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Cara Be: Último tren a Treblinka o el bien reencarnado en escena



Un tren con doscientos niños debe partir hacia los hornos de Treblinka donde les espera uno de los destinos más abominables orquestados durante la II Guerra Mundial. Nos situamos exactamente en el gueto de Varsovia de un 4 de agosto de 1942, vigilia en la que se conjuró una más de las innumerables aberraciones de las que es capaz el ser más terrible que existe sobre la faz de la Tierra: el hombre. El más terrible, sí, pero también también el más maravilloso.

Último tren a Treblinka parte fielmente de hechos reales y nos presenta a Janusz Korczak, médico y director de un orfanato encarnado por un actor en continuo estado de gracia. Alfonso Torregrosa es muy conocido por todos aquellos que amamos los escenarios y también muy querido; dos características, como sabréis, que no siempre van de la mano. Tampoco descubro las Américas si afirmo que la encarnación interpretativa está directamente relacionada con las calidades del vehículo, es decir, el actor. Por ello, cuando el actor cuenta con una verdad prodigiosa, una capacidad de juego sin mácula y una generosidad máxima, la manifestación interpretativa en teatro alcanza la categoría de reencarnación.

Torregrosa, artífice escénico de esta metempsicosis de Korczak, logra involucrar en el transcurso de la acción a la totalidad del público, repartido entre mesas largas y literas como parte más de esos doscientos niños judíos amenazados de muerte por las vicisitudes de la guerra. Sabemos que simplemente por encontrarnos en ese desolador comedor vamos a morir y sorprende ver a espectadores agarrados a las muñecas, sonreír cuando Torregrosa se dirige a ellos mirándoles a los ojos o cuando les apoya la mano suavemente sobre el hombro. La bondad de Korczak para con sus huérfanos, y me atrevo a confirmar de nuevo que también la bondad de Torregrosa, emociona como solo emocionan los sentimientos más puros.



Junto a Torregrosa, encabeza el reparto la actriz Maiken Beitia, quien cuestiona los principios y dignidad de Korczak, y muestra los claroscuros propios de los supervivientes en un crisol de impulsos, necesidades y asunciones. Ella encarna a Stefania Wilczynska, codirectora del orfanato, y codo a codo con el médico aprenderá a decantarse por la mejor opción de la misma manera que los niños aprenden a decidir solos, incluso los más díscolos como Slomo, otra interpretación a destacar por parte de Gorka Martín en un trabajo del elenco tan coral como admirable.

Por mi parte, destacaría estos aspectos de Último tren a Treblinka: la infancia como valor de esperanza y la rebeldía como defensa de los principios, pero hay muchos más en esta maravillosa propuesta ideada por Ana Pimenta y Fernando Bernués de Vaivén Producciones, con un texto fascinante de Patxo Telleria y elogiablemente bien dirigido por Mireia Gabilondo. No os la perdáis, muy recomendable.

Visto en la Sala Cuarta Pared (Madrid) el jueves 8 de marzo de 2018
Más información en la página del teatro

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