo; y aquí lo está. Tercero: el distanciamiento de la violencia. Carlos Be sabe que bastante duro es lo que se nos presenta como para hacerlo más realista de la cuenta, así que los golpes a menudo están -de forma consciente- cercanos a la coreografía, para que nunca temamos por la integridad física de nadie. Y, sin embargo, a pesar de que vemos ese cierto aire de irrealidad en la violencia que se muestra en la pieza, nunca nos distanciamos de la incomodidad que esa violencia nos produce: relajar el tono, en este sentido, es un hallazgo.



Otra gran baza del espectáculo es, sin duda alguna, el elenco actoral. Fran Arráez, Iván Ugalde y -sobre todo- Carmen Mayordomo se dejan la piel en una función que es tremendamente exigente en lo físico y lo emocional. Los dos hombres clavan el perfil de mequetrefes buenos para nada inicial; para desplegarse después hacia un camino mucho más oscuro: lo verdaderamente impactante de sus interpretaciones es comprobar cómo dos tipejos de ese perfil tan burdo en primera instancia -en cuanto se dirijan a ustedes, seguramente les vayan a poner caras de personas que conocen y se vayan a reír, pero no se confíen mucho…- pueden, sin embargo, llegar a donde llegan después; y terminar sin embargo justo donde empezaron, como si nada: esa es la naturaleza del abismo y no es un viaje sencillo para ningún actor. Carmen Mayordomo -una de esas actrices que creo merecen mayor reconocimiento- siempre me ha parecido una presencia magnética. Aquí destaca en un papel más breve pero muy intenso, precisamente porque uno nunca sabe por dónde va a salir: es maestra de ceremonias, es víctima, tiene algo de verdugo; y mantiene constantemente la dignidad del personaje, su instinto, su personalidad como mujer. Desconcierta, y la clave está en que desconcierte. Esto habría que desarrollarlo, pero es imposible hacerlo sin caer en spoilers fatales. Apuntemos también que su papel es físicamente durísimo -y emocionalmente no se queda atrás. Una grande.

Y esto es Peceras, una función breve que tiene el atrevimiento de mirar a temas muy serios desde lugares muy arriesgados, inquietantes. Una función que en apenas una hora consigue incomodar, molestar, hacer reflexionar… Y una función que nos recuerda que tal vez la sociedad en la que vivimos no esté tan alejada de la realidad de la que se habla en la función; por más que desde la butaca nos cueste creerlo. Desde luego, el asunto da para comentarlo largo y tendido al salir. Incomoda, claro; pero no olvidemos que incomodar a menudo debe ser uno de los deberes del teatro. Un espectáculo valiente, desde luego.

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Peceras en el Teatro Lara
Del 16 de octubre al 25 de diciembre
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